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Canarii 13 - Tema Central

La muerte y la pintura canaria

Antonio Padrón: las mariposas y la muerte

El motivo que me atrajo a este cuadro fue la inquietante ausencia de ojos (común en otras obras del autor) en las figuras de una niña y una muchacha, y la significativa presencia de las mariposas. Es conocida la recurrencia del pintor al uso de pieles de color verde, gris y azul; a no completar los ojos y a dar un valor a la posición de las manos, incluso existen otros lienzos con mariposas. Iniciaremos este discurso-camino repasando el simbolismo de los elementos más evidentes de la composición.

La mariposa, en gran parte de las culturas y desde la más remota antigüedad, es un emblema del alma; como consecuencia de sus tres estados (oruga, crisálida y mariposa), en tanto que claros símbolos de la vida, la muerte y la resurrección. En la teoría psicoanalítica de los sueños, la mariposa refleja profundas transformaciones psíquicas y una evidente evolución espiritual. Aparece en los cuadros de la Virgen y el Niño, posada en la mano del niño Jesús, que significa la resurrección de todos los hombres.

El color verde, de la vegetación y de la naturaleza, es el color de la fecundidad de los campos y de la esperanza de vida y fruto: es el color de Venus (el amor); pero también es el color de la muerte, de la lividez extrema y de la descomposición. En algunas tradiciones el verde y negro se asimilan como humus y abono. Por su ambivalencia vegetación-vida/color de los cadáveres-muerte los egipcios pintaban a Osiris (dios de la vegetación y de los muertos) de color verde, acaso para fijar la profunda relación-esperanza entre la muerte y la vida. (Osiris muerto resucitó como la semilla, muerta y enterrada, renace; como Atis, como Adonis, como Dionisos, como Perséfone y como Cristo). Justo ése es el tono de las pieles verdes de Antonio Padrón, el color del óxido de cobre, verde musgo, verde moho: el color de Osiris.

El enigma de los ojos negros: si la mariposa es el alma, la niña sostiene su alma en las manos. Si “los ojos son el espejo del alma”, donde no hay ojos no hay alma. Los dos símbolos se confirman mutuamente. Sus cuerpos están vacíos, muertos, son cáscaras vacías; trajes usados dijo Sócrates. Evidentemente la mariposa en la mano representa el mismo concepto que la cara sin ojos. El uso de estos dos símbolos es mutuamente confirmador.

La máscara es una cara sin ojos. Conocíamos la evidente relación de Antonio Padrón y las máscaras africanas, pero lo que no conocíamos, y ahora propongo y sostengo, es el gran valor simbólico que les otorga. El simbolismo de la máscara es uno de los más complejos y escurridizos, pues a un tiempo esconde y revela, es uno de los modos más extendidos y, sin duda, más antiguos del arte sagrado. La máscara religiosa (la máscara de Dionisos en las bacanales) conoce el misterio de la transformación: conoce el secreto. Todas las transformaciones tienen algo de profundamente misterioso, y por ello las metamorfosis tienen que ocultarse; de ahí la máscara. Numerosas civilizaciones, incluso muy alejadas, asocian la máscara a los muertos: máscaras funerarias de recuerdo, de representación y de ajuar funerario; máscaras ceremoniales de poder, que se llevaba el difunto a la otra vida. Hay que recalcar un matiz esencial de la mascara: la máscara no expresa individualidad, sino un arquetipo de realidad intemporal. A través de la máscara (la teatral, la ceremonial, la religiosa) apreciamos que todas las niñas son la niña y que todas las mujeres son la mujer, y eso, en lugar de restar valor al individuo, también lo eleva a una dimensión de eternidad. Creo que, cuando Antonio Padrón deja los ojos vacíos, nos presenta una máscara, un papel, un rol, un arquetipo eterno. Juan Eduardo Cirlot nos lo aclara todo: “La máscara equivale a la crisálida”.

Empiezan a sobrar las palabras: con tres símbolos equivalentes y correlativos de transformación se consolida la evidencia de una voluntad decidida de expresión, de transmisión de verdades profundas, o interpretaciones personales, y un conocimiento cierto y maestro del lenguaje simbólico universal. Y aunque hemos repasado el ser esencial del mensaje y los símbolos más evidentes, aún nos resta mucho por descubrir: el umbral, la puerta. En el fondo de tres colores, podemos vislumbrar este lugar de paso, símbolo de transición, y cambio de realidades: la vida y la muerte, la ignorancia y el conocimiento.

Las manos. Según varios autores la mano es realmente un ‘pantaculum’, un “pequeño todo” que sintetiza las mas destacadas características psíquicas y espirituales del ser humano. La mano representa el propio ser humano, y su fuerza espiritual; según su posición puede indicar autoridad, fuerza, protección, donación, recepción, etc. Las dos manos abiertas de la muchacha parecen mariposas, la postura representada por Antonio Padrón, estrictamente, es imposible anatómicamente y se presenta de un modo similar en la iconografía de algunas escenas de ‘La Anunciación’, indicando una postura de recepción, sorpresa, o aceptación. La mano izquierda de niña, que muestra el dorso, apoyada en el pecho, es la mano izquierda de los sentimientos es la que se apoya en el pecho (los sentimientos) y parece decir “yo”, “¿a mí?”, “yo siento” o algo similar. La mano derecha de niña mostrando la palma, sosteniendo una mariposa con los dedos pulgar e índice unidos y el resto dedos bien extendidos hacia arriba, es la mano derecha de la razón y la autoridad, tiene referencias de bendición, similitudes con la mano de Cristo bendiciendo (o la mano bendiciente de Isis y de Buda). Tras rastrear en la quiromancia, las danzas clásicas de la India (s. IV a. C.) y los mudras del yoga, encontré ésta síntesis en un Tratado de Símbolos: la mano izquierda colocada en el corazón simboliza un juramento; y la mano derecha levantada con el pulgar y el índice tocándose (vitarku-mudra) simboliza la enseñanza.

Y después de una minuciosa búsqueda y algún encuentro fortuito (el lector interesado puede encontrarla en el libro aludido al inicio) he creído poder confirmar que, efectivamente, como decíamos al principio, el cuadro se funda en el tema de la Virgen y Jesús niño sosteniendo el emblema de la resurrección. Con esta fe-certeza, la postura bendiciente de la mano señalando la Trinidad es suficiente, sin más especulaciones. La mariposa en la mano es la resurrección que Jesús ofrece con su bendición (mano derecha donante) y promete (como decíamos a propósito del simbolismo de la mano izquierda en el corazón). He aquí la promesa de vida eterna.

En este cuadro operan símbolos, alegorías y metasímbolos como: el tiempo, la mujer y la muerte; el tiempo, el ser humano y la vida (que incluye la muerte); la transformación, el alma, y la trascendencia; o la tradición/religión, yo/tu y dios/divinidad.

Una última sorpresa: la mano que sostiene la mariposa, la mano bendiciente trinitaria, aquella cuya gestualidad indica bendición y enseñanza, coincide con la letra “F”, a la que corresponde el valor "6", según su posición en el alfabeto (como la sexta mariposa, la que sostiene la mano, la de la culminación).

Imágenes

Padrón: entre lo trágico y lo secreto

En 1929 una exposición de los alumnos de la Escuela Luján Pérez dio un vuelco a la estética en Canarias. Por primera vez una serie de artistas enlazaban su mirada al paisaje canario con las inquietudes de vanguardia. La Escuela Luján Pérez, fundada en 1918 con la intencionalidad de ser una escuela de artes aplicadas, había dado un raro y generoso fruto al aglutinar en torno a sí a artistas ya consagrados y a jóvenes inquietos.

La condición insular y la mirada a lo popular conducen a una nueva denominación: de un “nuevo regionalismo”, tal como indica Westerdahl, se llega a un “indigenismo”, palabra acuñada años más tarde y que significaría la unión de esta pintura con inquietudes vanguardistas y los elementos populares que en ella aparecen.

Años más tarde, un pintor solitario se integra en esta estética. Se trata de Antonio Padrón, un artista nacido en Gáldar en 1920. Hijo de una familia acomodada, tuvo la oportunidad de estudiar en Madrid y en 1945 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde completó sus estudios de Bellas Artes.

En 1950 regresó a Gáldar. Es entonces cuando empieza a realizar una pintura que tiene relación formal con el “indigenismo”, en la que se destaca la forma fragmentaria del dibujo, la materia abundante y los colores terrosos y densos. Sin embargo, se distancia de los artistas de la Luján Pérez en el contenido de sus cuadros El mundo que retrata Antonio Padrón es un mundo telúrico, ancestral. Sus paseos por la montaña de Gáldar, sus visitas a los campesinos, su conocimiento de los rituales de curanderos, le permiten conocer de primera mano una sociedad casi olvidada. Sus mujeres en busca de la fertilidad, los niños que juegan en una montaña sin sol, los elementos arcaicos que reflejan sus composiciones oscuras son personajes hoy en día desaparecidos, protagonistas de cuentos de miedo, de retahílas curanderiles, de misteriosos “males de ojo”.

En este sentido, la muerte tiene una especial persistencia en su obra. Tras los cuadros aparentemente serenos que pinta, la historia se mueve de una manera trágica y secreta.

El estudio de sus símbolos se hace preciso. Alejandro García Medina ofrece, en su texto “La niña de las mariposas (1950): un mensaje cifrado”, una serie de claves que compartimos.

Ángeles Alemán

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