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Canarii 13 - Tema Central

La muerte y la pintura canaria

Óscar Domínguez: morir en París

En 1957, el año de su muerte, afloró en él con gran fuerza la nostalgia del país natal. Pero no se engañaba. Sabía que el cielo de su infancia era irrecuperable. Canarias era una quimera que sólo existía en su memoria: la isla que conoció era otra; la sociedad seguía reprimida por las leyes de un régimen dictatorial y él ya no era aquel muchacho ingenuo que jugaba a los piratas en la playa de Guayonge.

Había tomado conciencia de las limitaciones que a la par le imponían su inevitable carácter y el paso implacable de los años. La acromegalia había deformado su cuerpo y su rostro. No soportaba mirarse al espejo. Se advierte ya en el tono de sus cartas una sensación de monotonía y aburrimiento. No le encontraba sentido a la vida.

“Al parecer nos matamos como soñamos”. Así rezaba la introducción de una encuesta publicada en el primer número de ‘La Révolution Surréaliste’. En la pregunta que planteaban (“¿Es el suicidio una solución?”), había un componente innegable de escándalo. Óscar Domínguez soñó su muerte, como Lautréamont y César Vallejo. La muerte fue su criatura desde que se autorretrató en 1933 con la muñeca seccionada por la cuchilla, a la vez que con su otra mano hacía un gesto obsceno desafiando a la muerte. De este modo, la imagen espantosa de sus primeros sueños se hizo realidad. La relación entre Domínguez y Lautréamont no es casual. El artista canario ilustró una edición de ‘Los Cantos de Maldoror’, obra cumbre del poeta de Montevideo, rindiéndole un homenaje al poeta en su cuadro ‘La máquina de coser electro-sexual’. En el poema que le dedicó Pablo Neruda a Lautréamont hay una referencia a la noche de París que puede aplicarse perfectamente a Óscar Domínguez: “La noche le robaba hora por hora el rostro/ La noche de París ya había devorado/ todos los regimientos, las dinastías, los héroes,/ los niños y los viejos, las prostitutas, los ricos y los pobres”.

De su destino pefijado puede predicarse lo mismo que del de Isidoro Ducasse, conde de Lautréamont, en cuya poesía vio Neruda la semilla del gnosticismo: “Fabricó lobos para defender la luz,/ acumuló agonía para salvar la vida,/ fue más allá del mal para llegar al bien”.

Como en una tragedia clásica los acontecimientos que presagiaban su muerte se precipitaron. Fue internado en un sanatorio psiquiátrico en tres ocasiones. La primera vez fue conducido por Maud y la vizcondesa. A los pocos días se escapó de la clínica privada en la que fue recluido. Se dedicaba a llamar a sus amigos desde distintos sitios, diciéndoles que no le encontrarían nunca. La adicción al alcohol y a las drogas acentúa, como se sabe, la manía persecutoria, que es una de las manifestaciones de la paranoia. No tenemos noticias de las circunstancias que rodearon al segundo internamiento que sufrió; pero debieron de ser similares a las anteriores. Le aplicaron la terapia convulsiva de los electrochoques. La tercera y última vez el sufrimiento debió de resultarle insoportable. Conducido por el chófer de la vizcondesa, fue internado en el Sanatorio Psiquiátrico de Sainte-Anne (donde en 1945 había participado en la realización de un mural colectivo). Antes de ser ingresado, estaba en un estado de excitación verdaderamente peligroso. La policía le perseguía porque había disparado su revólver en la calle, seguramente por causa de la manía persecutoria que le aquejaba. Al entrar, le pusieron la camisa de fuerza y le trataron duramente. Domínguez salió traumatizado de este sanatorio.

Las crisis depresivas, asociadas a los problemas que tenía con el alcohol, se sucedían cada vez con mayor intensi¬dad. En alguna de las cartas que le escribe a Maud se trasluce la profunda melancolía de quien no está de acuerdo consigmo mismo ni con la vida que lleva: “(...) La casa está vacía. Ni siquiera los dos que se cruzan han hecho su aparición. Llueve. Hace frío. París está vacío”.

Maud Bonneaud, su exmujer, estaba casada ahora con Eduardo Westerdahl, pero seguía siendo su mejor amiga y confidente. En una carta le describe la horrible explosión de una bomba atómica. La sensación de angustia se había apoderado de mucha gente en los momentos más dramáticos de la Guerra Fría: “Parece que muchas personas sueñan hoy con la bomba atómica. Ciertamente esta invención ha producido una fuerte impresión en el subconsciente de todos”.

El conflicto estaba dentro de él, y sólo Maud podía consolarlo. Antes de su suicidio había pasado cuatro días en coma alcohólico. En esta situación se encontraba cuando fue invitado al Reveillon de Noche Vieja en casa de su amiga Ninette, hija de su antigua amante Nadine Effront, que había reunido a un grupo de artistas y críticos, viejos amigos todos de la época surrealista: Patrick Waldberg, Max Ernst, Man Ray y Félix Labisse, entre otros. El día anterior, la vizcondesa le dijo a Toni Gandarillas, diplomático opiómano que había dilapidado una gran fortuna (Tony Gandarillas había protagonizado el papel de baronesa von Bülop en la película autobiografía de Cecil Beaton, ‘My Royal Past’) que avisara a Domínguez para que la recogieran en su palacio e ir los tres juntos a la fiesta de fin de Año que daba Ninette Lyon. Do¬mínguez no se presentó. Al día siguiente por la tarde, Ninette, asustada, mandó a su chófer para que investigara lo sucedido. Éste encontró la puerta cerrada y manchas de sangre en la escalera. Temiéndose lo peor, llamó a la policía. Al entrar lo encontraron tendido en el suelo del cuarto de baño, desnudo y con profundos cortes en las muñecas y en los tobillos. “Murió como un rey guanche, cuya sangre poseía, y derramó esa sangre gloriosamente, como en una corrida propia donde él mismo era el torero y el toro”. Así es como definió su muerte Valentine Penrose en una carta dirigida a su exmujer, Maud (Carta de Valentine Penrose a Maud Westerdahl. Original con escritura en los márgenes, fechada en París, 7 de enero de 1958)

El médico, Dr. Degéne, certificó que no murió desangrado sino por causa de un golpe recibido en la nuca al resbalar probablemente en su propia sangre. La autopsia determinó que había tomado barbitúricos. Al parecer, antes de morir paseó insistentemente por el atelier. Las colillas que había a la puerta del estudio delatan que debió de bajar las escaleras para pedir auxilio en un momento de pánico.

Ninette Lyon le escribió una carta a Maud en la que daba una versión plausible de la causa de su muerte: “No. Óscar no se mató porque no pudiera soportar vivir lejos de sus amigos en un mundo de snobs. Hacía ya bastante tiempo que se sentía totalmente libre para ir y hacer lo que quisiera; y curiosamente había trabado algunas sólidas amistades en ese otro ambiente. Esa “doble” vida incluso le divertía bastante. Óscar (en mi opinión) ya no podía dejar de beber, sin que tuviera una razón concreta para ello. Su pintura se había hecho fácil, porque bebía, y bebía porque no estaba contento consigo mismo. Era un círculo vicioso, ¡pero le tenía terror al Sainte-Anne!, por más que jurase que no volvería a poner los pies allí. Debió de tomar consciencia de repente de lo que le sucedía, y ya no lo pudo soportar. Una vez más iba directo a la clínica, aunque no se tratase de Sainte-Anne. (...) Tenía que venir a casa para el 31, pero como desde hacía cuatro días estaba en coma etílico y salía con otras chicas, no nos preocupamos”. (Carta de Ninette Lyon. (Original de dos folios, incompleto, sin firma ni fecha)

Ya no era dueño de su vida. Por eso cuando experimentó el fracaso de su última exposición individual, no lo pudo soportar. Su pintura se había hecho “fácil” y él lo sabía. La admiración ciega que sentía por Picasso le hizo mucho daño. Por otra parte, la vizcondesa le había dado a entender que si vendía algún cuadro era gracias a sus contactos. Esto hería su ego de artista. De las difíciles relaciones que mantenía con su amante hay abundantes testimonios. El carácter neurótico de su personalidad no impedía que sus amistades la consideraran una mujer fascinante. Estaban algo distanciados. No asistió al entierro. Durante aquellos días buscó refugio en su castillo de Hyéres debatiéndose en uno de sus frecuentes trastornos depresivos. Marie-Laure no era una mujer que se problematizara. El suicidio de Óscar era un asunto desagradable del que era mejor no hablar mucho. James Lord, el biógrafo de Dora Maar y Giacometti, publicó una carta suya donde mencionaba, ‘en passant’, aquel suceso trágico que quería olvidar a toda costa. Aprovechó la ocasión para hacer una referencia malévola a la conversión al catolicismo de Dora Maar, su antigua amiga, a la que no podía perdonar que hubiera pagado de su bolsillo la misa católica de Óscar Domínguez en la iglesia de Notre Dâme-de-Champs. Creo que merece la pena citar integramente la misiva de la vizcondesa en su escritura original, mezclando el inglés y el francés: “The drama was too awful to be spoken of before a long time. No commentary is plossible. What is happening to your book and are you satisfied? Je pense seulement à mes amis et à l’avenir, Je n’ai pas la vocation du malheur. Je t’embrasse. Ned wrote a very good letter. Dora very religious”.

El miércoles día 3 de enero de 1958 fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, en el panteón de la familia de Marie-Laure, los Bischoffsheim-Paine. Siempre se ha creído que reposa en el panteón de los Noailles, en el Pére Lachaise, pero no es así. El 29 de enero de 1970 falleció Marie-Henriette Anne Bischofsheim, vicomtesse de Noailles, y fue a reposar al mismo panteón donde desde hacía dieciocho años descansaba su amante, el pintor Óscar Domínguez, nacido en Tenerife, como reza la lápida. El crítico Patrick Waldberg, que asistió al entierro describe la unión mítica entre los artistas y el pueblo, unión por la que tanto había luchado la vanguardia: “Fue acompañado a la tumba del cementerio de Montparnasse, como si fuese el príncipe de un cuento, por todo un pueblo desolado y diverso, donde se juntaban los artistas y sus pares los poetas, los pasteleros, los barman, los chóferes, las prostitutas, y hasta el barredenro de su calle. Hecho sintomático:ninguna traza, en esta asamblea, del menor representante oficial del mundo de los museos”.

Su sepelio fue todo un acontecimiento en la vida del barrio de Montpar¬nasse. El pueblo anónimo que le quería no faltó a la última cita con el caimán.

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