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Canarii 19 - Rescatando la memoria

LA ASOCIACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA DE LA PALMA Y LAS FOSAS DE FUENCALIENTE

ARALDA RODRÍGUEZ "MI ABUELA PERDIÓ EL HABLA POR LOS DOS HIJOS. VIVIÓ 17 AÑOS MÁS"

La tragedia se apoderó de su vida con apenas año y medio. Su padre, Segundo Rodríguez Pérez, y su hermano, Aniceto, fueron asesinados en la peor etapa que vivió Canarias en aquellos aciagos años de la incivil guerra. En enero de 1937 son capturados todos los “alzados”, es decir, aquellos que huyeron a las cumbres palmeras para escapar de las represalias de las nuevas autoridades golpistas. Las órdenes de Burgos, ejecutadas por las autoridades militares de las Islas comandadas por Ángel Dolla Lahoz -el denominado por la prensa “El Católico”, o por los republicanos “El Carnicero”-, son claras. “No quiero prisioneros”. Pero no sólo ellos, aquellos que les habían ayudado o que simplemente sospechaban que lo hacían, es decir, las denominadas “redes de apoyo”, también van a ser objeto de una atención “preferente”.

La familia paterna de Aralda era de La Galga, una localidad perteneciente al municipio de Puntallana, en el noreste de la isla, donde predominan los vientos alisios; la laurisilva cubre los montes y la agricultura platanera se desparrama por las laderas hasta llegar a la costa. La existencia de una gran cantidad de jornaleros agrícolas hacía que fuera un municipio donde las asociaciones obreras tenían una presencia significativa.

Pero la familia Rodríguez Pérez era pobre aunque propietaria de algunas tierras que les servían para subsistir. Una parte de sus ingresos provenía de la explotación maderera. “…Iban a hacer carbón en hornas y estaban meses en la Cumbre viviendo. Bajaban cada dos o tres días a buscar comida y se quedaban arriba donde tenían animales, cabras y vacas... Mi padre vivía de eso también.” La existencia de esta propiedad familiar en la montaña, “una finca muy grande”, es clave para entender los acontecimientos posteriores. El padre de Aralda era uno de los diez hijos de la familia. Este pequeño negocio familiar lo completaban con los productos que les daba la tierra. Pero eran muchas las bocas que alimentar y la familia no era precisamente acomodada. Por eso, probablemente, el padre de Aralda tuvo que emigrar a Cuba algunos años, pero volvió a La Palma y se casó cuando tenía 25 años. Tuvo dos hijos: primero, el varón y luego, ella.

Los prolegómenos de la tragedia

Durante los años treinta, el tío Aniceto, al parecer, es el único que tiene ideas políticas y se vincula al Frente Popular. En cambio, el padre de Aralda, Segundo, no estaba comprometido con partido alguno. La rebelión militar del 18 de julio de 1936 da lugar a una serie de acontecimientos que van a provocar la tragedia para la familia. La fortaleza del republicanismo palmero hace que los rebeldes no ocupen la isla hasta una semana después del golpe de Estado; la Semana Roja le llamaron. Pero cuando fue ocupada por militares y falangistas el 25 de julio, numerosos republicanos se refugiaron en las abruptas montañas palmeras, sobre todo en la zona del Pico de Las Nieves y La Galga. Se les denominaría los “alzados”. Sin embargo, el tío Aniceto no va a huir en un primer momento; lo hará probablemente en septiembre de ese año, cuando el conflicto militar se recrudezca y la vida humana empiece a valer bien poco en las retaguardias, sobre todo en la zona controlada por los militares rebeldes, quienes dan órdenes estrictas de castigar severamente no sólo a aquellos que hicieran cualquier manifestación pública en contra del nuevo orden, sino sobre los que habían estado vinculados en el pasado con cualquier partido de izquierdas. Aniceto, según otras informaciones, acoge a una partida de alzados en la finca que tenía la familia en la Cumbre . Probablemente porque sospechase que le tenían localizado es cuando el tío Aniceto, soltero y con 24 años, decide refugiarse en las montañas. “Se fue por sus ideas no porque sus familiares quisieran”. Allí estaba como en su casa; se movía junto con otros con mucha facilidad, nunca estaba en un sitio solo. Pero casi todos los días bajaba de la Cumbre a su casa a ver a su familia y a cambiarse de ropa.

Pero la existencia de un núcleo de resistentes en La Palma había trascendido y el gobierno de Franco desde Burgos dio las órdenes pertinentes para incrementar la presión y lograr la captura de los huidos y de los que les apoyaban. El gobernador general, Dolla Lahoz, visitó la isla y emitió una orden verbal: “Nada de prisioneros, los quiero muertos”. “Dicen que Franco los mandó matar”, comenta Aralda. A la familia le hicieron numerosos interrogatorios. A un hermano le pegaron; casi detienen a una hermana. A Segundo le presionan. “A mi padre lo cogieron para que dijera dónde estaba el hermano. Mamá me dijo que él declaró en varias ocasiones que él no podía decir que estaba aquí porque a la otra noche se iban al otro lado… (Una vez) lo llevaron para decirles el sitio, (pero) no dio con él, no lo encontró porque no estaba, dieron con el sitio pero ya no estaba porque se había ido…”. También los policías sospechaban que Segundo le llevaba comida a Aniceto, pero este extremo no está demostrado e, incluso, su hija lo desmiente: “…Yo me acabo de enterar que mi padre nunca les llevaba de comer porque si lo llevaba los echaban. Era peligroso. Quienes les llevaban de comer eran otras personas”. Y, efectivamente, era altamente improbable que las redes de apoyo que daban cobertura a los alzados estuvieran compuestas por los propios familiares ya que estos estaban, lógicamente, sometidos a una estrecha vigilancia. Por supuesto, los familiares eran los que promovían las ayudas, pero los que iban al monte a dejar la comida en puntos convenidos eran otros. Probablemente, estas redes la componía gente joven, poco comprometida políticamente con anterioridad y nada sospechosa de pertenecer a partidos de izquierda. Es el caso de Ángel Hernández Hernández o de Eustaquio Cabrera Rodríguez (19 años), ambos de Puntallana.

Pero el cerco se va estrechando y se acercaba el terrible desenlace.

Una detención y una captura

Aralda vive hoy en la misma casa de La Galga donde vivían sus padres el 20 de enero de 1937, día de la detención. Sus recuerdos se basan en lo que le contó su madre de aquella noche.

“Estábamos en esta casa… Cuando a la una de la noche vino la Guardia Civil y se lo llevó. Papá me tenía en brazos a mí y mi madre cogió a mi hermano, abrió la puerta conmigo en brazos, entonces me quitaron de él y me tiraron a mamá. No hubo preguntas ni nada, sino cogerlo, amarrarlo, amordazarlo; no le dejaron mirar para atrás. Mamá se quedó conmigo en brazos y mi hermano agarrado de sus pies. Le dieron un empujón y cerraron la puerta. Mamá gritó y la oyó todo el mundo diciendo que se lo habían llevado… Nadie se atrevió a salir a la puerta… Sólo un tío suyo que vivía bastante lejos la oyó y vino a las dos de la mañana”.

Parece que esa noche los guardias civiles tenían órdenes de detener también a otros del lugar porque el tío que acudió a socorrer a su sobrina vio el camión policial dirigirse a la casa de Ángel Hernández, que vivía en la zona. Esta redada de los que ellos consideraban redes de apoyo a los alzados es el comienzo de toda una ofensiva. Parece que de Puntallana los llevaron a Santa Cruz de La Palma. Luego se perdió el rastro, aunque es probable que fueran al pinar de Fuencaliente. Ninguno apareció.

Pero, una vez cortados los vínculos con las redes de suministro, el objetivo central de los militares era encontrar a los que estaban en el Monte. No se sabe cómo dieron con su paradero, puede que a través de chivatazos, o de una vigilancia intensiva en los arroyos y manantiales de la zona, pero lo cierto es que el 25 de enero de 1937 son sorprendidos doce alzados en la Cueva de las Calabazas, cerca del Pico de Las Nieves. Dos de ellos logran huir tirándose por los riscos, pero diez son capturados, entre ellos Aniceto. Lo bajan a La Galga y pasan cerca de la casa familiar, donde sus padres ven herido a su hijo. A continuación lo trasladan al cuartel de la Guardia Civil de San Francisco en Santa Cruz de La Palma, donde lo ven dos tíos suyos. Luego se pierde el rastro.

Entre la esperanza y la certeza

Las consecuencias de estos acontecimientos fueron terribles para las familias implicadas. Una de las que peor encajó la terrible realidad fue la madre de Segundo y Aniceto: “Mi abuela perdió el habla por los dos hijos. Hacía poco tiempo se le había muerto un hijo de tuberculosis, un joven de 21 o de 22 años. Luego se va uno para la Cumbre, lo cogen, y al otro lo cogen en la casa, se lo llevan. Delante de ella lo ve (a Aniceto) amarrado, lo oye dar gritos porque le dieron patadas. Ya no resistió: cayó al suelo y nunca más habló; es que no podía, ella resistió hasta ahí. Cuando oye a su hijo gritando ya no pudo resistir más. Lo único que decía era ` Ta, ta, ta… mi niño… ¡diablo!... ¡diablo!` Eso es lo que decía después de que mataran a sus hijos. Vivió diecisiete años más”.

La esposa de Segundo, madre de Aralda, nunca supo lo que pasó. Acudió donde creía que estaba preso, al cuartel de la Guardia Civil en la capital de la isla, pero fue inútil: “Mi madre tenía todas las puertas cerradas. Fue al cuartel… a llevarle dinero y comida, pero no se lo dejaron ver, no sabía si estaba o no estaba. El dinero y la comida sí se la recogieron. Eso sí. Y nosotros, con hambre…”.

“Ella murió creyendo que estaba vivo. En su mente nunca murió”. La negativa a aceptar la realidad es muy común cuando no hay un cadáver que enterrar. Se aferran a cualquier cosa para mantener viva la esperanza, como cuando reciben unos regalos en unas Navidades: “Con seis o siete años recibimos regalos de los presos. Un patito y un conejito hechos de madera. Es el único regalo que yo de niña recibí. Mi madre creyó que su marido vivía. Le dio esperanzas de que vivía, de que lo tenían preso en algún sitio…”. Pero la cruda realidad se iba imponiendo y la propia Aralda, de niña, era consciente de la tragedia: “Cuando yo empecé en la escuela de 6 años, la maestra pasó preguntando el nombre de las niñas y el de los padres. Y cuando llegó a mí me preguntó el nombre mío, se lo di, el de mi madre. `¿Y el de tu padre?´, preguntó. Entonces se levanta una niña que estaba al lado mío, que era mayor que yo, a decirlo. Y entonces yo le dije a la chica esta: `Mira, yo sé dónde está papá, así que no lo digas tú´. Me dio rabia. Y le dije a la maestra: `Mi padre se llamaba Segundo y lo mataron´.

No hubo certificados de defunción, ni ayudas ni pensiones de viudedad; nada. Sólo, gracias a la solidaridad de la familia materna y paterna, pudo salir adelante la familia. Pero ellos nunca olvidaron.

Aralda Rodríguez es promotora de la asociación de la Memoria Histórica de La Palma.

CENOBIA CONCHA CABRERA

“El somatén la empujó y dijo: O te callas o te meto un tiro”

Un tío de ella, hermano de su madre, Eustaquio Cabrera Rodríguez, de 19 años, fue asesinado por ayudar a los “alzados” en enero de 1937.

“Llevaba comida y la dejaba en un sitio. Lo descubrieron y le dijeron: `Ve a tu casa, te cambias de ropa y te presentas en el Juzgado´. Pero uno le aconsejó que no se presentara, sino que huyera porque lo iban a fusilar. Y lo hizo, pero lo mandó donde sabían que lo iban a coger. Lo hizo a propósito. Lo llevaron al cuartel de San Francisco y le hicieron de todo. Lo maltrataron. A mamá le contó una señora que, cuando pasaban en el camión que les llevaba, iban molidos a palos, babeando, maltratados...

Después, al cabo de los años, mi madre se enteró de que lo habían llevado a Fuencaliente. El que llevó el camión, un chófer de Puntallana, se lo dijo a papá: ‘El hermano de Petra está enterrado en Fuencaliente’. El conductor les dejaba en El Pino y los subían. Les hacían abrir el hoyo y los mataban.

Y, cuando era joven, mi madre se encontró con aquellos que llamaban somatenes… Íbamos a buscar agua en un barranco. Nos preguntaron dónde íbamos, que a buscar agua, que fuéramos para atrás. Mi madre se les enfrentó con la edad que tenía y les dijo: ‘Te me quitas de delante porque tú eres uno de los que mataste a mi hermano…’. El otro le dio un empujón y le dijo: ¡O te callas o te meto un tiro!”.

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