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Canarii 17 - Historia Social

El problema de la mujer en el movimiento obrero a comienzos del siglo XX

EL PROBLEMA DE LA MUJER EN EL MOVIMIENTO OBRERO A COMIENZOS DEL SIGLO XX

Dentro de las organizaciones obreras existía cierta preocupación acerca de la vida laboral de las mujeres de la clase trabajadora y, concretamente, en relación con el incumplimiento sistemático por parte de los patronos de la legislación reguladora del trabajo de las mujeres y de los niños que había sido aprobada meses antes (Ley del 13 de marzo de 1900).

Las asociaciones obreras de Canarias consideraban que la mujer obrera estaba siendo explotada por una burguesía que hallaba en ella a una empleada fiel, débil y barata. En general, las sociedades obreras coincidían con la patronal en describir de este modo a las asalariadas, como una mano de obra sumisa y sin cualificación, fácil de embaucar y poco conflictiva; se trataba de “débiles mujeres a las que después de explotar[las] en larguísimas jornadas les hacen la cuenta de la pata (sic), al fin de cada semana; si protestan ya saben que se quedan sin trabajo” (E. Lacalle, “Crónica del Puerto”, El Martillo, 18-4-1906, p. 1).

Esta forma común de pensar a la obrera como una trabajadora subsidiaria estaba estrechamente relacionada con la idea de que las mujeres trabajaban para poder subsistir, como último recurso ante unas condiciones miserables de existencia. Los trabajadores, de hecho, creían que había dos grandes motivos por los que las mujeres acababan como obreras: o bien, tenían la desgracia de que no hubiera un varón que les procurase el sustento, o bien, el hombre de la casa no ganaba lo suficiente porque percibía un salario injusto o estaba parado, lo que las obligaba a “te¬ner que trabajar constantemente, como si mis hijos no tuviesen pa¬dre”; “Soy viuda con esposo” se lamentaba (Un transeúnte, “Ra-fa-gas”, El Obrero, 10-9-1904, p. 4). Ante la primera de las circunstancias los obreros no sólo se solidarizaban con su desventura sino que les parecía normal que la mujer saliera a buscar dónde emplearse, al menos hasta que su suerte cambiase; esto es, esencialmente, hasta que pudiera depender de un hombre. En este sentido, los obreros canarios nunca opusieron resistencia a que las mujeres trabajaran. Ni sus sociedades ni sus sindicatos ejercieron presiones para que las mujeres fueran expulsadas de las fábricas y de los talleres, ni tampoco para que no fueran contratadas. De ningún modo puede decirse, por tanto, que los trabajadores advirtiesen a las mujeres como un obstáculo o un inconveniente a sus políticas obreras de reivindicación de derechos para la clase trabajadora. Por el contrario, las obreras estuvieron apoyadas por sus compañeros varones cuando se movilizaron para reclamar mejoras laborales, y desde los órganos de la prensa obrera se las reclamaba como agentes imprescindibles para hacer la revolución social. Entre sus logros estuvo la de “conseguir la igualdad salarial para ambos sexos” por realizar el mismo trabajo (Los tabaqueros del Grupo-Libre, “Una huelga fracasada. Los tabaqueros”, El Obrero, 13-9-1902, p. 1). El problema era cuando se daba el segundo caso y las “infelices mujeres […] tienen que abandonar los cuidados de la casa y la familia porque a los hombres se les tiene en huelga forzosa” (Escorzo, “Leyes protectoras”, El Obrero, 11-10-1903, p. 3).

Para el movimiento obrero la mujer que trabajaba para complementar al exiguo salario de su padre, de su esposo y/o de su hijo encarnaba la lucha del trabajador contra el capitalismo. El movimiento aspiraba a un modelo de familia en el cual, en palabras de G. P. Proudhon, el hombre ganase “lo necesario para mantener a una mujer y hacerla feliz” (“La familia”, El Obrero, 28-5-1906, p. 3). La mujer, por su parte, no sería una mera “ama de casa”, “limitada a los quehaceres domésticos”. Desempeñaría aquí “su misión social” de ser “madre de familia”, como “primera y principal maestra de sus hijos”, siendo responsable, en última instancia, de la de/formación de los futuros ciudadanos de la república (Juan Casasola, “La enseñanza racional. II”, El Obrero, 23-12-1905, p. 2).

La presencia de las madres y esposas en los lugares de trabajo era un síntoma de la arbitrariedad a que estaba sujeto el obrero varón. “La explotación capitalista ha destruido la familia obrera. El hombre al taller, la mujer al almacén o a la fábrica; la jornada de uno y otra es comprada por el capitalista. El hogar doméstico es una mentira. El hombre se ve obligado a engullir aceleradamente la pitanza que le permite su esquilmado salario; la mujer entregada a una labor que no resiste su organismo; los niños, condenados a una existencia nómada, vagando errantes por las calles. La familia no ofrece ningún atractivo para el proletario: el hogar esta solitario, vacía la mesa” (“La mujer y la familia”, El Obrero, 24-5-1906, p. 2).

Pero la presencia de la obrera enunciaba mucho más que el malestar generado por la avaricia de los burgueses. También significaba la falta de virilidad de muchos padres y maridos que permitían a la patronal emplear a sus mujeres a cambio de no pagarles a ellos un salario justo o, llegado el caso, de no contratarlos para realizar dichas labores. En este sentido los trabajadores atribuían a la explotación de la mujer obrera un significado sexual, con connotaciones obscenas de acoso a sus mujeres, pero también en el sentido último de desprecio a su masculinidad.

Pensaban que la preferencia empresarial por mano de obra femenina, según ellos peor preparada y menos capacitada para el trabajo, se debía a motivos sórdidos relacionados con un incontrolable deseo sexual, aunque de ello resultara una producción defectuosa e incomparable con la elaborada por un trabajador cualificado. Su concepción de los burgueses era la de ser unos parásitos viciosos, “zánganos de la colmena social” que “entretienen las horas de ocio en seducir mujeres e hijas de obreros”, “iniciándolas en algunos casos […] en los resbaladizos y peligrosos secretos de la intimidad primer escalón en la pendiente de la deshonra y hasta del vicio” (E. Lacalle, “Crónica del Puerto”, El Martillo, 18-4-1906, p. 1 y “Las cigarreras. IV”, El Obrero, 29-9-1900, p. 3). Sin embargo, por otro lado, el movimiento societario debía hacer frente al hecho de que los propios trabajadores careciesen de agallas suficientes para impedir que sus mujeres fueran “sirvientas” al servicio “del amo”: “Otras de las causas de esta triste situación es la competencia ruinosa que les hace a los obreros de este Puerto, sus propios hijos y mujeres en los vapores tablalleros (sic), una legión de niños y niñas y algunas mujeres graves (sic), ayudadas por hombres, hacen el trabajo; mientras que los padres, los maridos o los hermanos de estas mujeres y niños, ven impávidos con los brazos cruzados, como sus hijos por un tostón les quitan que ellos ganen un peso, con el cual habría para que comieran todos” (E. La Calle, “Crónica del Puerto”, El Martillo, 11-3-1909, p. 1). Desde la sociedad obrera se interrogó a los trabajadores varones: “¿Será cierto, pues, que la mayoría de los hombres se hallan fatalmente predispuestos a ser cerdos en las tres cuartas partes de sus acciones, o en la mitad de sus pensamientos? Cerdos que viven a costa del sexo de sus mujeres. […] este ambiente no es humano, [es] una chiquera” (Félix B. Basberra, “Crónica”, El Obrero, 13-31904, p. 4).

La emancipación de la obrera comenzaba por la concienciación de sus compañeros sobre sus plenos derechos y libertades. Las campañas iniciadas por las sociedades de resistencia contra el capital tuvieron como objetivo principal la “noble empresa de dignificar al obrero” (“Denunciados”, El Obrero, 20-10-1900, p. 1), como una manera de resolver aquel desorden social de origen sexual, que había puesto a trabajar a las mujeres y había vuelto mujeriles a los hombres, relegándolos de la producción. Las propias mujeres presionaban en este sentido, cansadas “de seguir arrastrando nuestras preñeces por fábricas y campos”, hartas de “seguir siendo las competidoras de nuestros padres, hermanos, hijos o esposos en fábricas y talleres” (“Dicen nuestras mujeres”, El Obrero, 30-10-1904, p. 3). En una carta enviada al presidente del gremio de zapateros, Miguel García, las cigarreras manifestaban que si sus agremiados no pensaban ir a la huelga que “nos remitan los pantalones para nosotras mandarles nuestras enaguas, y así estarán en carácter” (Varias cigarreras, “Ejemplo”, El Obrero, 17-81901, p. 4).

Contrariamente al pensamiento actual, para la mujer isleña de comienzos del siglo XX el trabajo lejos de emanciparla le impedía en muchos sentidos poder desenvolver plenamente su feminidad, biológicamente determinada por la maternidad. Su experiencia en el ámbito laboral no produjo en ella el sentimiento de independencia que en el presente suscita la autonomía económica. Para ella suponía una quiebra de su identidad como madre y también la evidencia de la falta de virilidad de su esposo. Esta concepción de la vida humana, constituida por una estricta división entre lo laboral y lo maternal, fue radicalizada por los movimientos societarios de principios de siglo, los cuales centraron sus esfuerzos en hacer de aquellos parias hombres trabajadores libres y mujeres madres libres.

Blanca Divassón Mendívil es Lcda. en Historia, ULL

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Las asociaciones obreras de Canarias consideraban que la mujer obrera estaba siendo explotada por una burguesía que hallaba en ella a una empleada fiel, débil y barata.

Para el movimiento obrero la mujer que trabajaba para complementar al exiguo salario de su padre, de su esposo y/o de su hijo encarnaba la lucha del trabajador contra el capitalismo.

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