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Canarii 15 - Tema Central

Los terrenos canarios poseen una gran permeabilidad y porosidad, permitiendo con facilidad el paso del agua y el almacenamiento en su interior

El agua en las Islas, la complejidad de un territorio fragmentado

Son varios los agentes que, conjugados, nos llevan a entender la fascinante cultura hídrica creada por el hombre canario. El componente más significativo es, sin duda, el determinismo geográfico que, como sabemos, define su clima cálido y baja pluviosidad. La heterogénea cuantía de las precipitaciones nos permite distinguir entre una gran diversidad de situaciones: las islas occidentales, las islas orientales, las islas altas, las islas bajas, regiones costeras, medianías, cumbres... A pesar de esta disparidad se puede considerar, en general, que el agua en Canarias ha sido un recurso escaso de distribución temporal y espacialmente irregular.

Se añaden a las consideraciones anteriores la composición geológica. Los terrenos canarios poseen una gran permeabilidad y porosidad, permitiendo con facilidad el paso del agua y el almacenamiento en su interior. Sin embargo, existen amplias zonas relativamente impermeables, sobre todo en Gran Canaria y La Gomera. Debido a esto, “En Tenerife, La Palma y El Hierro no hay, prácticamente, posibilidades de ejecutar embalses si no es mediante balsas” (El agua en Canarias). En ellas se procede a impermeabilizar artificialmente todo el vaso del depósito. Por otro lado, la abundancia de barrancos en Gran Canaria y La Gomera hará aumentar las probabilidades de óptimos cierres. Aun así, sus cauces son pendientes y estrechos, por lo que su capacidad de embalse es modesta. Esto se refleja en la escasa proporción que aportan las presas al consumo hídrico total, que en Gran Canaria apenas alcanza el 7%.

Otro factor que nos explica el papel del agua en Canarias es el propio devenir histórico. Los modos de producción implantados desde su inserción en el circuito comercial occidental, convirtieron el agua en elemento articulador de su economía.

También los avances técnicos impulsarán el aprovechamiento de las aguas. A finales del siglo XIX se generalizará la utilización de la cal y la pólvora, elementos que serán reemplazados por el cemento, el hierro y la dinamita en la construcción de las obras hidráulicas durante el siglo siguiente. A lo largo de esa última centuria los depósitos de barrial y las acequias de tierras van siendo sustituidos, a la vez que se incorporan los aportes de la Revolución Industrial: tuberías, vagonetas, motores de gasoil, aeromotores…

Un último, factor ha sido la cobertura legal que posibilitó las distintas configuraciones de la estructura de posesión del agua. De gran impacto será la Ley de 1879, vigente durante casi un siglo, con la cual se superarán las formas de tenencias traídas del Antiguo Régimen. No se puede obviar el efecto obstaculizador que tuvo para Canarias la Ley de Obras Hidráulica de 7 de julio de 1911 que privaría a las islas del apoyo para la expansión del regadío hasta la 2ª República. Estos condicionantes sobre los recursos hídricos explican la diversidad en las soluciones adoptadas en el Archipiélago, pudiéndose afirmar que actuaciones como los enarenados de Lanzarote resultan totalmente ajenas en las demás Islas. Las Islas de baja altitud, menos afectadas por los alisios y las borrascas septentrionales, al encontrarse al oriente del Archipiélago, desarrollaron soluciones como las alcogidas, las maretas y los aljibes, junto a aprovechamientos agrarios como beberos, nateros, gavias y traveseros. El Hierro, a pesar de su mayor exposición a las borrascas atlánticas, ve reducida la aparición de manantiales por sus suelos porosos (a causa de su juventud geológica) y la falta de almagre. Aunque actualmente se han superado en su totalidad (Plan Hidrológico Insular de El Hierro, 1999), no podemos dejar de mencionar el modo de captación a través de las tradicionales albercas y pinos guásamos.

La captación de las aguas subálveas, de obligada presencia en todo el Archipiélago, se hace a través de pozos y galerías. Donde mayor predicamento ha tenido ha sido en Tenerife, en la que ya en 1990, “… se han perforado algo más de 1 600 kilómetros, de los cerca de 2 100 kilómetros de túneles del archipiélago…”. Esto supondría el alumbramiento del 75 % de la producción de todas las Islas. La seguiría La Palma con el 12% de las aguas alumbradas por este proceso. La perforación de pozos se encuentra más arraigada en Fuerteventura y Gran Canaria, con 2.550 y 2.318, respectivamente, en el año 1990. Esto supone la concentración del 45% de la producción en la isla majorera, frente al 41% en la posteriormente señalada. El tipo de explotación de las aguas subterráneas se vio favorecido por la Real Orden especial para Canarias de 27 de noviembre de 1924, que prescribía la apertura de nuevos afloramientos a una distancia de 100 metros respecto de otros lugares de aguas surgentes, lo que en la práctica resultó fatal para las Heredades. El abuso que supuso este tipo de aprovechamiento esquilmó el acuífero de las Islas con el efecto lógico del retroceso de los manantiales.

El más bello aprovechamiento de este tipo lo constituye el que se realiza mediante embalses. La relativa impermeabilidad de sus suelos y su radial red de barranco, convierte a Gran Canaria en la isla de las presas. Aún más, al poseer un embalse por cada 25 km2, se erige “en la región del mundo con mayor densidad de grandes presas” (Presas de Gran Canaria, 2005). Se calificaba hasta hace pocos tiempo como “grandes presas” a aquellas cuyo muro superaba los 15 m de altura o contuviesen al menos 100.000 m3. Se ha computado más de 60 represas con una altura superior a los 15 metros, así como más de 50 de menos de 15 haciendo referencia implícita a grandes obras, actualmente aterradas, como las presas que estuvieron ubicadas en los actuales polideportivos de Tres Palmas, Pedro Hidalgo o San Lorenzo.

Las presas tienen como claro precedente los grandes estanques de barrial, todavía presentes en la fisonomía agraria de Gran Canaria, pero estas presentan importantes inconvenientes: lo irregular y lo modesto de las precipitaciones frente a la gran inversión que requiere; su aterramiento; la reducida capacidad de los depósitos, por lo pendiente y lo estrecho que resulta el cauce estrangulado; y la permeabilidad del vaso. Todo ello se traduce en los escasos caudales que suministra. Según expone José Luís Guerra Marrero, gerente del Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria, el aumento de la superficie cultivada y la introducción de cultivos con mayor dotación de riego, así como la necesidad del agua como fuente de energía, incrementó la capacidad de almacenamiento, lo que explica que hasta 1957, cuando se construye la primera presa de La Aldea, todas las grandes presas se ubicaban en el norte de la isla, área de mayor permeabilidad. En la actualidad, la capacidad de éstas supone 76’7 hm3, cifra de la que el 88’5% se orienta hacia el Sur. En general, como otros aprovechamientos, tienen su origen en una concesión administrativa. Aunque tan solo contamos, en los Archivos de los Consejos Insulares, con una solicitud referenciada en el siglo XIX, en la primera mitad de la siguiente centuria no cesaron de crecer estas solicitudes, con un pico muy acentuado en la década de los cincuenta. Será en esos momentos cuando las peticiones se abran hacia el sur de la isla. En la década posterior, sin embargo, las peticiones de presas decaen, para convertirse en insignificantes en el resto del siglo.

Pedro Luís Díaz Cruz es Profesor de EE. MM., e investigador

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