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Canarii 11 - Tema Central

Dolores Quesada, madre de Javier Fernández Quesada

"Mi marido entró gritando 'Le han pegado un tiro en el corazón', y yo sentí ese tiro en el mío"

Dolores Quesada y su marido, Ezequiel Fernández (ya fallecido), no sólo sufrieron la pérdida de un hijo de forma trágica, y sin que se haya depurado hasta hoy responsabilidades por su muerte, sino que vivieron los años posteriores con el miedo en el cuerpo por temor a represalias contra sus otros cuatro hijos. La familia de Fernández Quesada tuvo intervenido el teléfono, y se sintió perseguida por un régimen que transitaba de la dictadura a la democracia. Treinta años después, ‘Loly’ Quesada intercala recuerdos sobre la personalidad de su hijo y su relación con él, con la lectura precipitada del gran número de dedicatorias, telegramas, cartas, poemas y recortes de prensa que conserva sobre Javier.

En 1977, tres de sus cinco hijos estudiaban en la Universidad de La Laguna ¿Cómo se entera usted de la noticia de la muerte de Javier?

Yo estaba sentada en el sillón viendo la televisión, y oí que había revueltas en La Laguna, y pensé “que no les pase nada a mis hijos”. Al principio, dieron el nombre de otro estudiante al que habían disparado. Después llegó mi hermana, que ya sabía la noticia, pero no me dijo nada. Estaba en la cocina con ella, y cuando volví a la sala, fue mi hijo Luis, que acaba de llegar del trabajo y lo había oído por la televisión, quien me confirmó que era él. Perdí el conocimiento.

Tras el impacto de la noticia, ¿cómo viven ustedes los acontecimientos que se van produciendo en torno al fallecimiento de su hijo?

Todo era confusión. Tengo recuerdos dispersos… Recuerdo que mi marido entró en casa gritando “Le han pegado un tiro en el corazón”, y yo sentí ese tiro en el mío. Después vino Chemi, el mejor amigo de Javier, y luego la casa se llenó de gente. En medio del revuelo que había en casa, alguien me dijo que si quería hablar por teléfono con el Rey, que llamaban desde una radio en la que estaba interviniendo, y que si quería podía hablar con él; pero yo no quise.

¿Por qué?

No sé. El Rey era entonces muy joven, yo pensé que no iba a poder hacer nada… Además, el dolor era tan profundo…

Tras el entierro, ¿intentan ustedes aclarar las circunstancias de la muerte de su hijo?

No. No hicimos nada. Era imposible. Nosotros no éramos políticos; bueno, mi marido era de Alianza Popular, y mi padre y mi abuelo eran militares; pero en casa no se hablaba de política. La verdad es que no sabíamos qué hacer. Era tan grande el dolor… Javier era un chico estupendo; era guapo y muy dulce. Le gustaba caminar por el campo, y le gustaba escribir. Conservo muchas cartas suyas, en las que me decía cosas como “gracias mamá, por habernos educado”.

¿Le escribía a menudo?

Sí, tengo muchas cartas de Javier, sobre todo cuando estaba haciendo el servicio militar; antes de ingresar me dijo “mamá córtame el pelo, porque sé que si voy así me lo van a cortar al cero”; y yo le corté el pelo. Javier era deportista, jugaba al tenis y al fútbol, y era además un buen estudiante. En su entierro, un jesuita me dijo que destacaba por su ansia de aprender. Pero, por encima de todo, le gustaban las flores, era un enamorado de las flores. Para esa Navidad me había comprado una tela de flores, porque yo estaba siempre cosiendo…

En aquellos trágicos momentos, ¿reciben ustedes alguna primera explicación o comunicación oficial por parte de las autoridades?

Mire, todavía nadie nos ha explicado lo que sucedió, hasta tal punto que ahora el señor Mardones acaba de decir en la radio que ni siquiera se demostró que muriera por disparos de la Guardia Civil… Nosotros entonces teníamos miedo, miedo por nuestros otros hijos. Se estaban produciendo reacciones por la muerte de Javier, aparecían pintadas que decían “Javier, tu muerte será vengada”; se decía que unos amigos suyos habían puesto una bomba en Galerías Preciados…

strong>Hasta tal punto que ustedes se ven obligados a difundir un comunicado a través de la prensa, agradeciendo por un lado los apoyos recibidos pero, por otro, realizando un claro llamamiento a que “se evite manifestaciones que impliquen más violencia”. ¿A qué respondía ese comunicado?

Teníamos mucho miedo a las represalias. En una manifestación que hubo en San Telmo, a otro de mis hijos le dieron una paliza. Además, teníamos el teléfono intervenido, lo tuvimos intervenido durante un año…

¿Cómo sabían que estaba intervenido?

Lo sabíamos porque se oían ruidos en el aparato, y porque nos lo advirtió un propio empleado de telefónica al que llamamos, porque pensábamos que había una avería; y al irse nos dijo “esos malditos políticos”.

Es decir, ¿su familia no sólo no recibe explicaciones por la muerte de Javier sino que se siente directamente perseguida?

Sí, nos sentíamos perseguidos, y temíamos que le pasara algo a otro de nuestros hijos. Por eso no hicimos nada. Más adelante (en 1981), mi marido le escribió a Manuel Fraga, que era de su partido, y a través de las gestiones que él hizo recibimos una carta de Rosón [Juan José Rosón era entonces ministro del Interior], en la que nos comunicaba el sobreseimiento del caso. Ahí está, en un sobre, la comunicación de la Capitanía General de Canarias cerrando el sumario sin declarar responsables, y que yo nunca he leído.

¿No tenido nunca curiosidad por saber su contenido?

No. ¿Para qué? Durante años se ha hablado de Javier, ha habido cantos y manifestaciones en toda España denunciando su muerte y recordándolo, y desde el principio hasta hoy, ni una explicación sobre quiénes fueron los responsables de su muerte.

Marta Cantero Lleó es periodista

Imágenes

Matar a un ruiseñor

A las 15:20 horas del 12 de diciembre de 1977 ingresa en el Hospital General y Clínico de Tenerife “el cadáver de un varón de unos 20-24 años de edad, que no ha sido posible identificar, y que presenta herida de bala en tórax”, según el parte médico que emite el centro hospitalario. En cuestión de minutos, el régimen político existente ha transformado al joven estudiante de Biología que se manifestaba junto a sus compañeros en un cadáver sin identificar. El guardia civil no sabe que el chico al que está a punto de matar se llama Javier, ni que en esos días previos a las vacaciones navideñas ha acudido a la universidad para hablar con un profesor. No sabe que estudia Biología, y que es un enamorado de las flores, sobre las que ha escrito lo siguiente: “Si el amor acaba como las flores, muriéndose… ¿para qué nacer? Pero, ¡son tan bonitas!”.

Horas después, un miembro del Gobierno Civil toma la decisión de emitir una “nota oficial” explicando que “sobre las 15:30 horas se comunicó a este Gobierno Civil que en la puerta principal de la sede central [de la Universidad] había caído herida de bala una persona”, sin saber que la madre de esa persona ha caído al suelo del salón de su casa al recibir la noticia. Hechos que ocurren a su vez en la Universidad de La Laguna, donde Carlos Fernández Quesada ha perdido de vista hace rato a su hermano mayor, de 23 años, y en Las Palmas de Gran Canaria, ciudad en la que nació Javier el 23 de agosto de 1954 y donde residen sus padres, Dolores y Ezequiel.

Los estudiantes que se han solidarizado con los colectivos de trabajadores en huelga y acuden a manifestarse en un país que se sacude los restos de la dictadura no saben que esa jornada de lucha va a acabar con la vida de uno de ellos, pero todos supieron que le pudo haber tocado a cualquiera. Aunque le tocó a Javier, aquel niño que jugaba en el Artesano Fútbol Club y que meses antes había escrito que “La vida es un espejo situado frente a mí; en el me veo reflejado como un presente extenuado por el pasado y sin fuerzas para acceder al porvenir”. El año anterior a su muerte, había vivido la experiencia de realizar el servicio militar como recluta de Infantería de Marina, que le había permitido enviar cálidas cartas a su madre, a quien había comprado una tela de flores para esa Navidad. Su llegada a la Universidad venía avalada por una trayectoria de estudiante disciplinado, que obtiene la calificación de notable (8) en la prueba de ingreso en Bachillerato, y merece el elogio de algunos profesores como “buen estudiante deseoso de aprender”, o “estudiante excelente que hace todo lo que se le exige”, según las observaciones que, en 1967, realiza quien le examina del curso intensivo de Inglés que realiza en el Colegio San Ignacio de Loyola.

Junto a las frases copiadas de Einstein, Javier Fernández dejó escritas opiniones suyas sobre diversas cuestiones (en defensa, por ejemplo, del patrimonio cultural: “vestigios únicos de otras épocas de la humanidad. Canarias, mañana, quizá será autogestionaria”), y también sobre sí mismo: “Porvenir y posibilidad son una sola cosa, porque qué es el porvenir sino la posibilidad de llegar a ser lo que en esencia soy”.

Porvenir y posibilidad

La vida es un espejo estriado frente a mí; en él me veo reflejado como un presente extenuado por el pasado y sin fuerzas para acceder al porvenir. Es, en definitiva, la imagen de mi impotencia, siempre la misma imagen, el mismo rostro carente de expresividad. Expresando siempre el mismo sentimiento: cansancio. Posiblemente cansancio de no hacer nada, de no poder hacer nada, de no poder vaciarme de pasado, haciendo saltar en mil pedazos mi imagen reflejada en el falso espejo de la vida, dejando el camino libre de obstáculos hacia el porvenir, hacia mi posibilidad.

Porvenir y posibilidad son una sola cosa, porque qué es el porvenir sino la posibilidad de llegar, llegar a ser lo que en esencia soy. Es decir, llegar a convertirme en mí mismo, poder en definitiva realizarme bajo formas no alienadas. Pero luchar contra la alienación es luchar contra mí mismo, acabar con ella es suicidarme. Es destruir la imagen reflejada en el espejo, esa imagen que me produce náuseas, que me asquea de tenerla constantemente presente. Deseando estoy de ver llegar el momento en el que mi imagen se haga pedazos irremediablemente, el momento en que me transforme en mi asesino, para acabar con lo que he sido y comenzar a ser, andando por los caminos de la posibilidad, por los caminos de un porvenir libre.

(Texto de Javier Fernández Quesada hecho en 1977, año en que fue asesinado en la Universidad de La Laguna)

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