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Canarii 13 - Entrevista

Entrevista a Josefa Monasterio Mendoza, hermana de Manuel Monasterio Mendoza (1909-1936), el denominado “médico de los pobres” durante la República

“No entendíamos por qué le tenían tanto odio los falangistas, ni por qué lo asesinaron”

El médico canario de Las Palmas de Gran Canaria Manuel Monasterio Mendoza, el 19 de julio de 1936, justamente un día después de iniciarse el golpe de estado fascista que acabó con el sistema democrático republicano en España, fue secuestrado, encarcelado, torturado y posteriormente asesinado sin que, hasta ahora, supiéramos detalles de las circunstancias en que esto acaeció. Por añadidura, la figura de este joven médico ha sido totalmente desconocida e ignorada a lo largo de todos estos años. Desde su consulta, en la calle de los Reyes, ejerció la Medicina durante cuatro años, hasta su detención y desaparición, ganándose durante ese tiempo el reconocimiento de la población, especialmente el de los sectores populares, quienes cariñosamente le dieron el apelativo de “médico de los pobres”.

La reciente localización en una residencia de la tercera edad, en una localidad próxima a Caracas, en la República de Venezuela, de su hermana, Josefa Monasterio Mendoza, nos trae luz sobre lo sucedido por aquellos días.

Josefa nació el 16 de junio de 1923 en Las Palmas de Gran Canaria, en la calle Reyes Católicos. Tenía 13 años cuando detuvieron a su hermano Manuel, el 19 de julio de 1936. “Un grupo de ocho falangistas, con las camisas azules y los correajes, armados con fusiles, fueron a buscarlo a mi casa. Entraron por el corredor hacia el patio redondo donde acabábamos de comer. Preguntaron si se encontraba Manuel Monasterio, a lo que respondió mi padre que no se encontraba. Le dijeron que mi hermano debía presentarse en el Gobierno Militar. Mi hermano Manuel estaba en la casa cuando vinieron a buscarlo el grupo de falangistas, pero se escondió en alguna parte de la azotea”.

“Mi padre le hizo ver, tras marcharse los falangistas, la conveniencia de presentarse, pues aquellos le habían asegurado que no le iba a ocurrir nada. Por la noche, decidió acudir con su coche y provisto de una bandera amarilla, por su calidad de médico en servicio, ondeando en su automóvil, ya que estaba en vigor el toque de queda; fue a presentarse en el Gobierno Militar de Las Palmas. De allí no volvió a regresar a casa. Quedó detenido sin la menor justificación. Supimos que, posteriormente, fue trasladado al castillo y de allí a la cárcel y, posteriormente, al campo de concentración de La Isleta”.

“Yo vi a mi hermano en dos o tres ocasiones cuando estaba en la cárcel, antes de que lo trasladaran al campo de concentración de La Isleta. Iba con una tía mía, pero la última vez que fui lloré mucho, porque me dijeron que le habían arrancado las uñas, porque se había negado a gritar ‘viva Franco’. Mi tía no me dejó ir más”.

“Entramos en la cárcel. Alguien nos había dicho lo de las uñas y, cuando vi a mi hermano, yo estaba loca por verle las manos, pero él nos las ocultaba para que no las viéramos. Entonces yo empecé a llorar y él me dijo: ‘¿Pero a esta niña qué le pasa? No seas tonta, ¿por qué estás llorando?’ Entonces fue cuando mi tía Rita, que era maestra y una mujer muy buena, decidió no llevarme más a verlo”.

En La Isleta, permaneció sin poder ser visitado por ningún familiar, hasta el día 5 de septiembre, en que le trasladaron al buque ‘Domine’. Su familia intentó verlo en varias ocasiones en vano, en el campo, según nos relata, por vía telefónica y desde Venezuela, su hermana, aún conmocionada por unos hechos ocurridos hace más de setenta años, pero que, lógicamente, quedan grabados y frescos para siempre en la memoria de los familiares de las víctimas.

“Nos echaban del campo de concentración, adonde acudíamos para llevarle la ropa que pedía. Allí, detenido en La Isleta, cumplió mi hermano 27 años, a finales de julio”. No notificaron a la familia las razones de su detención y ni siquiera fueron advertidos de su traslado a la Península, a bordo del ‘Domine’, junto con otros nueve detenidos republicanos, el 5 de septiembre de 1936, acompañando como rehenes a un batallón de falangistas que se trasladaba al frente. Ellos eran Andrés Zamora Zorraquino, telegrafista miembro del PSOE; Amadeo Hernández Hernández; José Ochoa Alcaraz, del Comité Central del PCE; Primitivo Pérez Pedraza, presidente de la Federación Obrera en 1931, del Sindicato de Actividades Marítimas y miembro del PSOE; Félix González Monzón, del Sindicato de la Coppa y presidente de la Federación Obrera en 1933, miembro del PSOE; José Suárez Cabral, miembro del Sindicato de la Coppa y secretario del Partido Comunista en Canarias; José Sáenz Iraola, del Sindicato de Metalúrgicos y secretario de la Federación Obrera en 1933 y miembro del PSOE; Joaquín Masmano Pardo, del Sindicato de Empaquetadores y miembro del comité ejecutivo de la Federación Obrera en 1933, y Arturo Camino Velázquez, telegrafista. Todos fueron asesinados en las mismas circunstancias que Monasterio. “Años después, uno de los falangistas que había partido en el vapor ‘Domine’, José Ignacio Ojeda, le contó a mi marido, Ricardo Torrijos Carmona, que los habían arrojado al agua a la altura de Talavera de la Reina. El tren se detuvo y los arrojaron, a él y a los otros rehenes, al agua, en un puente sobre el río Tajo, quizá el Puente de Hierro. Les dispararon en la espalda mientras intentaban mantenerse a flote”. “Yo no hice comentario de esto en mi casa, ni a mi padre ni a nadie, cuando me enteré por mi marido”.

Por aquellos días, posteriores a la detención, la familia Monasterio también sufrió los insultos de sectores simpatizantes con los golpistas en la ciudad. “Nos gritaban ‘¡Comunistas, comunistas!’ cuando nos veían por las calles. Nos llamaban de noche por teléfono, amenazándonos con que iban a venir a buscarnos para matarnos”.

“Mi hermano tenía montada una pequeña clínica en el piso bajo de la casa familiar. Los falangistas arrasaron la consulta y se llevaron todos los instrumentos médicos y aparatos que usaba. Se lo llevaron todo. Así pues, le quitaron todo; también se quedaron con su coche. Mi padre fue al Gobierno Militar a pedir que se lo entregaran, pero le dijeron que no podían dárselo, que se quedaba retenido. Algunas semanas después de la desaparición de mi hermano, su coche volvió a circular por la ciudad; quien lo conducía era la jefa provincial de la Sección Femenina de Falange, una mujer de pelo blanco pero aún joven”.

Josefa Monasterio cuenta que su hermano había estudiado la carrera de Medicina en Cádiz y que se había especializado en Medicina Interna en Madrid, donde trabajó durante tres años como ayudante colaborador del eminente médico y científico el doctor Gregorio Marañón entre 1929 y 1931, y regresó para ejercer en Las Palmas de Gran Canaria en 1932, donde abrió una consulta en la misma calle de los Reyes, en la planta baja de la casa familiar. En la puerta de la consulta, tenía una placa con la siguiente inscripción: Manuel Monasterio Mendoza. Médico, Nutrición y Secreciones Internas.

“Cuando estudiaba en la Península, solamente venía en los veranos. Mi hermano era buenísimo con nosotras; era nuestro único hermano varón. Era pelirrojo. Recuerdo que nos llevaba al cine a ver algunas películas de Carlos Gardel y también nos llevaba al Circo”. “Era muy apreciado por Gregorio Marañón, quien le invitó a pasar unas vacaciones de verano, junto a él y a su familia, y se pasó esas vacaciones con él, su mujer y sus seis hijos en una localidad donde veraneaban habitualmente”.

Como buen discípulo de Marañón, desplegó sus dotes médicas y humanitarias por la ciudad, en aquellos años del 32 al 36, ganándose el ya referido apelativo de “médico de los pobres”. Manuel Monasterio militó en Izquierda Republicana y prestó sus servicios profesionales en la Mutualidad Obrera de Las Palmas. De la Medicina hizo un sacerdocio; nunca cobró honorarios a los pobres. Toda la militancia de UGT le profesó su afecto y gratitud. Era un hombre muy querido en los medios humildes y muy respetado por sus colegas y también envidiado por algunos, por su sencillez y brillantez intelectual. Los “cargos” concretos por los que fue detenido y más tarde asesinado fueron su popularidad entre la gente del pueblo, su militancia en Izquierda Republicana y por ser médico de la Mutualidad Obrera.

“Era una persecución contra nosotros. Mi hermano no era ningún líder relevante de un partido; había sido elegido compromisario en las listas de Izquierda Republicana en Las Palmas, partido del que era militante, y era médico de la Mutualidad Obrera, pero fuera de eso no tenía ningún alto cargo político. No entendíamos por qué le tenían tanto odio los falangistas ni por qué lo asesinaron”.

La familia, los pocos parientes que quedan del médico Monasterio, le consideraban una persona sencilla que no hizo otra cosa que el bien a cuantos semejantes le cayeron alrededor y que debería tener el derecho a ver reparado el daño que se le hizo, arrancándole la vida con solo 27 años y a su familia. Una reparación aunque solo sea simbólica. La sociedad actual podrá descansar en paz cuando lo haga.

Maximiliano Paiser es empresario

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