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Canarii 10 - Tema Central

Evolución del medio natural canario

Del olvido a la degradación

Los campos de dunas litorales nacen de la interferencia del sistema marino con otros sistemas geomorfológicos terrestres, como el fluvial o el de vertientes, de tal forma que el primero aporta una buena parte de los sedimentos arenosos, mientras que los terrestres configuran el basamento sobre el que las arenas se desplazan. Las variaciones en altura que experimenta el nivel del mar con respecto a los ámbitos terrestres determinan, a su vez, la alternancia de períodos favorables al desarrollo de estos campos eólicos, con otros en los que tal desarrollo no es factible.

Por lo que respecta a su dinámica, estos sistemas responden a un modelo aparentemente simple de funcionamiento, por cuanto básicamente son el viento y la arena los elementos que la caracterizan. De este modo, la arena depositada por el mar en la orilla, una vez seca, es transportada por acción del viento, generando distintas morfologías fácilmente reconocibles, como las rizaduras, ondulaciones arenosas de escaso desarrollo y de vida efímera, o las dunas libres, que pueden manifestar diversas formas, desde pequeñas dunas barjanas, que avanzan de manera independiente, hasta grandes cordones, que se desplazan de forma transversal a la dirección del viento. Esta variabilidad de formas responde, en principio, a variaciones en la dirección y velocidad de los vientos efectivos y en la disponibilidad de arenas.

Sin embargo, este modelo de funcionamiento dinámico resulta ser más complejo, pues diversos factores naturales, como la humedad o la vegetación, interfieren en el transporte, al inducir variaciones en el flujo eólico o producir retenciones de sedimentos. Este hecho denota la gran fragilidad que presentan estos sistemas, puesto que cualquier obstáculo que se sitúe en el área de acción del campo de dunas producirá una modificación en su dinámica. Ésta será más o menos importante dependiendo de la forma y volumen del obstáculo, pudiendo llegar a suponer el bloqueo de la dinámica sedimentaria eólica.

Por otro lado, los campos de dunas litorales tienen especial interés desde el punto de vista natural, por cuanto en ellos se desarrollan especies vegetales y animales restringidas a estos enclaves. En general, las comunidades de plantas se enfrentan a unos condicionantes muy severos debido a la movilidad de la arena, así como a la alta salinidad ambiental. No obstante, en ámbitos geográficos caracterizados por una mayor disponibilidad de precipitaciones en forma de lluvia, las arenas quedan imposibilitadas en su avance, y la vegetación encuentra un lugar adecuado para su desarrollo. La existencia de vegetación en la playa alta representa uno de los elementos de mayor interés desde el punto de vista de la formación de las dunas, pues los obstáculos vegetales interfieren en la dinámica sedimentaria eólica, generando las primeras dunas, denominada anteduna. Ésta supone una barrera natural que protege las áreas interiores de la acción erosiva del mar en períodos de temporal.

En Canarias estos sistemas eólicos son escasos, en parte debido a que las condiciones naturales que se dan en las islas no son las más adecuadas para su formación y desarrollo, pues la costa suele ser acantilada o presentar salientes rocosos, que interrumpen la deriva de los sedimentos. Por estas razones la mayor parte de los campos de dunas se localizan principalmente en las islas orientales, más antiguas. Así, estos sistemas están presentes en Alegranza, La Graciosa, Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria y Tenerife. Los que presentan mayor desarrollo actual, considerando la superficie que ocupan y el volumen de sedimentos que se desplazan, son los campos de dunas de Corralejo (Fuerteventura) y Maspalomas (Gran Canaria), si bien en el pasado tuvieron relevancia otros sistemas, como El Jable (Lanzarote), Jandía (Fuerteventura) o Guanarteme (Gran Canaria).

Su ubicación a nivel del mar determina ámbitos de gran sequedad, en el que las especies vegetales encuentran dificultades para desarrollarse. Entre ellas cabe destacar la presencia del balancón (Traganum moquinii) en la playa alta, ejerciendo un papel destacado en la formación de la anteduna. Precisamente estas condiciones de sequedad e inexistencia de una cubierta vegetal de relevancia determinan unas altas tasas de movilidad, de tal forma que estos sistemas tienen la peculiaridad de adentrarse por los territorios insulares de forma significativa, en cuanto al volumen de arena transportado. Así sucedía con el campo de dunas de Guanarteme, que sobrepasaba el tómbolo de la Isleta, con el de Jandia, que atravesaba el istmo de parte a parte, o con El Jable, que cruzaba la isla de Lanzarote de norte a sur. De esta forma, tramos de costa muy alejados de áreas fuente de sedimentos han recibido arenas por aportes eólicos, garantizando la permanencia de muchas playas.

Pese a los valores naturales que hoy les reconocemos, y al interés que tienen de cara a la protección de la costa frente a procesos erosivos, los campos de dunas de Canarias han sido escasamente valorados hasta hace relativamente poco tiempo. En el contexto de la sociedad agraria que ha caracterizado gran parte de la Historia de las islas, los espacios llanos, útiles para el desarrollo de la agricultura extensiva, se localizaban justamente en las áreas litorales. El avance de las dunas podía ocasionar serios problemas a los cultivos, al ser éstos invadidos por la arenas. Así lo manifiesta René Verneau en 1890, al describir este hecho en Maspalomas: “En esta localidad, la más meridional de la isla, se encuentra una infinidad de dunas que avanzan poco a poco hacia el interior y amenazan con invadir todas las tierras cultivadas, si no se pone pronto remedio”.

Desde mediados del pasado siglo, con el desarrollo del turismo de masas, la visión social de estos espacios ha cambiado, al menos parcialmente. Así, por un lado, se ha hecho uso de los paisajes de dunas como reclamos para favorecer la llegada masiva de turistas a las grandes urbanizaciones que se han ido situando en sus alrededores. De esta manera, la imagen de las dunas recortadas sobre un fondo azul de cielo y mar ha invitado a los potenciales turistas a acudir a conocer estos espacios naturales, que garantizan sol y playas de calidad. Sin embargo, al mismo tiempo ha continuado el desarrollo de actividades impactantes para estos sistemas, como han sido las extracciones de áridos. Pero sobre todo cobra especial relevancia la instalación de edificios o equipamientos turísticos, que han obstaculizado la dinámica eólica característica, al tiempo que han servido de polo de atracción para nuevos impactos, como los vertidos de aguas fecales o el desarrollo de ciertas actividades agresivas para estos sistemas, como los deportes del motor.

Finalmente, estos sistemas han terminado por manifestar, de forma clara, procesos relacionados con la degradación de sus elementos naturales, o con la alteración de alguno de sus factores fundamentales, especialmente del viento.

En paralelo con estos hechos, las últimas décadas han traído un proceso de valoración de estos campos de dunas, que se ha traducido en un cierto esfuerzo por parte de las administraciones por protegerlos, sobre todo legalmente, aunque también dando apoyo al desarrollo de proyectos de investigación que han permitido conocer la realidad de muchos de los elementos que intervienen en su funcionamiento y su evolución. De estos trabajos ha surgido la necesidad de afrontar un compromiso por compatibilizar el uso turístico con la conservación de los sistemas de dunas, tanto por sus recursos potencialmente turísticos de calidad, como porque pueden constituir eficaces aliados en un escenario de ascenso del nivel del mar como consecuencia del cambio climático.

Luis Hernández Calvento y Antonio Hernández Cordero forman el Grupo de Geografía Física y Medio Ambiente. Departamento de Geografía Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Las arenas como obstáculo

De esta forma, la consideración marginal de estos sistemas fue la tónica general durante este amplio período de la Historia, protagonizado por una sociedad convencida de la infinitud de los recursos naturales, y empeñada en doblegar a la Naturaleza. Así, en aquellos espacios potencialmente útiles, limítrofes con otros eólicos, la construcción de muros de contención o la extracción de áridos, que serían utilizados para la construcción, así como para la mejora del drenaje de los suelos agrícolas, han sido los remedios habituales para la contención de las arenas. Esta práctica se observa en todos los sistemas de dunas de Canarias, y se ha mantenido en algunos casos hasta hace menos de una década. La plantación de una pantalla vegetal que paralizase el avance de las dunas fue otro de los remedios aplicados, como ocurrió en el caso de Gando, con el fin de que las arenas no invadiesen la pista del aeródromo.

Por su parte, aquellos espacios donde la dinámica sedimentaria, más reducida, permitía, al menos periódicamente, el desarrollo de la vegetación, el principal uso que se dio a estos campos de dunas fue el pastoreo. Su ocupación por usos agrícolas fue un remedio aplicado en casos muy concretos, como en El Jable o en los alrededores de Tufia o Arinaga, en el eje oriental de la isla de Gran Canaria. Finalmente, la urbanización de estos enclaves supuso una solución definitiva, que cobra su máxima expresión en el caso de Las Palmas de Gran Canaria.

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