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Canarii 12 - Entrevista

Domingo Valencia, luchador antifranquista del norte de Gran Canaria

“Los comunistas estábamos organizados antes del golpe de Estado y seguimos organizados en la cárcel y aun en el Ejército”

Domingo Valencia Armas, cuyo nombre real es Domingo Santana Armas, nació en una familia humilde en 1920. Empezó a trabajar a los diez años y a los catorce se afilió a las Juventudes Comunistas. Tras el golpe de Estado, es detenido, juzgado y condenado por rebelión. Estuvo tres años en la cárcel y en los campos de concentración de La Isleta y de Gando. En la cárcel adquirió, como tantos otros, la formación a la que no había podido acceder hasta entonces. Cuando salió, siguió militando en el Partido Comunista. Aún hoy, con sus 87 años sigue afiliado.

Tenía sólo quince años en 1936 y durante el consejo de guerra pedían para usted reclusión perpetua hasta la muerte, ¿por qué le acusaban de rebelión?

Cuando me detuvieron, me acusaban de rebelión y es mentira; ellos eran los rebeldes porque el 16 de febrero del 36 hubo unas elecciones libres en toda España: había varios partidos de izquierda, se unieron en el Frente Popular, se presentaron y ganaron. Los que podían votar votaron; yo era un niño, así que no podía votar, pero el Frente Popular ganó.

¿Y qué hizo usted cuando se produjo el golpe de Estado antes de ser detenido?

Yo entonces ya estaba afiliado a las Juventudes Comunistas, quería saber qué ocurría... Me acuerdo perfectamente del 18 de julio de 1936. Era sábado y fui a San Lorenzo; nos reunimos en la carretera del Norte, en el Ayuntamiento. No sabíamos qué pasaba; al principio creíamos que era una huelga general; más tarde llegó Eduardo Suárez y nos contó que era un golpe de Estado del general Franco. Le dijo a los dirigentes, al alcalde de San Lorenzo, Juan Santana Vega, que había que luchar, que él iba a hacerse cargo del Norte. Nosotros nos quedamos allí preparados, a ver qué pasaba. Al día siguiente, domingo, volvimos, y luego ya nos disgregamos, no se sabía nada. No supimos qué pasaba... Me fui a mi casa y ya después volví a trabajar vendiendo verduras en el mercado del Puerto. Luego, el día 20 de julio, me detuvieron, sin haber hecho nada más; no participé en ningún enfrentamiento.

¿Cómo fue la detención?

Nos vinieron a buscar al mercado, a mí y a Manuel Henríquez. Nos llevaron al cuartelillo de Tamaraceite; nos metieron junto con el resto de detenidos en un calabozo pequeño; había muchos militantes del Partido Comunista. Éramos treinta y nos metieron en un cuarto preparado para cinco presos. Luego nos llevaron a Los Giles, a un almacén donde se guardaban los tomates, y allí nos daban leña, a Manuel Henríquez y a mí, para que dijéramos dónde estaba una dinamita. Nos pegaban hasta con la culata del fusil en el pie. El 21 también nos estuvieron golpeando. Por la noche nos sacaron y nos llevaron primero al Gobierno Militar y luego a la prisión provincial de Barranco Seco.

¿Y después? ¿Cuándo se celebró el consejo de guerra?

Después prepararon el campo de concentración de La Isleta y en la segunda expedición me llevaron allí. Estando en La Isleta, se celebró el consejo de guerra en enero de 1937; nuestra causa era la 33/36. Pedían para cinco la pena de muerte y para el resto, reclusión perpetua a muerte. Fusilaron a cinco: a Juan Santana Vega Machado (alcalde de San Lorenzo), a Antonio Ramírez (secretario del ayuntamiento), a Matías López Morales (secretario Federación Obrera), a Manuel Hernández Toledo (inspector de la Guardia municipal) y a Francisco González, que lo llamábamos Pancho La Mahoma. A mí me condenaron a seis años y un día. Mi familia puso una reclamación por ser menor de edad para que me recluyeran en un reformatorio, pero sólo me rebajaron la pena y seguí en el campo de concentración hasta que me soltaron en 1939.

Pasó por la prisión provincial de Barranco Seco, por el campo de concentración de La Isleta y por el campo de Gando, ¿qué fue peor?

En Barranco Seco se estaba mejor; el castigo allí era pasar tres días solo encerrado en el sótano, en un cuartucho que había al lado de las duchas; salías blanco como un ratón, pero allí no nos castigaban con palos. En La Isleta sí nos pegaban; estuvimos allí siete u ocho meses, y desde allí ya nos llevaron en barco a Gando. Ese fue el peor sitio: más leña, más cuero y más trabajo. El trabajo en La Isleta era ir a hacer carreteras; en Gando era acarreando arena.

¿Para qué acarreaban la arena? ¿Servía para algo?

No, nos hacían acarrearla para hacernos trabajar, se usaban cestas hechas de hojas de palma, cargábamos con las cestas y la arena se quedaba por el camino, antes de llegar al lazareto. Así no se terminaba nunca la tarea. Había un cabo en el mismo cargadero dándonos leña, otro a mitad de camino y después otro en la salida de la calle, donde vaciábamos, y por la parte de fuera estaba otro cabo dándonos más leña.

¿Cuál es su recuerdo más escalofriante de esa época?

Una vez, en el campo de La Isleta, estábamos formados esperando para ir a trabajar, llegó un coche (lo llamábamos el coche de la carne porque lo mismo servía para acarrear presos que para acarrear fusilados), nos dijeron que esperáramos. Estaba de servicio el teniente Lázaro; ordenó que bajaran a uno y empezaron a pegarle, delante de todo el mundo. Él estaba de pie; era un hombre de Lanzarote y le pegaron hasta que se cayó al suelo, y al caer ya estaba muerto, yo no lo conocía, pero ver aquello fue terrible... Murió de pie, de todos los palos que le dieron, allí afuera; delante de todo el mundo, lo mataron a palos.

¿Y, sin ser tan traumáticos, que otros recuerdos conserva? Por ejemplo, algún anécdota de sus camaradas…

En primer lugar, los compañeros me enseñaron a hablar porque yo no pronunciaba correctamente una palabra. Me cogían entre dos en la cárcel, y venga a rectificar: “Esto no se dice así, repite...”. Y luego los maestros, como Luzgérico, que era de Moya y don Demófilo Medero Pérez, catedrático del Instituto, me enseñaron a leer, a escribir y a firmar. A Luzgérico luego lo fusilaron. Y me acuerdo mucho también de un compañero de Telde, Juan Santana Hernández, que fue el que me dio la primera afeitada y me dejó este bigote, con cuatro pelos, porque yo entonces no tenía casi pelos en la cara. A los siete meses, lo fusilaron y yo no me afeité nunca este bigote, en recuerdo de él, y hasta la fecha. No me lo he quitado.

¿Seguía militando en el Partido Comunista dentro de la cárcel y al salir?

Dentro de la cárcel manteníamos entre los camaradas el contacto, para intentar seguir organizados. Cuando salí de la cárcel, tuve que hacer el servicio militar y, nada más empezar, a los dos días, me presentaron a un camarada dentro del Ejército. Seguimos organizados dentro del Ejército y, cuando salí en 1945, seguí militando.

¿Al salir de la cárcel no tenía miedo de seguir militando? ¿Qué cosas hacían durante la dictadura como partido político?

No, realmente no tenía miedo; respeto sí, pero no miedo. Hacíamos reuniones clandestinas, escribíamos panfletos, todo eso en la clandestinidad, claro, y teniendo mucho cuidado. Yo tuve en mi casa escondido dos noches al Corredera por orden de la dirección del partido y también oculté durante dos años y dos meses a Germán Pírez, que fue secretario regional del PC. Eran los dos unos compañeros estupendos. Al Corredera lo conocía de cuando trabajaba en el Puerto, de antes de la Guerra; era un compañero formidable, un hombre de acción: no tenía miedo a nada. A Germán Pírez lo conocí en ese entonces, porque él, cuando el golpe de Estado, estaba en una competición de ajedrez en la Península.

¿Su esposa sabía que pertenecía al PC?

Sí, lo sabía, y ella sí que tenía miedo, pero nunca tuve nada en casa. Eso eran cosas mías; no guardaba nada en nuestra casa.

¿Y dónde guardaba la documentación?

Yo tenía un escondite mío para guardar todos los papeles del partido.

¿Dónde?

Por aquí, por Casa Ayala…

¿Sintió rechazo social tras haber pasado por la cárcel? ¿Le miraban distinto los vecinos?

No, no, al revés; los vecinos de Tinoca por aquel entonces eran casi todos de izquierda y me trataban bien; me felicitaron. Además salí de la cárcel hecho un pollillo, hablando bien. Me apreciaban y además, desde que salí de la cárcel, durante los años cuarenta, casi todos los domingos salía a hacer colectas para los enfermos con dos o tres compañeros, porque no había Seguridad Social y no tenían dinero para pagar las medicinas y al médico.

¿Y después de tanto tiempo usted sigue creyendo que se pueden cambiar las cosas? ¿Qué le dice a los jóvenes de hoy?

Yo sí, yo sigo militando; sigo creyendo en el socialismo. Yo les digo que hagan como yo, que luchen. No entiendo por qué la gente hoy tiene miedo; hoy los jóvenes no hacen nada y los dirigentes de antes están muertos. Pero hay que seguir luchando, siempre, para conseguir una sociedad más justa.

Leticia Doreste Delgado es periodista

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