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Canarii 10 - Tema Central

Evolución del medio natural canario

Volcanes históricos y paisaje en Canarias

Las Islas Canarias son en su totalidad obra de los volcanes, que han elaborado su esqueleto, su estructura y su epidermis. Debemos a la actividad de los volcanes no sólo la especial configuración del relieve de las islas, sino también parte de las cualidades que hacen de estos espacios volcánicos, paisajes de impresionantes cualidades. Los procesos eruptivos, o los conjuntos volcánicos generados por los mismos, cuya aparición fue vivida y observada, narrada y descrita, e incluso dibujada, fotografiada o filmada por nuestros antepasados son los que se denominan como erupciones o volcanes históricos.

La mayoría de los relatos sobre estas erupciones nos permiten indagar y saber lo ocurrido en estos escenarios, conocer el comportamiento del volcán, las secuencias de sus fases eruptivas y los principales fenómenos volcánicos producidos, pero también ahondar en las providencias y medidas tomadas durante las crisis por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, establecer los daños generados, así como percibir el desasosiego, la perturbación, la alarma y el drama personal de los que los vivieron. A partir de estas crónicas conocemos más detalladamente los sucesos acontecidos, lo que nos permite establecer la historia eruptiva individualizada y de conjunto, y caracterizar de manera científica las pautas y modos de estas erupciones, las variadas formas de los volcanes creados por ellas y las interferencias de éstos en el paisaje.

La memoria histórica ha dado cuenta de la actividad eruptiva canaria a través de más de un millar de documentos (libros de historia, cuadernos de bitácora, protocolos notariales, actas y libros de organismos oficiales, libros de viajes, artículos científicos, prensa, etc.) Las primeras referencias acerca de los volcanes históricos canarios describen las erupciones entrevistas desde el mar por los navegantes del s. XIV o transmitidas oralmente por los guanches.

Desde este primer proceso eruptivo, ocurrido entre 1430 y 1440, y el último, desarrollado en 1971, ambos en la isla de La Palma, se han producido unas catorce erupciones, que se recogen en el cuadro adjunto.

Unas pocas cifras pueden ayudarnos a entender la conmoción sufrida en el paisaje como consecuencia del desarrollo de estas erupciones. En total, se han generado alrededor de 50 conos volcánicos, formados a partir de unas 300 bocas eruptivas que derramaron materiales que han cubierto, en conjunto, una superficie aproximada de unos 250 km2. El área ocupada supone aproximadamente el 92% de la superficie total de la isla de El Hierro; si todas las erupciones se hubiesen producido en esta isla, del paisaje existente en el momento de su conquista ¡sólo quedarían unos 21 Km2!

El impacto de estas erupciones en el paisaje natural y en el territorio humanizado ha sido pues rotundo, aunque no uniforme, pues existen variaciones sustanciales del mismo entre las distintas islas activas y entre los distintos sectores de cada una de ellas. Estas diferencias derivan de los caracteres y duración de las erupciones, del emplazamiento y localización geográfica de los cráteres, de la mayor o menor superficie que ocupan los conjuntos volcánicos creados, de los rasgos del paisaje natural y humano previos donde se desarrollaron e incluso de la coyuntura social, política y económica del momento en que se produjo cada paroxismo volcánico.

De este modo, algunos procesos eruptivos solo han tenido repercusiones locales, a veces casi puntuales, al afectar a superficies reducidas y muy homogéneas paisajísticamente, como por ejemplo sucede con la erupción de Sietefuentes, ocurrida a finales de 1704 en Tenerife. Sin embargo, en otras ocasiones, la amplia superficie cubierta por los materiales volcánicos y la gran heterogeneidad de los paisajes afectados han motivado cambios sustanciales a escala comarcal, de modo que las erupciones han tenido efectos significativos, con repercursiones sociales, políticas y económicas a escala insular e incluso regional. Ejemplos suficientemente conocidos de este tipo son las erupciones históricas de Arenas Negras, o Garachico, producida en 1706 en la isla de Tenerife y la de Timanfaya, desarrollada entre 1730 y 1736 en Lanzarote.

Las erupciones históricas han cambiado de modo definitivo los rasgos del relieve de muchos sectores de las islas como consecuencia de la construcción de nuevos conos volcánicos y de la ocupación de áreas, más o menos extensas, de cenizas volcánicas y de flujos lávicos. En la mayoría de los casos, los retoques introducidos pueden considerarse como leves, pues han afectado a pequeños sectores de las cumbres, donde se han emplazado los conos volcánicos, y a las vertientes aguas abajo de los mismos, donde las coladas han rellenado barrancos previos, provocando su desaparición o su inhabilitación como vías de desalojo de las aguas pluviales. La llegada al mar de las coladas produjeron los cambios más drásticos y evidentes, con el aumento de la superficie insular y el retroceso de la línea de costa, formándose plataformas lávicas costeras, cuya topografía llana contrasta llamativamente con los acantilados previos que las coladas han dejado inactivos.

Los cambios, sin embargo, no se redujeron sólo a la aparición de nuevos elementos de relieve, el emplazamiento de todos estos materiales volcánicos dio lugar a la destrucción de la cubierta vegetal -pinares y matorrales de medianías, de cumbres o costeros-, lo que modificó sustancialmente el paisaje natural original.

El impacto sobre el territorio humanizado es comparable con la magnitud de cada erupción; en la mayoría de los casos se ha limitado a la inutilización de áreas agrícolas poco extensas con la desaparición de campos de cultivo y la consiguiente pérdida de las cosechas, los sistemas de acogida de agua, los lugares de pasto, ganado y colmeneras, y la destrucción más o menos aislada de viviendas unifamiliares, infraestructuras y vías de comunicación. En función del carácter eminentemente efusivo de estas erupciones, los daños más cuantiosos se han producido como consecuencia de la llegada de las coladas, favorecidas por las fuertes pendientes y su canalización por pequeños barrancos, a los sectores de medianías y de costa, lugares tradicionales de actividad agrícola, densamente poblados, y donde se han ubicado los núcleos de población de mayor entidad y las infraestructuras más costosas.

En la actualidad, a pesar del paso de los años, en el paisaje de estos sectores las formas eruptivas siguen siendo las protagonistas, destacándose por el aspecto fresco, caótico y fragoso de sus formas de relieve, por el color negro intenso de los materiales, y por el escaso desarrollo de la cubierta vegetal.

En definitiva, los cráteres, conos y malpaíses, generados durante estas erupciones, han actuado como elementos desarticuladores de los paisajes naturales y del territorio humanizado de las islas, aunque no siempre de modo irreversible. Una vez que el proceso eruptivo concluye, estos conjuntos comienzan una evolución que tiende a asimilar su fisonomía y su dinámica natural con la de los espacios más antiguos con los que están en contacto. Los cambios post-eruptivos de su paisaje varían en función de su edad relativa, de las condiciones medioambientales de su área de asentamiento así como de la amplitud y continuidad de las superficies ocupadas y del tipo y características de la ocupación de los nuevos terrenos por el hombre.

El volcanismo histórico ha diversificado nuestros paisajes, enriqueciéndolos con nuevos relieves y nuevas comunidades vegetales, pero también ha dotado a estos ámbitos de contenidos no siempre visibles, pues en ellos están impresas las huellas de quienes los vieron nacer y crecer, de los que sintieron sus efectos y asistieron al espectáculo de la Tierra echando fuego de sus entrañas.

María del Carmen Romero Ruiz es geógrafa y profesora titular de la ULL

Imágenes

Timanfaya, la erupción que asombró al mundo

Sin embargo, donde las transformaciones del paisaje original han sido más contundentes, es en aquellos casos donde las cenizas y coladas ocuparon manchas territoriales no sólo más amplias sino también más continuas, como sucedió durante la dilatada erupción de Timanfaya. En Lanzarote, el volcanismo histórico transmutó seriamente casi un cuarto de la superficie insular, creando toda una cadena de volcanes completa, cuyas coladas hicieron desaparecer valles enteros y cuyas cenizas inutilizaron extensas áreas y se extendieron más allá de los límites de la propia isla. Durante esta erupción hubo un cambio radical tanto del paisaje natural como humano de la isla, hasta el punto de transformar incluso los sistemas de aprovechamiento agrícola e incluso las relaciones de poder y el papel político y económico que la isla jugaba en esos momentos en el conjunto del Archipiélago canario.

Los efectos de muchas de estas erupciones transcienden incluso fuera del espacio directamente ocupado por los materiales volcánicos. A largo plazo, los volcanes han terminado por provocar cambios en los ámbitos antiguos que están en contacto directo con ellos, amplificando espacialmente el impacto físico que estas erupciones tuvieron originalmente. Un ejemplo magnifico de este efecto es la transformación del puerto de Janubio en Lanzarote, en una cala sin salida natural al mar, como consecuencia de cambios en la deriva litoral de las arenas producida tras la llegada al mar de las coladas en la proximidad al puerto.

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