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Canarii 16 - Tema Central

Negrín , la firmeza republicana

CALUMNIA QUE ALGO QUEDA : EL CASO DE JUAN NEGRÍN

El catedrático de Fisiología de la Universidad Central, Dr. Juan Negrín, primer diputado socialista por Gran Canaria en las elecciones de 1931 y ex presidente del Gobierno de la segunda República, amén de ex ministro de Hacienda y Economía y de Defensa Nacional, ha sido objeto de difamaciones sin cuento. A lo largo del tiempo se le ha culpado de haber expoliado a la Nación el oro del Banco de España, con su envío a Moscú. De haberse apoyado en los soviéticos para sustituir a Largo Caballero en la Presidencia del Gobierno. De haber consentido el asesinato de Andreu Nin. De haber echado a Indalecio Prieto, también a instigación soviética, del Ministerio de Defensa. De haberse convertido en una marioneta del Kremlin y, no en último término, de ser uno de los sepultureros de la República. Afirmaciones, todas, absolutamente falsas. Anarquistas, poumistas, trotskistas, prietistas, franquistas, conservadores, guerreros de la guerra fría e incluso comunistas han dedicado a Negrín lo más granado de sus dicterios. En la senda de Bolloten, Payne le ha condenado sin remisión a los fuegos del infierno. Por el contrario, la historiografía académica (Graham, Jackson, Miralles, Moradiellos, Preston y quién esto escribe) ha rescatado su auténtica imagen y su rol eminente e insustituíble en la resistencia republicana.

Negrín fue el hombre preciso en el momento preciso. Intentó –y en gran parte consiguió- recuperar la autoridad del Estado, disciplinar las variopintas corrientes ideológicas y políticas e integrar a la CNT/FAI en el esfuerzo de guerra. Sin base de poder propio en el PSOE, se apoyó en Prieto y luego en los comunistas para reforzar el Ejército Popular. Su objetivo estribó en mantener la unidad antifascista hasta el momento mismo en que las potencias democráticas comprendiesen que el apaciguamiento de los dictadores del Eje estaba destinado al fracaso, a no ser que consintieran en convertirse en sus felpudos. Entonces la lucha contra el fascismo, que irrumpía en España de la mano de la ayuda militar, política, diplomática e ideológica a Franco, se insertaría en el marco global que le correspondía. Sin la autoridad, fé y energía de Negrín, el frente republicano se hubiese cuarteado mucho antes, víctima de sus contradicciones internas. Quienes no comulgaban con su política de resistencia –Azaña, Companys, Aguirre, Prieto, Besteiro, Largo Caballero y tantos otros- jamás estuvieron en condiciones de diseñar una alternativa operacional viable.

El papel de Negrín ha sido, pues, un blanco de primera magnitud para todos los interesados en debelar o mancillar la lucha republicana. Los tergiversadores de la historia hace tiempo que han renunciado a emplear contra él una metodología asentada en las fuentes primarias relevantes. Ni las buscan ni les interesan. A lo sumo mencionan algún que otro documento, que tampoco han encontrado por sí mismos y que, mendazmente, manipulan a su antojo, con técnicas que asombran por su primitivismo y carencia del más mínimo sentido del pudor. En la actualidad un destacado representante de tal corriente ideológica es César Vidal. En varias de sus obras, jaleadas por ciertos medios de comunicación como la respuesta a la historiografía de una presunta izquierda “comunista-nacionalista” (terminología del profesor Ricardo de la Cierva), que según ellos anega las Universidades españolas, no ha retrocedido ante la calumnia pura y simple. En uno de sus últimos escritos de “historia” ha lanzado la especie de que, en noviembre de 1938, “Negrín [llegó] a un acuerdo con la URSS para implantar una dictadura sometida a Stalin al final de la guerra”.

En la “historietografía” (término acuñado por Reig Tapia) que escribe Vidal las pruebas, naturalmente, brillan por su ausencia. No puede ser de otra manera porque no existen. Vidal manipula toscamente algunos documentos soviéticos que menciona de forma desperdigada, es decir sí en algunas de sus múltiples obras, no en otras. El lector no debe pensar ni por un minuto que se haya tomado la molestia de ir a Moscú y consultar los archivos. No. Se ha limitado a tergiversar algún que otro documento tomado de una limitadísima selección hecha por uno de esos guerreros de la guerra fría a que antes aludí, en este caso norteamericano (el profesor Radosh), y que se ha convertido (¡cómo no!) en uno de los libros de cabecera de los autores pro-franquistas, que tampoco son viajeros. En el tema que nos ocupa, y para más inri (Vidal debe pensar que sus lectores incondicionales son un tanto subnormales y que no se molestarán jamás en comparar textos), las ha tomado y desvirtuado torticeramente de la versión publicada por una editorial que no es una desconocida: Planeta.

La técnica seguida es transparente:

1. Se menciona un documento (no importa que ya sea conocido: con frecuencia se presenta como descubrimiento propio)

2. Se pasa por alto la literatura que lo haya abordado y discutido (el que haya sido correcta o incorrectamente es intranscendente).

3. Se evita cuidadosamente situarlo en su contexto.

4. Se le presenta, manipulado y desvirtuado, como prueba irrefutable del aserto.

5.Y se da al molinillo mediático, siguiendo la hipóstesis de que con un poco de suerte sólo académicos tiquismiquis, a quienes en cualquier caso nadie presta atención, descubrirán la superchería.

El documento que utiliza Vidal en este caso refleja unas declaraciones hechas por Negrín al encargado de negocios soviético. En ellas lamentó que la estructura de partidos integrados en el Frente Popular no fuese la adecuada para sostener con eficacia el esfuerzo de guerra y que se necesitaba llegar a un supra-partido que englobase a intelectuales y militares independientes, con una disciplina parecida a la del PCE. Vidal:

1. ignora la literatura que ya las ha comentado (Elorza/Bizacarrondo, Graham, Payne, etc.)

2. no las contextualiza, porque para ello tendría que haber visto otros conexos que en parte también son conocidos y que Elorza/Bizcarrondo, en particular, ya han utilizado.

3. evita ponerlas en relación con otros informes complementarios enviados a Moscú.

4. silencia la respuesta de la Comintern, que fue negativa.

5. no reconoce que Negrín advirtió que se trataba de una sugerencia y que estaba abierto a cualesquiera otras.

La tesis de la presunta sumisión a los designios moscovitas fue una invención clerical-franquista que se generó y desarrolló durante la guerra misma. Algunos escribidores de la naciente dictadura incluso justificaron la sublevación militar para oponerse, preventivamente, a una revolución bolchevique que estaba a punto de estallar en España. La especie la retomó de forma inmediata y la explotó con fruición la Iglesia católica española. En este afán destacó especialmente el cardenal Isidro Gomá. La plasmó en un opúsculo que los autores franquistas no suelen mencionar y que fue uno de los más importantes inputs ideológicos a la Carta Colectiva del Episcopado español (1 de julio de 1937). Tan perdurable leyenda se nutrió de las distorsiones de Indalecio Prieto, quien jamás perdonó a Negrín que le cesara (no a petición soviética) del Ministerio de Defensa, aunque su gestión dejara que desear y que por su derrotismo le convertía en el peor ministro posible (Juliá). Se transformó en postulado para la historiografía franquista ya que el bando vencedor jamás perdonó a Negrín que mantuviera la resistencia cuando la guerra estaba perdida para la República. Al tiempo, y de forma no menos mendaz, silenció, también cuidadosamente, que fue Franco mismo, y no Stalin o Negrín, quien posibilitó tal resistencia al abstenerse de dar el golpe mortal a los republicanos en el momento adecuado. La guerra se prolongó. ¿En la conciencia de quién recae la responsabilidad por las muertes, destrucciones, desapariciones, pérdidas y miserias adicionales?

En la doble técnica del “calumnia que algo queda” y del “pega mejor quien pega antes” la actual generación que, prietas las filas, holla el surco abierto por los escribidores del franquismo continúa dando gato por liebre al lector y desvirtuando el pasado. ¿Para qué? Para ajustarlo a las conveniencias del presente, crematísticas, políticas e ideológicas. Cuentan con medios que les sirven de caja de resonancia con efectos multiplicadores. Unos y otros olvidan dos de las máximas para escribir buena historia no se deben a la pluma precisamente de un autor de izquierdas sino a la de S. S. León XIII:

La primera ley de la historia es no osar mentir

La segunda, no tener miedo a decir la verdad

Medítense, por último, algunas de las implicaciones de la imputación hecha por Vidal: un jefe de Gobierno democrático, y en lucha por su supervivencia, acuerda supeditar a España a los dictados de la odiosa dictadura estalinista. Un acto de traición, pura y simple. ¿Querrá Vidal, a manera de “golpe preventivo”, como el que movió presuntamente a actuar a los militares felones, desarticular el impacto de las pruebas sobre las intenciones del invicto Caudillo, Generalísimo Francisco Franco, de poner su suerte y la España, en las manos del Führer?

La diferencia entre Franco y Negrín en este punto es que los historiadores normales (e incluso alguno que otro como Payne, para colmo defensor de Vidal) no albergan la menor duda de que si Hitler hubiese aceptado los deseos de Franco de expansión territorial en Africa del Norte, el pretencioso nuevo Estado se hubiese unido al Eje. Incluso se habían establecido planes detalladísimos para invadir Portugal y patear al régimen de Salazar (ya se sabe que los auténticos traidores no se preocupan de respetar ni a los amigos) con el fin de prepararse contra un desembarco británico en la península. Las Canarias ya se arreglarían como pudieran en espera de la hora de la victoria final de las dictaduras fascistas.

Angel Viñas es catedrático de la UCM. Tras La soledad de la República y El escudo de la República, ha terminado el volumen final de su trilogía El honor de la República.

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