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Canarii 17 - Historia Contemporánea

El nacionalcatolicismo en la memoria de las mujeres canarias

EL NACIONALCATOLICISMO EN LA MEMORIA DE LAS MUJERES CANARIAS

En 1936 la autoridad militar del archipiélago proclamó en Canarias su adhesión a los principios religiosos de la Iglesia católica. No en vano su jerarquía estuvo, desde el comienzo de la guerra civil española, de parte de los vencedores y el catolicismo fue considerado por el bando rebelde como el factor constitutivo de la unidad política y cultural de España: “La Nación española es, si es católica, esa es la esencia de nuestra nacionalidad”, decía en 1937 José Pemartín, uno los principales ideólogos conservadores. Esta doctrina va a ser convertida en oficial por el estado franquista, tras derrotar a la República, en lo que se ha denominado “nacionalcatolicismo”. El propio Pemartín daba gran importancia al papel que ocupaban las mujeres en esta ideología, ya que la religiosidad no sólo era parte de la identidad femenina, sino que se consideraba un elemento característico del español, basado en el espíritu religioso, forjado y amasado cálidamente en nuestros hogares por generaciones de madres y mujeres admirables…y dejado desmoronarse…por la vana agitación de los hombres .

La idea aquí plasmada de que las mujeres eran las encargadas de forma "natural" de inspirar los valores religiosos en el seno de la familia no era nueva entonces, pero va a tomar un renovado vigor en el franquismo. Según los principios del nacionalcatolicismo, la sociedad debía ser “recristianizada” tras la experiencia de laicismo y los postulados igualitaristas de la II República; los “nuevos” modelos femeninos aparecen explicados en los numerosos textos religiosos dirigidos a adoctrinar a las jóvenes. Tenemos, entre ellos, el texto de Carlos Salicrú (1951) que explicaba con detalle el modo de “vestir honesto y cristiano”, de comportarse o incluso de divertirse. La preocupación de la Iglesia por el control del cuerpo de las mujeres abarcaba desde su aspecto externo a la función maternal y las mujeres debían asumir los modelos de comportamiento genérico propuestos por la Iglesia, no tanto por convencimiento, sino por la presión social y política que el clero y las instituciones franquistas ejercían sobre ellas durante las primeras décadas del régimen.

La Iglesia de la posguerra en Canarias a través de los testimonios

Un buen ejemplo del interés de la Iglesia por el comportamiento femenino lo tenemos en la figura de monseñor Antonio Pildain (1890-1973), obispo de la diócesis de Las Palmas desde 1937 a 1966. Dejando de lado ahora su faceta humanitaria, con su actitud a favor de numerosos presos republicanos, vemos cómo sus polémicas Cartas Pastorales abordaban multitud de aspectos de la vida social y la forma correcta de comportarse para cada género, en especial del femenino. Los títulos son muy expresivos de ello: La modestia en el vestir, La separación de sexos en las iglesias, Los bailes modernos, Las playas, cines y espectáculos, paseos y excursiones, etc.

Las mujeres que no se ajustaban al vestir cristiano por llevar escotes provocativos, trajes ceñidos y transparentes, o demasiado cortos, que no les cubran ampliamente las rodillas, o con mangas tan cortas que no cubran por lo menos la mitad del brazo , eran tratadas con severidad por el clero en Canarias: se les negaba la comunión, no podían participar en procesiones y las niñas no eran admitidas en los colegios religiosos. La autoridad eclesiástica hacía mucho hincapié en la moralidad dentro de las escuelas, materializada en la forma de vestir. Así se encargaba a todas las maestras y profesoras que empezaran a vestirse con arreglo a “la modestia cristiana”, para dar ejemplo a sus alumnas. Lógicamente, esas normas tenían más posibilidades de aplicarse con rigor en la ciudad, ya que en el campo la falta de recursos imponía otro tipo de modestia, la de los pobres: los zapatos eran para ir a misa, porque a la escuela fui descalza, yo no fui con zapatos a la escuela, fui descalza, repetía con tristeza Carmen, una niña de entonces.

Religión y vida cotidiana

La religión es un tema recurrente en los relatos orales de las mujeres de las clases populares que hablan de la posguerra. Como muestra, hemos recogido las opiniones sobre la Iglesia de varias mujeres del medio rural isleño. Se censura a la Iglesia de Canarias, a veces de forma velada, por implicarse en la violencia contra los vencidos, con denuncias de personas sospechosas de republicanismo, por su compenetración con el estado franquista y por el poder que tuvo el clero sobre las conciencias durante la posguerra.

A menudo, la religiosidad femenina aparece como un conjunto de actos sociales obligatorios: misas, fiestas, etc, a las que se acudía por costumbre y por la presión del contexto social de la dictadura. Esta tibieza en las creencias se manifiesta, en las entrevistas, mediante críticas expresas a los sacerdotes y a su relación con el franquismo: porque por los curas duró tanto la dictadura, desde que naces ya te están controlando… . El poder omnímodo de la Iglesia, compenetrada con las instituciones del Estado como la Falange, era algo evidente para la población durante el franquismo: “el cura los tenía a todos metidos en un puño, dicen..

También se refieren al control sobre las mujeres y su forma de vestir, “La gente (iba) siempre muy cerrada, muy decente, no es como hoy, con los escotes, no había escotes”. La autora de esta frase nació al final de la guerra en un pueblo de Gran Canaria; los años cuarenta y cincuenta son vistos como “unos años muy malos”, porque “no había ni qué comer”. Recuerdan un ambiente social opresivo, donde apenas existía libertad individual para poder ir a divertirse o bailar.

Otra entrevistada, jornalera nacida en Gáldar en 1928, rememora cómo desde la primera infancia combinaba la escuela con el trabajo, acarreando agua primero y luego en los tomateros. Sus recuerdos de la escuela van unidos también a la religión, la autoridad del cura y de la maestra:

La maestra, era una maestra más buena, todo lo que sé, se lo debo a ella, aunque pegaba leña, esa pegaba leña ... Además, los miércoles iban los curas a la escuela, entonces todo el mundo de pie, todos colorados, aquello era como si llegara Dios a la escuela, y los domingos había que ir a misa y nos daban un papelillo y eso era la asistencia a misa, entonces el lunes tenías que llevar el papelillo a clase, era obligado, obligado... Yo estaba trabajando toda la zafra y el dinero era todo para la comida, y después pá el día de Santiago me compraban un traje y unos zapatos y aquello no se lo podía poner uno mucho, porque no sabíamos si podíamos comprar pal año siguiente otro, aquello era pa ir a misa. Mi madre era muy “misera”, todo el mundo a misa. .

La formación religiosa, transmitida por vía materna en el hogar y remachada en la escuela, fue un componente fundamental de su educación que ahora, visto desde la actualidad es juzgado críticamente:

Era la primera en religión, yo me sabía el catecismo de memoria, las historias de Jacob, de no se quién, yo no estudiaba la gramática pa no tener faltas de ortografía, que es lo que estoy haciendo ahora, sino por la religión; si yo empiezo a saberme todo lo de las letras, pa’ no tener faltas de ortografía, “otro gallo me hubiera cantao” a mi. Pero es lo que pasaba en mi casa, en mi casa mi madre rezar, rezar y a misa de madrugada… Bueno, había que ir a todo lo que hubiera en Semana Santa, porque si no te condenaban, es lo que los curas también decían -ahora ya no predican que te condenan-, ese Dios tan bueno, tan bueno ¿te va a condenar? Dios es nuestro padre, pues los padres no quieren nada malo para los hijos. ¡Ya no creo yo en nada! .

Su relato oral revisa totalmente sus anteriores creencias, criticando el miedo al infierno, “a condenarte”, como argumento principal que usaba la Iglesia para someter a la población infantil y a la gente humilde.

De la represión a la democracia

El papel que jugaron algunos sacerdotes en la represión no es ajeno a esas actitudes populares de descreimiento. La potestad para juzgar a sus congéneres, que utilizó ampliamente la Iglesia católica durante el franquismo, es criticada en varias entrevistas, aunque de una forma velada, pues a veces se trata de mujeres que se consideran religiosas. Una campesina rememoraba las penurias de su niñez, dedicada al trabajo doméstico y al cuidado de sus cinco hermanos. Entre sus recuerdos estaba la violencia desatada en la isla a raíz de la guerra civil y cómo en ella tuvo un papel destacado el cura de su pueblo, con sus injustas delaciones, que apoyaban la represión llevada a cabo por las milicias ciudadanas junto a la Falange:

Cuando acabó la guerra a mi padre lo detuvieron y lo llevaron al campo de concentración de La Isleta. Y allí lo pasó mal. Lo detuvieron porque tenía un local alquilado a la Federación de Trabajadores, y aunque él no fuera afiliado lo detuvieron igual. También lo denunció el cura del pueblo que era quien decía quien era bueno y quien era malo. También me acuerdo .

La postura de estas mujeres respecto a la religión es ambivalente: lanzan algunas críticas al pasado franquista de la Iglesia, sin que ello suponga -excepto en el caso citado- una ruptura con la institución y su alejamiento de la religión. Sin embargo, constatan cómo la influencia social de la Iglesia fue disminuyendo con el tiempo:

Ya después la cosa fue cambiando, se espabiló (la gente), vaya, ni caso le hacían al cura y el cura tuvo después que adaptarse a la gente del pueblo; después el pueblo “pasó” de él y era por eso, en aquella época quien mandaba era el cura .

Gracias a la presión de la la sociedad a favor de la democracia el nacionalcatolicismo fue perdiendo vigencia. Además, a partir de los años sesenta, los nuevos principios del Concilio Vaticano II (1962-1965), se traducirán en una preocupación social por los más desfavorecidos en algunos sectores del clero.

Pilar Dominguez Prats es Profesora de la ULPGC

Imágenes

Las mujeres que no se ajustaban al vestir cristiano por llevar escotes provocativos, trajes ceñidos y transparentes, o demasiado cortos, que no les cubran ampliamente las rodillas, o con mangas tan cortas que no cubran por lo menos la mitad del brazo, eran tratadas con severidad por el clero en Canarias: se les negaba la comunión, no podían participar en procesiones y las niñas no eran admitidas en los colegios religiosos.

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