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Canarii 17 - Historia Moderna

Mujeres y vida cotidiava en Canarias en el Antiguo Régimen

MUJERES Y VIDA COTIDIANA EN CANARIAS EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

Hasta no hace mucho tiempo resultaba enormemente complejo, por no decir imposible, encontrar a las mujeres en el relato histórico. La historiografía tradicional había prescindido de considerar a las mujeres como objeto de estudio. Fue a partir de los años 60 del siglo pasado cuando esta ausencia empezó a ser corregida, es en esta década en la que se plantean las primeras preguntas acerca de las mujeres en el pasado. El resultado de esas preocupaciones es el desarrollo de una línea de investigación sólida tanto desde el punto de vista teórico, como por las importantes aportaciones que ha realizado a la historiografía contemporánea, llenando muchos de los vacíos que nos impedían comprender muchas facetas del pasado.

Sin embargo, la historiografía insular todavía cuenta con enorme lagunas sobre el pasado de sus mujeres, aspecto que se agudiza cuanto más nos alejamos en el tiempo. Son escasos los estudios que nos hablan de la participación de las mujeres en el proceso de conquista o el papel jugado por las féminas en la conformación del modelo de sociedad que se impone en los Tiempos Modernos.

No obstante, podemos intuir que la vida de las mujeres canarias durante la edad moderna transcurría según los modelos de género asignados por la cultura dominante, unos roles que se fueron conformando históricamente que preparaban a las mujeres para lo que se entendía debía ser su oficio y dedicación primordial, esto es, madres y esposas, guardianas de los hogares, ya lo defendía Fray Luis de León en su manual La Perfecta Casada, “...¿No diximos más arriba que el fin para el que ordenó Dios a la mujer, y se la dio por compañía al marido, fue para que le guardase la casa, y para lo que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traydo a casa lo tuviese en guarda su mujer y fuese como su llave?...”. El libro de Fray Luis es el paradigma del estereotipo de género divulgado en el siglo XVI, de ahí que constituyera un regalo imprescindible en el ajuar de todas las casadera hasta bien entrado el siglo XIX.

A pesar de los esfuerzos realizados por la sociedad de los tiempos modernos por establecer un arquetipo femenino, el modelo propuesto chocaba directamente con el entorno social y económico en el que tenía que desarrollarse. Mientras moralistas y legisladores afirmaban la incapacidad natural de las mujeres para desarrollar otras labores que no fueran las estrictamente domésticas en el interior de sus hogares, por otro lado, en el sistema de producción de las sociedades preindustriales no se podía establecer una separación tajante entre las actividades domésticas reproductivas (preparación de la comida, conservación de los alimentos, trabajo en el taller o el campo, crianza de los hijos) de las estrictamente consideradas productivas. En una economía familiar basada en la aportación de la fuerza de trabajo de todos sus miembros el papel jugado por las mujeres se nos antoja crucial para el mantenimiento económico de la familia.

Por lo tanto cuando nos proponemos analizar a las mujeres en tiempos pasados debemos tener en cuenta que la construcción de un modelo no implica la aceptación total del mismo, el estudio de las normas legales pone de manifiesto los matices existentes entre los vivido y lo estatuido, contrastes que indudablemente se daban en la sociedad canaria de los tiempos modernos.

Las mujeres, por tanto, debieron moverse en el estrecho margen que establecían las leyes, la moralidad y la necesidad de supervivencia.

Las condiciones económicas de la mayor parte de la población no les permitía establecer una división definitiva entre los espacios públicos y los privados, con lo cual tenemos un sinfín de mujeres deambulando por las calles de las ciudades acudiendo a cubrir las necesidades de sus hogares: acarreo de leña y agua, abastecimiento de las despensas, lavado de las ropas del hogar, actividades que muchas complementaban con el desempeño de algún trabajo remunerado.

El mercado laboral femenino era bastante restringido, son escasas las oportunidades que se les presentaban, la mayor parte de los oficios, considerados aptos para ellas, podemos considerarlos una prolongación de las actividades domésticas desempeñadas por las mujeres.

En el mundo rural las mujeres campesinas trabajaban codo con codo con los hombres de la familia en las tareas agrícolas, son pocas las actividades destinadas específicamente a la mano de obra femenina, aunque alguna podemos encontrar señalada en las ordenanzas municipales como es el caso de las espigadoras.

Sin lugar a dudas, es en el medio urbano donde el abanico de ocupaciones estrictamente femeninas es más extenso. Ellas serán las encargadas de algunos oficios de aguja como las hilanderas, el servicio doméstico en casa de otras mujeres o el lavado de las ropas de uso en las orillas de los barranco. Las ordenanzas isleñas se encargaban de establecer normas para guardar la integridad moral de las lavanderas, así se recoge en las regulaciones municipales de la isla de Tenerife en el siglo XVI “...ordenamos que ningún hombre asista en las partes donde estuvieren las mujeres lavando, y se cumpla so pena de 300 mrs y 6 días de cárcel”.

Todavía hoy se conservan topónimos que hace referencia a esta ocupación o incluso las infraestructuras que se dispusieron en los núcleos urbanos de la época.

Pero quizás el oficio por excelencia desempeñado por las mujeres en las ciudades fue el abastecimiento de los productos de primera necesidad, las vendedoras al por menor poblaron las calles de las ciudades canarias más importantes del Antiguo Régimen. Conocidas con el nombre de vendederas, las mujeres controlaron el comercio al menudeo estableciendo y regentando tiendas en las que se les permitía dispensar los productos básicos del sustento familiar. Los Concejos de las islas eran los encargados de regular y vigilar los citados negocios como nos ilustra los documentos emitidos por el Cabildo tinerfeño a mediados del siglo XVII donde consta que a una vecina del lugar de Tejina “…se le da licencia para tener mantenimientos y venderlos en su tienda como son pan, vino, aceite y otras cosas en tal manera que en todas las cosas que se le diere a vender dará buena cuenta a sus dueños y dará y satisfará lo que se le diera a vender y llanamente y además de ello dará y pujará donativo de sumas al Cabildo de esta isla…”.

El perfil habitual de las vendederas canarias correspondía a la figura de la intermediaria, ellas se encargaban de comprar los productos en su origen y distribuirlos posteriormente en tiendas, mercados o calles. Se encargaban de aprovisionar los mercados locales de productos de primera necesidad: verduras, huevos, quesos, sal, pescado, carne, leña, miel, vinagre, legumbres, etc. Un universo esencialmente femenino conformaba este tipo de comercio, ellas eran las productoras, las intermediarias y finalmente las destinatarias de estos elementos que componían el sustento familiar.

Podemos hablar de verdadero monopolio femenino en las ventas al por menor si nos atenemos a las cifras que nos ofrece la documentación del Antiguo Régimen, el porcentaje de tiendas regentadas por mujeres en Tenerife en el año 1646 asciende al 98% de las existentes, indudablemente nos hallamos ante una profesión altamente feminizada.

El ocio es un concepto que se ha incorporado recientemente a la vida de las mujeres, en los tiempos modernos tabernas y mesones fueron espacios de sociabilidad masculina en los que las autoridades permitían dispensar vinos y comidas, siempre y cuando guardaran unas normas de conducta acordes con los valores morales de la sociedad del momento, especial hincapié hacen las ordenanzas en mantener la tranquilidad matrimonial imperturbable y se dictan recomendaciones de este tipo: “Primeramente que los mesoneros y personas que tuvieren casa de trato, tabernas e ventas e regatones, sean casados en la tierra, porque desta manera usaran mejor de sus oficios...”.

La asistencia de mujeres a las mismas, bien como consumidoras o como asistentas de los propietarios, llevaba a situaciones confusas con respecto al trato entre los sexos, de ahí que las normas sean tajantes en este particular, “...Yten que no tengan en sus casas los dichos mesoneros y taberneros mujeres que ganen, porque desto nacen muchas cuestiones, e aí otros inconvenientes so pena de 600 mrs.”.

Los lugares de ocio estarán reservados al esparcimiento de los varones, las mujeres que se atreven a compartir estas estancias no son consideradas decentes, entran dentro de la categoría de las “mujeres públicas” y para ellas ya existen unos espacios habilitados por el propio concejo municipal para el ejercicio de su profesión: las casas de Mancebía, sistema de burdeles generalizado durante el Antiguo Régimen que fueron decayendo progresivamente en el siglo XVI para conocer su decreto de extinción en el reinado de Felipe IV, este hecho no significa que desapareciera el ejercicio de esta actividad, el cambio operado fue el traslado del escenario normativo del burdel oficial al ejercicio libre en otros lugares de las ciudades.

Para las “mujeres honestas” la relación con el exterior se hace a través de las ventanas, en el caso de Canarias cubiertas de celosías para ver y no ser vistas o en el transcurso de las actividades cotidianas: el mercado, la fuente, la iglesia, en palabras de fray Luis “...vida a donde anda el ánimo y el coraçon dividido y como enagenado de sí, aduciendo agora a los hijos, agora al marido, agora a la familia y hazienda...”. La preocupación por los otros es lo que debe presidir la existencia femenina.

Como podemos observar la vida de las mujeres canarias durante el Antiguo Régimen estuvo marcada por los estereotipos de género difundidos por la cultura dominante, estereotipos que fueron suavizados para incorporar a las mujeres al ámbito de la producción, lo cual va a permitir a las féminas aumentar su capacidad para eludir las normas impuestas.

Mª Eugenia Monzón Perdomo es Profesora Titular de Historia Moderna de la ULL

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Podemos intuir que la vida de las mujeres canarias durante la edad moderna transcurría según los modelos de género asignados por la cultura dominante, unos roles que se fueron conformando históricamente que preparaban a las mujeres para lo que se entendía debía ser su oficio y dedicación primordial, esto es, madres y esposas, guardianas de los hogares.

El ocio es un concepto que se ha incorporado recientemente a la vida de las mujeres, en los tiempos modernos tabernas y mesones fueron espacios de sociabilidad masculina en los que las autoridades permitían dispensar vinos y comidas, siempre y cuando guardaran unas normas de conducta acordes con los valores morales de la sociedad del momento.

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