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Canarii 11 - Historia de las Minorías

La presencia francesa en las Islas Canarias

Conquistadores, corsarios, navegantes, científicos, artistas y literatos

Desde la primera conquista de las Afortunadas, en el amanecer del siglo XV, la presencia francesa en las Canarias ha tenido una extraordinaria importancia. Sin duda, el protagonismo histórico y cultural de Francia en estas islas es, en seis siglos, el más relevante de todos los países de la vieja Europa.

La presencia de los franceses en el Archipiélago canario se inicia con un nombre fundamental, el de Jean de Béthencourt (1362-1425). Este aventurero franconormando inició, a comienzos del siglo XV, la primera conquista de Canarias y, por consiguiente, hace más de seiscientos años abrió el primer capítulo de la historia moderna de las Afortunadas. Béthencourt nació en Grainville-la-Teinturière, pequeña localidad de Normandía. Llevaba un antiguo apellido de la Francia medieval.

Los primeros conquistadores

Lo cierto es que, cuando se acercaba a la edad de 40 años, Jean IV de Béthencourt decidió emprender la incierta aventura de navegar hacia las Canarias, seguramente a la búsqueda de aquellas producciones destinadas a la manufactura textil y a la captura de indígenas para su posterior tráfico. En el puerto de La Rochelle entró en contacto con Gadifer de la Salle, un joven originario de una hidalga familia del Poitou, quien puso una nave a disposición de la expedición. Para su empresa, Béthencourt contó con un elevado préstamo de su tío Robin de Braquemont, cortesano del rey de Castilla, aunque en contrapartida tuvo que hipotecar su señorío de Grainville. En la primavera de 1402 las naves emprendieron rumbo a las Canarias. Hicieron escalas en Galicia y en Cádiz y hacia el mes de junio alcanzaron las costas de La Graciosa y de Lanzarote. La escasa población de esta isla se sometió en poco tiempo a los invasores. Fue el primer acto de un episodio conquistador teñido de intrigas, engaños y abusos, tanto con los nativos como entre los propios franceses. Entre aquel año y los finales de 1404 quedaron sometidas también Fuerteventura y El Hierro. En tres ocasiones intentaron penetrar en Gran Canaria, pero fueron rechazados por los canarios.

Con Béthencourt y La Salle viajaron los capellanes Pierre Boutier y Jean le Verrier. Ellos escribieron las crónicas de aquel histórico episodio, textos que conocemos con el nombre de ‘Le Canarien’. Con el carácter de una narración y relato de los hechos acontecidos, este fue el primer libro en la historia dedicado enteramente a las Islas Afortunadas. Fue, sin duda, una aportación importante al primer conocimiento de estas tierras, de su naturaleza, de su población y de los primeros momentos de la conquista europea. Béthencourt se percató muy pronto de lo estéril de su aventura y de que su conquista poco podía aportar a su ya maltrecha economía. Rindió feudal pleitesía al rey de Castilla y, finalmente, se retiró a Grainville, en cuya iglesia fue enterrado a su muerte.

Los primeros corsarios europeos

En los siglos XVI y XVII, fueron los corsarios y piratas franceses los que se asomaron a las costas de las Islas, protagonizando una serie de ataques navales a los que están unidos los nombres de Jean Fleury, Jean Alphonse de Santoigne, François le Clerc, Jacques de Sores y Jean Capdeville. Pero también lo hicieron navegantes y viajeros que posteriormente dejaron en letra impresa sus referencias sobre sus breves escalas en las Islas. El corso galo en las Canarias se desarrolló en el contexto de los enfrentamientos bélicos entre España y Francia y en el ámbito del rico comercio azucarero que en aquel tiempo realizaban las Canarias con Europa. Ya en 1520, poco tiempo después de su coronación como emperador, Carlos V se encontraba en guerra con el rey Francisco I de Francia, con el que había competido por la corona del Sacro Imperio. Así, los corsarios franceses iniciaron muy pronto su aparición en las aguas canarias y en 1522 se registra la presencia del normando Jean Fleury, capitaneando una flota de nueve barcos. Sus naves se hicieron con un valioso cargamento de azúcar y, además, tuvieron la fortuna de capturar tres navíos que, desde América, transportaban ricos tesoros expoliados por los conquistadores españoles en Méjico.

Quince años después, corsarios franceses atacaron a la flota de Indias en aguas de Lanzarote. En 1544, el pirata Jean Alphonse de Santoigne se apoderó del castillo de La Luz, en la bahía de Las Palmas. Comenzando la segunda mitad de la centuria, François le Clerc, ‘Pata de palo’, fue rechazado en su intento de someter la Ciudad Real de Las Palmas. Sin embargo, su lugarteniente Jacques de Sores, corsario hugonote, saqueó e incendió la villa de Santa Cruz de La Palma. Sores protagonizó años después, en Tazacorte, la matanza de misioneros jesuitas portugueses y españoles que viajaban a Brasil. Y todavía en 1579 el pirata Jean Capdeville pasó a cuchillo a los habitantes de San Sebastián de La Gomera, incluidos varios frailes.

Los primeros científicos

En el siglo XVIII, la presencia de los franceses es importantísima. Es la centuria en la que los naturalistas llegan a las Canarias y, por primera vez, las contemplan con la mirada de la razón y de la ciencia. El gran personaje que inaugura este periodo es el astrónomo, matemático y botánico provenzal Louis Feuillée (Mane, 1660-Marsella, 1732), quien vino para fijar la posición del primer meridiano en la isla de El Hierro, enviado por la Academia Real de Ciencias de Francia. Entre junio y octubre de 1724, permaneció aquí cuatro meses y a él le debemos el primer estudio científico sobre nuestras islas.

En 1776, en el marco de una campaña hidrográfica hispano-francesa, el gran geodesta y matemático Jean Charles Borda determinó con exactitud la altitud del pico del Teide sobre el nivel del mar. Esta medición fue confirmada en 1785 por el físico Lamanon, quien integraba el nutrido contingente científico de la gran expedición marítima del célebre marino La Pérouse a los mares del Sur. En 1796, el zoólogo Maugé compuso el primer listado conocido de la avifauna canaria y el jardinero Riedlé nos dejó el pequeño tesoro de varios dibujos coloreados de plantas de las Islas. En el último año del siglo, Aimé Bonpland escaló el Teide, junto a Humboldt, y observó de nuevo la ‘Viola cheirantifolia’.

La presencia científica francesa adquirió un especial relieve con la publicación de la ‘Histoire Naturelle des Îles Canaries’ (París, 1835-1850), del inglés P. B. Webb y el francés S. Berthelot (Marsella, 1794-Santa Cruz de Tenerife, 1880). Este último había llegado a Santa Cruz de Tenerife el 1 de enero de 1820, siendo entonces un joven marino. Su papel fue fundamental en el proyecto, estudios y preparación de esta monumental investigación; la obra más importante de la bibliografía canaria de todos los tiempos. Sus nueve volúmenes ofrecen el corpus taxonómico e iconográfico más completo de la flora endémica canaria; e, igualmente, aportan una notable descripción fitogeográfica de las islas de mayor altitud. Incluyen, además, los primeros estudios importantes de la fauna insular y el primer trabajo antropológico sobre los grupos étnicos aborígenes. Berthelot se integró años después en la sociedad isleña y fue una de las personalidades del ochocientos en Canarias.

Los primeros antropólogos

Cuarenta años después, los estudios de Berthelot fueron confirmados por el antropólogo René Verneau (Chapelle-sur-Loire, 1852-París, 1938), quien llegó a Gran Canaria en la primavera de 1877, encargado de una misión científica destinada a constatar la posible relación étnica de los aborígenes canarios con el hombre de Cro-Magnon, cuyos restos se habían descubierto en Francia en 1868. Entre diversas obras y estudios sobre el Archipiélago, a él debemos un libro igualmente extraordinario: ‘Cinco años de estancia en las Islas Canarias’ (1891), visión general del archipiélago y de la vida de los isleños a finales del siglo XIX.

A lo largo de los siglos, la presencia y la contribución de los franceses y de la cultura francesa a la historia, el conocimiento y la personalidad de las Islas Canarias compone un rico y variadísimo fresco que se integra, de forma trascendente y en un nivel principal, en la realidad canaria durante seiscientos años.

Alfredo Herrera Piqué pertenece a la Real Academia Sevillana de Buenas Letras

Escritores y artistas

Además de otros científicos (el naturalista Le Gros, el geólogo Sainte-Claire Deville, el astrónomo Pegot-Ogier, botánicos como Pitard y Proust, el astrónomo Jean Mascart, etc.), algunos de los cuales ya enlazan con las primeras luces de la pasada centuria, a las Islas arribaron en el siglo XIX célebres personajes como el gran músico Camille Saint-Saëns, comerciantes como Francisco Gourié -natural de Fontaineblau- y muchos viajeros románticos. Un famoso escritor francés, Julio Verne, escenificó en Canarias su pintoresca novela viajera ‘Agencia Thompson’. Y, ya en el siglo XX, la presencia de André Breton dejó su huella en el grupo vanguardista de ‘Gaceta de Arte’ y nos legó un hermoso pasaje literario inspirado en el volcán Teide, incluido en su texto “El amor loco”. Otro poeta, Jean Cocteau, visitó Gran Canaria a mitad de la centuria y se relacionó con el artista Felo Monzón y la Escuela de Arte de Luján Pérez.

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