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Canarii 11 - Historia de la Música

El compositor francés tuvo con Gran Canaria y sus gentes una agradable y entrañable relación entre 1889 – 1909

Las temporadas isleñas de Camille Saint-Saëns

Hace casi un siglo, el 3 de marzo de 1909, el compositor francés Camille Saint-Saëns abandonaba Gran Canaria para no regresar jamás. Quizá ni él mismo lo sabía entonces, pero aquel final de su séptima temporada en la Isla era también un adiós definitivo. Sin embargo, su alejamiento de la Isla y de las gentes que llegó a amar profundamente fue algo ajeno a su voluntad.

La presencia de Camille Saint-Saëns en Gran Canaria no sólo no se diluyó en el devenir de las décadas del siglo transcurrido desde su partida, sino que se ha mantenido muy palpable en el recuerdo de generación tras generación, entre las que suenan ineludibles y como propias las notas de “Campanas de Las Palmas”, que tanto rememoran, en la intimidad cotidiana de las viejas calles de Vegueta y Triana, el tañido de las campanas catedralicias, o su “Vals Canariote”, escrito en París en 1890, al regreso de su primera visita a la Isla, en recuerdo de una estancia que tanto le marcó y dedicado a “Mademoiselle Candelaria Navarro Sigala”, joven y hermosa grancanaria que, sin saber aún que estaba precisamente ante el autor, interpretó en su presencia y de forma admirable su célebre “Danza Macabra”, aunque ella sólo creía tocarlo para el comisionista de comercio francés Mr. Charles Sannois, nombre con el que el músico ocultó su verdadera identidad en la primera visita, hasta que fue descubierto, como relata el cronista Carlos Navarro Ruiz, al llegar revistas ilustradas con su retrato, a propósito del estreno de su ópera ‘Ascanio’, lo que causó revuelo y sorpresa en la población, pero motivó también su partida apresurada.

El maestro, sin embargo, volvió cuatro años después sin reserva alguna; no sólo eran muchos los magníficos recuerdos que atesoraba de su estancia en Gran Canaria, sino que aquí estaba convencido que encontraría el descanso y la tranquilidad que no hallaba en Europa. Su profesión le daba una existencia ajetreada, sin apenas intimidad, y su vida personal no era precisamente un camino de rosas; él mismo llegó a señalar en una carta dirigida a René Lara, y que este incluyó en un artículo publicado en ‘Le Figaro’ en 1935 (recogido y traducido ese mismo año por el periódico grancanario ‘Hoy’) como “existe una cosa que usted no sabe y es que usted a su manera es muy dichoso. Usted ha conocido el dolor sin duda, pero nunca la amargura, y yo conozco los dos”. Su desgraciado matrimonio en 1875 con Marie-Laure Truffot, del que nacieron dos niños que murieron de forma trágica con corta edad y su separación definitiva de ella, junto a su nunca oculta homosexualidad, no le ayudó en nada a conseguir el sosiego en el seno de la sociedad europea, que lo aplaudía, lo respetaba, lo admiraba y lo tenía como uno de los más grandes músicos de la historia y que fue merecedor a su fallecimiento en 1921 de un multitudinario funeral de estado.

En Gran Canaria fue feliz, inmensamente feliz, y aquí se integró y se identificó con sus gentes; participó de sus aspiraciones. En una época en la que la capital insular avanzaba muchísimo en su modernización; inauguraba un gran puerto, que permitía un primer gran desarrollo turístico; traía la luz eléctrica y otros adelantos, o buscaba su progreso cultural, él mismo escribió un artículo, para el número extraordinario que publicó ‘Diario de Las Palmas’ el 10 de junio de 1899, con motivo de la inauguración del alumbrado eléctrico de Las Palmas de Gran Canaria, en el que realizaba una inteligente argumentación sobre el sentido del progreso, que consideraba “cosa hermosa, pero no toda reforma es progreso”; se solidarizó con sus necesidades, como cuando ofreció un concierto a beneficio de la construcción del hospital asilo de San José en el Puerto.

Como recoge Nicolás Díaz-Saavedra: “Saint-Saëns se sentía feliz en Las Palmas de Gran Canaria; el propio músico escribe a un amigo: ‘He encontrado de nuevo la dulzura del aire, las pequeñas casas rojas, azules, amarillas, que uno diría están hechas para ser alineadas por niños en una mesa, las chicas guapas con faldas claras, la cabeza y el pecho cubiertos por la virginal mantilla de lana blanca, fina y ligera, ¡ah la tranquilidad, la divina tranquilidad! Me han acogido con toda cordialidad, verdaderamente conmovedor por su sinceridad evidente”.

Gran Canaria fue un verdadero paraíso de asueto y de encuentro consigo mismo para este celebérrimo personaje que, poco a poco, pese a todas las distinciones y reconocimientos que aquí también se le ofrecían, se encontró como en su propia casa. Sus siete visitas, entre 1889 y 1909, siempre en invierno, pues huía del frío como del demonio, incluida la que hizo a la isla de La Palma, en febrero de 1894, donde embarcó para Francia, han sido estudiadas minuciosa y cariñosamente por Nicolás Díaz-Saavedra de Morales en un libro de más que recomendable lectura: ‘Saint-Saëns en Gran Canaria’, publicado por la Real Sociedad Económica de Amigos del País en 1985, donde resalta cómo “durante las temporadas que Saint-Saëns estuvo en Gran Canaria se produjeron algunos acontecimientos dignos de ser recordados”.

Aquí fue amigo de personalidades como Agustín Millares Torres y sus hijos Luis y Agustín, a los que regaló, de su puño y letra, una poesía titulada “La Statue”; del célebre e insustituible maestro Valle, que, cuando aún no conocía a Saint-Saëns sino al comisonista Mr. Sannois, le negó el puesto de timbalero que casualmente le faltaba cubrir al comienzo de un ensayo, o, como recoge Díaz-Saavedra, que le pidió, tras detener la interpretación de una ópera que dirigía en el recién inaugurado Teatro Tirso de Molina (el actual Teatro Pérez Galdós, donde hay un salón bautizado con su nombre), que se callara o se marchara, pues no paraba de dar chillidos desaprobatorios a la actuación de un tenor: se armó tal trifulca que el guardia de servicio no dudó en invitar a salir a aquel excéntrico y desconocido personaje. También trabó amistad con el obispo Fray José Cueto de la Maza, con quien colaboró en obras benéficas; le dedicó un “Himno a Santa Teresa”, hoy conservado en el archivo de la Catedral de Canarias, y le asesoró en la compra del órgano de la iglesia parroquial de Santa María de Guía, que él mismo estrenó con un concierto ofrecido el 14 de enero de 1900, en el que, según crónica del periodista Francisco González Díaz, “el órgano tronaba, cantaba sobre Guía entera estremecida y las ráfagas de la tormenta sonora hacía doblar las cabezas, como se doblan las espigas al viento”. En Guía pasaba temporadas que tanto le apetecían en la casa que tenía en la entrada de la ciudad norteña su amigo y compatriota el comerciante Juan Ladeveze y Redonnet, la afamada ‘Villa Melpomene’, que aún hoy se conserva, y donde trabajó en su ópera ‘Dejanaire’. Entre sus amistades estuvieron las principales familias de la Isla que lo acogieron y atendieron siempre, como Alejandro Hidalgo Romero, que lo acompañó en excursiones a Tejeda y Tirajana; Diego Mesa de León, que le recibió en su casa en El Monte Lentiscal, y varios socios de la Sociedad Filarmónica que le obsequiaron con una excursión a Bandama, acompañado, entre otros muchos, por Luis Valle, Rafael L. Avellaneda, Eduardo Benítez Inglott o Manuel de la Torre. También gustaba disfrutar de la playa de La Laja, en una de cuyas casas tenía, por aquel entonces, un improvisado estudio el afamado pintor catalán Eliseo Maifrén Roig, donde compartió comidas, tertulias y guitarreos con Néstor Doreste y Miguel Padilla.

También señalaba Navarro Ruiz cómo el músico regaló alguna composición suya a María del Toro Suárez, a Bernardo Navarro de la Torre y a Fermina Henríquez, otra de las grandes pianistas que conoció en la Isla, a la que dedica precisamente la pieza “Campanas de Las Palmas”. No olvidemos que Saint-Saëns era también un excepcional pianista desde su juventud, por lo que a diario dedicaba muchas horas a ensayar. A propósito de esto Magdalena Navarro Wood siempre contó la anécdota de cómo, cuando aún quería pasar desapercibido en la ciudad, alojado en el Hotel Cuatro Naciones de la calle de Los Remedios, una de las camareras observaba, al dejarse la puerta entreabierta, que aquel extraño personaje tocaba el piano sin hacerlo sonar; sin duda era su acostumbrado ejercicio de manos diario, pero en esas ocasiones sin tocar las teclas para no llamar la atención con su significado virtuosismo. En Gran Canaria nunca se olvidó el concierto ofrecido en enero de 1909, en el que se interpretaron varias obra suyas e interviene él mismo como pianista, aunque ya antes había ofrecido algunos otros, como el que se dio el 25 de febrero de 1897, también en el Tirso de Molina, y para el que se preparó concienzudamente en el piano de la señorita Candelaria Navarro Cigala.

Nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad en 1900, Camille Saint-Saëns es uno de sus hijos adoptivos más preclaros y señeros, con el que se honra y distingue la propia capital.

Juan José Laforet es periodista y cronista oficial de Las Palmas de Gran Canaria

Imágenes

El músico de cuatro patas

Saint-Saëns disfrutó de las diversiones habituales de la ciudad. Tal era su espíritu, su carácter y su buen talante desde que llegaba a la Isla, que siempre se le recordó cómo por Carnavales tocaba el piano para bailes de jóvenes, cantó por las calles la polca de la zarzuela Los Cocineros, vistió, como todos sus acompañantes de parranda carnavalera, con camisa de mujer, o lloraba “a moco y baba, por que se iba el Carnaval”. Precisamente, en una de estas fiestas carnavaleras celebrada en el Hotel Santa Catalina, como recordaba la prensa local muchos años después, en 1934, se le vio hacer varias “gansadas” con su amigo Agustín Motas, quien terminó por poner al músico de cuatro patas y escarrancharse sobre él, que así le dio una vuelta por toda la habitación, mientras el jinete le espoleaba diciéndole: “¡Arre, Arre animal!”.

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