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Canarii 13 - Tema Central

La muerte y la pintura canaria

Cristino de Vera, una vida aprendiendo cómo morir con dignidad

Pocas personas podremos encontrar que hayan estado tan en contacto con la muerte como Cristino de Vera, pocas que hayan indagado tanto en la muerte. En efecto, Cristino de Vera ha dedicado toda una vida a aprender cómo morir con dignidad. Y esa podría ser una buena forma de definir la trayectoria vital de Cristino. Son sus propias palabras las que así lo determinan, cuando, superado su setenta cumpleaños, y a cuenta de haber dado a conocer un conjunto de escritos propios, ‘La palabra en el lienzo’, reconoce: “Uno nunca deja de aprender. Yo mismo, ahora, trato de aprender cómo morir con dignidad”. (Luis Alemany: ‘Y el arte se volvió palabra. La pureza de los mendigos es la grandeza de los pintores’)

Este planteamiento ante la muerte fue recogido, hace ya más de tres décadas, por A. M. Campoy: “Estos cráneos marfileños, donde la luz ha evitado con su puntillismo solar toda relación con el guiño, son los cráneos de las gentes que aprendieron el oficio de bien morir, como quiere Fray Luis de Granada, ascéticos cráneos para meditar sin terror y sin asco, suaves calaveras”. (A. M. Campoy, ‘Vida y obra de Cristino de Vera’)

Cristino de Vera ha estado buena parte de su vida haciendo frente a esa realidad, intentando encontrar una explicación razonable, procurando descubrir al menos sus secretos, y sin embargo, como recoge Cristino en uno de sus escritos, no existe “ni huida que la resista / ni razón que la describa / ni sabiduría que la comprenda”. (Cristino de Vera: ‘A tan oscura quietud’, 1995)

Cristino de Vera ha tenido la muerte consigo desde la misma infancia. Así, ante la pregunta de que comente “una imagen poderosa de su niñez, algo que le vuelva siempre”, Cristino responde: “Una vez me llevaron al Lazareto (El Lazareto de Santa Cruz de Tenerife se encontraba en la salida sur de la ciudad, en donde hoy está el Parque marítimo César Manrique. En el puerto de Santa Cruz se realizaban inspecciones a los navíos, a fin de evitar las epidemias, hasta que en 1582 unos tapices propagaron la peste de Landres, que causó muchos fallecidos. A fin de evitar nuevos sucesos desgraciados se preparó una instalación, conocida como Lazareto, donde tenían que hacer cuarentena los sospechosos de contagio de epidemias. El nombre se tomó de una orden religiosa y militar, liderada a inicios del siglo XII por San Lázaro, que actuó en Palestina para combatir a los musulmanes y desalojarlos de los “Santos Lugares”) y allí embalsamaban a un capitán de barco. Querían conservarlo para llevárselo a su tierra. Se reían de él. Le perdieron el respeto. Yo era muy pequeño, tenía 14 años. Y aquello me produjo una gran ansiedad, allí vi la crueldad humana.”

Llega a dar la impresión que a Cristino de Vera le acompañaba la muerte desde su familia, como si hubiese recibido una extraña herencia, que él recogiera con resignación y que ha ido administrando con celo a lo largo de toda su vida, sin siquiera cuestionarla, al contrario procurando entenderla. Vuelven a preguntar al pintor: “¿Y qué hizo que su pintura adquiriera esos tintes melancólicos que siempre tuvo?”. A lo que Cristino responde: “La muerte prematura de dos de mis tíos; estaban en el manicomio. A mi tío Manolo le recluyeron a los 19 años porque vino la guerra y él no quería ir; murió 10 años más tarde. Esas cosas supongo que me llevaron a la melancolía”.

Una y otra vez Cristino de Vera se ha encontrado con la muerte. Una vez más el artista nos descubre etapas de su vida, que nos ayudan a poner claridad a este tema: “En la juventud tuve crisis muy fuertes, eso me vino de familia. Un día iba por Playa Chica, en el Médano; iba corriendo por la calle y tropecé con una señora embarazada. Me dijo: ‘¡Ya me has matado al chico!’ Al principio no le di importancia, pero al llegar a casa no pensaba en otra cosa: ya maté al chico… Y salía por las noches y por las tardes, pero nunca la volví a ver más. Fue un sentimiento de culpa terrible…” (Juan Cruz: “El último místico”, ‘El País Semanal’)

Cristino de Vera incorporó el tema de la muerte en su obra desde las primeras etapas, si bien en los primeros años no como tema central de la composición, ni tampoco con el protagonismo que en el futuro adquirieron los cráneos, como único elemento presente en el cuadro, o acaso acompañado de una vela, una rosa o un recipiente. Según estudiosos de su obra, ya en los años cincuenta (Cristino de Vera inició su andadura artística a los veinte años, con su participación en una muestra colectiva en la galería Xagra de Madrid, en 1952, y dos años después, en 1954, presentó su primera exposición individual, en la galería Estilo, también de Madrid, con el apoyo crítico de un destacado especialista del momento, José María Moreno Galván), Cristino se ocupó de la muerte, si bien dentro de una imaginería religiosa bastante ortodoxa, concentrada casi en exclusiva en el tema de la muerte del Cristo. Será a mediados de los 60 cuando la ‘vanitas’ se convierte en el referente más habitual de la pintura de Cristino de Vera.

Si acudimos a otros estudios, que nos hablan de una segunda etapa de Cristino durante los años 60, si bien confirman la atención que presta el artista al tema de la muerte, sitúan en concreto el predominio de las ‘vanitas’ en fechas posteriores: “Su pincelada se vuelve mucho más luminosa y clara en detrimento de los colores oscuros del momento anterior y el tema de la muerte se hace patente en la pintura […] en los bodegones, junto a elementos cotidianos aparece el cráneo humano”. Elementos utilizados por Cristino en su pintura, como el cráneo, aparecen también en los años setenta. “Será en los años 80 cuando las escenas de exteriores, cementerios y vistas de Castilla, Toledo y Sur de Tenerife, sean contempladas a través de ventanas, comunicando así dos espacios” –‘Cristo y Castilla’, 1985-. “Las ‘Vanitas’ son tema fundamental en esta etapa: cráneos y espejos nos recuerdan la fugacidad de la vida”. (Karen Melián Kiriloff: “Reflexiones en torno a la obra de Cristino de Vera”, ‘Revista de Historia’)

Los artistas contemporáneos no han dejado en ningún momento de indagar en el tema de la muerte. Así ha sucedido hasta nuestros mismos días, en los que Cristino de Vera ha venido a ocupar un lugar muy destacado, tanto en la plástica española actual como en particular entre los artistas que han tenido a la muerte como un tema recurrente en su obra. Esta es la razón por la que ha sido invitado a exponer en el Centro de Artes Plásticas, de Las Palmas, en coproducción con la Fundación Cristino de Vera. La muestra de Cristino se inscribe en un proyecto más amplio, desarrollado por el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), que lleva por título ‘Cuatricromía de la Muerte’.

Hace ahora una década Cristino de Vera participó en otra cita artística, que tuvo a la muerte como tema protagonista. La Fundación Cultural Mapfre Vida presentó, en mayo del año 1996, la muestra ‘Postrimerías. Alegorías de la muerte en el arte español contemporáneo’, comisariada por Fernando Huici. La exposición reunía cerca de sesenta obras, que iban desde los artistas José Gutiérrez Solana, con obras como ‘El espejo de la muerte’, y Pablo Picasso, con obras como ‘Calavera y tres erizos’, a Miquel Barceló y José María Sicilia, incluidos además otros artistas más cercanos generacional y anímicamente a Cristino, como Luis Fernández y Juan Barjola. La crítica de ‘Postrimerías’ recordaba que en el siglo XX las ‘Vanitas’ han servido de inspiración a artistas como Paul Cézanne, Andy Warhol, Gerhard Richter, Robert Mapplethorpe y también Cristino de Vera, “un pintor para el que la muerte es una auténtica obsesión”.

Para la muestra ‘Cristino de Vera. Vanitas’, inscrita en la propuesta ‘Cuatricromía de la Muerte’, que promueve el CAAM, y en la que Cristino de Vera adquiere aun más protagonismo, se presenta un conjunto de veinticuatro óleos sobre lienzo, todos ellos con el tema dominante de los ‘Cráneos’ y las ‘Vanitas’, realizados por Cristino a lo largo de más de dos décadas, desde 1972 –‘Muerta’- a 2004 –‘Ventana, cráneo y rayo’ y ‘Ventana, cráneo y Teide’-. A través de esta selección de obras, perteneciente en su mayoría a la Fundación Cristino de Vera, gestionada por CajaCanarias, así como al legado del artista al Gobierno de Canarias y algunas colecciones particulares, podemos acercarnos a un tema del que Cristino no se ha separado nunca.

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