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Canarii 1 - Opinión

Una reflexión sobre los tópicos y verdades a medias de la prehistoria de Canarias

La medida de la Historia o historias a la medida

La visión del mundo indígena de las Islas Canarias, aparece a menudo envuelta en una niebla que desdibuja los contornos precisos de un pasado, que arrastra aún en el siglo XXI los antiguos mitos, convertidos en muchas ocasiones en auténticos refritos. La repetición de ciertas afirmaciones, sin el debido sustento argumental, determina que a veces, lleguen a alcanzar carácter de verosimilitud, episodios, interpretaciones, e incluso una visión global del pasado precolonial de las islas, que sigue lastrada en la romántica concepción del buen salvaje.

Cuando Antonio de Viana aborda en sus Antigüedades de las Islas Afortunadas, escrito a comienzos del siglo XVII, su personal visión del universo aborigen, centrada en la sociedad guanche, realiza un ejercicio literario, basado en fuentes históricas, pero que como tal, recrea esa realidad. Lo que de por sí no resulta incorrecto o inapropiado. Lo contrario es lo sucedido a posteriori, con la lectura sesgada o simplemente literal de un texto, que distorsiona las fuentes en que se basa, aspecto que es asumido de forma mecánica, cuando no con cierta candidez.

Algo similar ocurre con la obra de Manuel de Ossuna y Saviñón, escrita originalmente en 1837, Los guanches o la destrucción de las monarquías de Tenerife, donde da rienda suelta a su delirante imaginación, lo que confirmará posteriormente con la invención de todo un manuscrito atribuido a un supuesto navegante árabe, de nombre Ben-Farrouckh. O la afortunada invención, por la aceptación que alcanzó, y todavía alcanza, del falso topónimo “Tamerán” para designar a la isla de Canaria. Bien es cierto que autores como el doctor don Elías Serra, no se reprimirían a la hora de descalificar las elucubraciones de Ossuna, cuando en la apertura del curso académico 1926-27, de la Universidad de La Laguna, afirmó que “no han sido pronunciadas, que yo recuerde, las palabras superchería y ‘frescura incalificable’ que son las únicas que corresponden al proceder del mencionado pseudo-historiador...”.

A tiro de piedra

La inventiva del falsario Ossuna y Saviñón, tendría de alguna forma continuidad en su hijo, Manuel de Ossuna y Van den-Heede y la controvertida “piedra de Anaga”, una pieza lítica, aparecida en agosto de 1886 en dicho sector de la isla de Tenerife, con supuestos caracteres alfabetiformes en una de sus caras. La controversia creada en torno a este “hallazgo”, al que ya en su momento se le quiso dar una relación con el mundo fenicio, tendría su continuidad en el año 1991, con la aparición estelar de la conocida como “piedra Zanata”.

Las rocambolescas circunstancias de su localización, que dieron lugar incluso a la apertura de una investigación administrativa al respecto, generaron serias dudas en cuanto a su naturaleza. A ello se añadía, el valor intrínseco que se le pretendía atribuir a la misma, como una especie de “piedra de Rosetta” de la arqueología canaria, que autentificaría el origen bereber de los aborígenes tinerfeños. Y ello en razón de que en una de sus caras, dicho artefacto lítico, ofrece tres signos que se corresponderían con las letras Z, N y T, a las que se le atribuye su correspondencia con el etnónimo “zanata” o “zinete”, y por tanto, con la comunidad bereber continental que pobló dicha isla. Como señala el arqueólogo Juan Francisco Navarro Mederos, “en realidad, el origen bereber de los guanches era conocido desde hacía siglos y la arqueología, la filología, la bioantropología y la genética no hacen más que reforzar actualmente dicha certeza con infinidad de rotundas pruebas científicas, expuestas en centenares de artículos en revistas científicas, libros y tesis doctorales” (J. F. Navarro Mederos 2005: 38).

Considerada en su momento, por analogía morfológica, un falo, pasaría a convertirse posteriormente en un pez, y más concretamente en un atún. Para los que defienden esta interpretación, nos encontraríamos ante un objeto que avalaría la presencia fenicia en Canarias. De esta manera, dicho pez pétreo sería testimonio de la arribada al Archipiélago de poblaciones bereberes, relacionadas con las exploraciones y la explotación de los recursos pesqueros por los fenicios.

La polémica piedra, serviría precisamente de toque, en el intento de sustanciar un protagonismo del mundo fenicio en el panorama arqueológico canario, comenzando por la propia isla donde se realizó el primer hallazgo. En esta búsqueda de referentes de dicha cultura, se acudió, por ejemplo, a considerar como un yacimiento arqueológico, un lugar donde otros investigadores apenas son capaces de descubrir un conjunto de piedras rayadas por el trabajo de un tractor. Así sucede en el lugar conocido como las Partidas de Franquis o Cañada de los Ovejeros, dentro del municipio de El Tanque, donde las huellas dejadas por la maquinaria pesada, constituyen para algunos autores muestras inequívocas de representaciones rupestres, entre las que destaca nada menos que un toro tallado en la roca. En este sentido, conviene recordar que no es la primera vez que piedras “arañadas” por el paso del arado, son confundidas con supuestos grabados aborígenes. Es el caso de Rene Verneau, quien en el siglo XIX se encarga de señalar, en referencia a la isla de Fuerteventura, que no deben interpretarse como inscripciones, lo que no es otra cosa que la consecuencia de labores agrícolas.

El revisionismo arqueológico

Las investigaciones desarrolladas en los últimos años, tanto en lo referido a las prospecciones llevadas a cabo, como la documentación de numerosos yacimientos arqueológicos, unos ya conocidos y otros de reciente localización, a lo que se añaden nuevas propuestas metodológicas, han servido para alcanzar un conocimiento más acertado del pasado aborigen canario. Pero a su vez, han surgido, e incluso resurgido, planteamientos, que siguen lastrando dicho conocimiento hacia derroteros bastante alejados de la realidad científica. Es el caso de la exposición “Fortunatae Insulae, Canarias y el Mediterráneo”, celebrada en Santa Cruz de Tenerife, entre el año 2004 y 2005: una lujosa puesta en escena, que a través de una serie de objetos descontextualizados, pretendía dar carta de autenticidad a la presencia fenicia en Canarias.

Los organizadores de dicha muestra, consideraban como su principal objetivo, “que las conclusiones las extraigan los visitantes”. Añadiendo que “deben ser conclusiones propias, construidas a lo largo del recorrido de la exposición y a través de piezas, objetos y mapas”. Lo que en la práctica no esconde un discurso claramente tendencioso, en el que, si se hubiera colocado un platillo volante, los teóricos visitantes hubieran podido sacar en conclusión, que los aborígenes canarios fueron traídos al Archipiélago por una misión extraterrestre. No parece exagerada esta afirmación, cuando las salas de exposición de las islas, asistieron a otra muestra, en este caso sobre San Borondón, que pretendía de alguna forma, autentificar el mito de la legendaria isla.

Con este constante ir y venir, no es de extrañar que aún en amplias capas de la población, se sostenga que es poco, y lo que es todavía peor, confuso o contradictorio, lo que se conoce del pasado de los primeros habitantes de las islas.

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