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Canarii 10 - Tema Central

Evolución del medio natural canario

La primera destrucción de la laurisilva

La laurisilva es una formación boscosa “siempre verde” en la que predominan especies de la familia de las lauráceas. En ella son abundantes los árboles de fuste alto (15-20 mts.) que, junto a otras decenas de especies características forman densas masas vegetales, dan forma a un ecosistema único. Su origen lo encontramos en el Terciario y hoy, estos bosques que apenas han sufrido transformaciones evolutivas, aún perviven en los Archipiélagos de Azores, Madeira y Canarias, en este último en todas las islas excepto en Lanzarote y Fuerteventura. La laurisilva o monteverde aparece en el caso canario -salvo alguna rara excepción- localizada siempre en las vertientes de barlovento, bajo el influjo directo de los vientos alisios.

En Gran Canaria, hoy, solo encontramos unos pocos relictos. Hace más de 30 años destacados autores, como Kunkel y Bramwell, coincidían en que la superficie ocupada por la laurisilva en la isla se había reducido a un 1% de la masa original. A principios de los noventa Carlos Suárez, otro gran investigador de la flora de Canarias, consideraba que “la situación global de los fragmentos de monte verde en Gran Canaria es más desoladora de lo que ya estimaba Kunkel”.

¿Que fue lo que ocurrió en Gran Canaria para que sus masas de monteverde desaparecieran? Detectamos dos fases claras. La primera coincide con la etapa azucarera, iniciada prácticamente el día que finalizó la conquista, y la segunda en el tránsito del antiguo al nuevo régimen, a fines del S. XVIII y principios del XIX, cuando la presión demográfica que soportaba Gran Canaria provocó una desaforada “hambre de tierras” que dio lugar a la práctica desaparición de todas las masas arboladas que aún quedaban en las medianías del norte.

Al comienzo de la Era, cuando los antiguos canarios arriban a la isla, los ecosistemas se encuentran en una situación climácica, es decir con todas las condiciones óptimas para su normal desarrollo y evolución. Hoy conocemos cuáles eran las “áreas de vegetación potencial” y donde se ubicaba la laurisilva grancanaria, pero no sabemos cual fue el impacto que durante cientos de años causó la sociedad aborigen sobre este ecosistema. Sin embargo, hay datos suficientes para afirmar que, en contraposición a lo que ocurrió en otras zonas de la isla -especialmente en la costa- los antiguos canarios no eligieron el monteverde para instalar sus principales poblados. Se puede afirmar que la existencia de yacimientos arqueológicos de habitación es excepcional en este ecosistema umbroso, que era utilizado preferentemente como área ganadera y de recolección. Como confirman los datos aportados por la arqueología y las fuentes etnohistóricas, la presión producida por la sociedad aborigen en las masas de laurisilva fue insignificante frente a la que se produciría a finales del S. XV, tras finalizar la conquista.

El azúcar era un gran negocio a fines del “quatroccento”, pero para su producción se necesitaban importantes cantidades de recursos en el proceso de elaboración. Las islas contaban con un clima propicio para la instalación del cultivo y, además, existían grandes masas de laurisilva, frondosos bosques que podrían proveer de madera y leña a los ingenios, así como numerosas aguas corrientes que servirían para regar las cañas y como fuente de energía para mover los molinos donde éstas serían trituradas, primer paso en la elaboración del azúcar.

A fines del siglo XV se distingue un período de “instalación” del cultivo que se inicia al finalizar la conquista. Rápidamente llegan desde Madeira los esquejes de las cañas y con ellos una amplia gama de especialistas, principalmente lusos, imprescindibles para impulsar la producción. De forma vertiginosa, la industria sacarosa se adapta a la geografía insular. Así, en los montes canarios de laurisilva se repetían las experiencias adquiridas en los archipiélagos portugueses desde hacia décadas para el mejor aprovechamiento y rentabilización de los recursos imprescindibles -agua y madera- en las tareas de los “ingenios”.

En esta primera fase de la colonización se entra “a jecho” (a hecho) en las masas forestales, desde el bosque termófilo que existía en la Cuenca del Guiniguada hasta el monteverde en las Vegas (Sta. Brígida-San Mateo), también en el Pinar de la Ciudad y en el Palmeral de Tamaraceite, que van siendo “desmontados” aceleradamente. A la par, se van implantando “ojeros” en la laurisilva de Teror y Firgas, en terrenos próximos a los ingenios de Tenoya y Arucas, así como en Moya, en el en el Palmital de Guía, en el Pinar de Gáldar o en el Valle de Agaete.

A principios del S. XVI se instalan nuevos ingenios. A partir de entonces podemos estimar el inicio de una segunda fase que se corresponde con un período de expansión del cultivo de la caña y por tanto de constante deforestación de la laurisilva, que continúa desapareciendo de forma acelerada. El impacto ya es de tal magnitud que en 1518 se emite una Real Cédula dirigida a “remediar el desorden en la explotación de los montes y en la que se manda, para evitar daños futuros, elegir lugares adecuados para proceder a la repoblación forestal y a que se conservasen con el mayor cuidado los árboles existentes." Sin embargo, en la práctica, esta disposición no sirvió para nada pues las influencias de los “señores de los ingenios”, muy acreditados -si no presentes- en el poder insular, lograron dilatar en el tiempo las diligencias previstas para amortiguar la repercusión que la industria azucarera ejercía sobre la foresta.

En la década de los veinte del XVI se pueden contabilizar más de 25 ingenios funcionando en la isla. La presión que ejerce la industria azucarera, junto al propio proceso de colonización, sobre los montes de laurisilva es de tal envergadura que, solo cincuenta años después de la conquista, había que importar madera de las otras islas para mantener la actividad de los ingenios. Al iniciarse la década de los treinta la industria azucarera se encuentra con grandes problemas para encontrar recursos madereros.

Ya en la década de los treinta entramos en el período de consolidación del modelo azucarero que abarca unas tres décadas, prolongándose hasta los años sesenta/setenta del S. XVII. El negocio es floreciente y lo pertinente es controlar adecuadamente el uso de los recursos lo que en cierta medida parece que se consigue. En efecto, parece que a partir de las Ordenanzas de Melgarejo se frenan las actividades “desordenadas” que hasta entonces venían imperando en los montes propiedad de la Corona. A partir de su promulgación, el uso y aprovechamiento de los montes estaba condicionado a licencias que concedía el Concejo lo que, al parecer, limitó bastante la explotación arbitraria del monte.

Desde el último cuarto del S. XVI se percibe un paulatino abandono del cultivo de la caña y la merma en la producción de azúcar es muy clara, aún así a fines del siglo existen grandes extensiones de cultivos de cañas que son tratadas en 7 u 8 ingenios. Es indudable que los ingenios siguen consumiendo “monte” y cuando se produce el ataque de Van der Does, en 1599, algo más de cien años después de finalizada la conquista, el monteverde en Gran Canaria ya ha sufrido una transformación radical. El Laureal en Teror y el Pinar de la Ciudad han sido arrasados. En Valsendero y en el Palmitar de Guía los desmontes son considerables y solo en los términos de la Montaña de Doramas se mantienen algunas zonas indemnes.

A mediados del XVII el azúcar es prácticamente marginal en la economía insular, ya que hacía décadas que había comenzando a. producirse una profunda diversificación en la producción agrícola. La industria azucarera en un siglo y medio contribuyó a desmontar una parte sustancial de la laurisilva Gran Canaria.

Carlos García García es geógrafo

Imágenes

Las ordenanzas de Melgarejo

Estas Ordenanzas (1531) aluden al deterioro que sufrían los distintos montes. Valga como ejemplo lo que se indica sobre la Montaña de Doramas que: “(…) está muy talada de la leña y maderas que hasta aquí se han cortado en ella sin orden alguna e si así pasase en espacio de dos años se destruiría totalmente sí no se pusiese orden (…)”.

Las Ordenanzas de Gran Canaria prestan especial atención a la situación de los montes, a las causas del desorden en su explotación, a la incidencia de los factores que provocan su destrucción, etc. Ante tal panorama se proponen medidas para la conservación y desarrollo de las masas forestales, disposiciones sancionadoras, propuestas y alternativas de uso e inclusive, como colofón, acciones de repoblación.

Por este documento conocemos, por sus nombres, cuáles eran los “montes” de laurisilva que en aquel tiempo aún subsistían, así como algunos datos que dan idea de su situación. Se citan: La Montaña de Doramas, la de Gáldar, la del Palmitar, la de las madres del agua de Firgas, las montañas del barranco del Aumastel, las montañetas que están al Malsyndero, (Valsendero), la de Terore y el Laureal.

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