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Canarii 19 - Rescatando la memoria

ACTO DE LA ASOCIACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA DE ARUCAS. (20 DE MARZO DEL 2010, ARUCAS)

LAS MUJERES DE NEGRO

Algunos recuerdan todavía la imagen de aquellas mujeres vestidas de negro recorriendo todos los recovecos de nuestra isla en busca de sus maridos, padres, abuelos, hijos, hermanos, tíos, sobrinos y nietos. Les habían dicho que en la comisaría de policía ya no estaban, que fueron puestos en libertad, que probablemente se habrían fugado en alguna embarcación con destino a África, que ellos no eran responsables. Y ellas quisieron creérselo, por eso noche y día les buscaron por toda la geografía de nuestra isla. Probablemente estaban escondidos, ya aparecerían –pensaban. Pero qué comerían, qué beberían, quién les daría un beso cuando sintieran la soledad, quién les abrazaría cuando sintieran el frío relente del alba. Ellas ya sospechaban algo porque habían visto o les habían dicho que sus seres queridos habían sido salvajemente torturados, pero no se imaginaban, no querían imaginarse, algo peor. Lo peor era la muerte, pero no podía ser: imposible semejante crueldad, imposible tamaña vileza, imposible, imposible…

Los días pasaban, la desesperación aumentaba; tocaban a las puertas de las llamadas “gentes de bien”, gentes con influencias, personas que conocen a fulanito de tal o de cual que seguro darán con su paradero. Pero unos les cerraban sonoramente la puerta; otros esbozaban una tímida disculpa para negarse a hacer cualquier gestión y la mayoría callaba; al fin y al cabo qué les importaba un “rojo”, un antipatriota, un socialista, un comunista, un anarquista que quería acabar con el orden establecido. Cuando se les cerraban las puertas, su corazón se contraía y humilladas bajaban la cabeza. Pero no perdían la esperanza, tenían que estar vivos, en alguna parte, seguro que se han escondido y aparecerán cuando pase lo peor. Pero, ¿quién les consolará cuando sientan la desesperación y la ausencia?

Los meses pasaban, pero ellas no cejaban. Seguían buscándolos. Acudieron al cura del pueblo, quien con un desprecio atroz y poco piadoso les despidió con incomodidad, anticristianos les llamó; fueron más arriba, al obispo recién llegado a su Diócesis, pero éste nada sabía. El pastor había perdido a algunas ovejas, pero había que guardar al resto del rebaño y no convenía perder la perspectiva.

Pasaron los años de la guerra y ellas seguían buscándolos. Ahora que ha terminado la lucha aparecerán, a lo mejor es verdad y lograron irse a África en alguna embarcación de pesca, lucharían a favor de la República y ahora que ésta ha sido derrotada volverán, como prisioneros y proscritos, pero volverán. La esperanza las mantenía vivas, pero cada vez más una sombra casi imperceptible les envolvía. ¿Los han matado? ¿Se han atrevido? Aquí, donde apenas hubo acontecimientos violentos, donde todo transcurría pacíficamente, había diferencias políticas, pero no se llegaba a la violencia. Ellos nunca hicieron mal a nadie. Pero, ¿por qué matarlos entonces? Imposible. Y siguieron esperando. Ya no había sitio alguno donde buscarlos, por eso se limitaron a esperar una improbable vuelta y los años de espera hacían que la sombra creciera sobre ellas. La sospecha se estaba convirtiendo en certidumbre, los mataron, se atrevieron a hacerlo. Y la desesperación se convirtió en rabia.

Y entonces empezaron a hablar algunas de las piedras. Fogonazos en la noche, disparos, gritos desgarradores, un reloj al borde de un pozo; filas de presos atados a la espera del tiro de gracia y la oscuridad eterna; un anillo de pozos alrededor del pueblo guardaban un secreto a voces; muchos lo sabían, pero pocos hablaban. La Bestia dormía, saciada y empachada de la sangre de sus enemigos; ya envejecía, hasta parecía un tierno abuelito paternalista y protector, casi daba lástima ver sus temblores, pero quizá eran sus remordimientos suponiendo que tuviera conciencia. Pero no, era la rabia que le producía ver a un pueblo que despertaba de nuevo.

Y las hijas e hijos, nietas y nietos de aquellas esposas, hermanas e hijas siguieron buscándolos, pero ya sabían que no estaban entre los vivos; querían saber dónde se encontraban para poder darles una sepultura digna. Y se pusieron en marcha. Tocaron puertas, hablaron con personas influyentes, hicieron reclamaciones judiciales; algunos les oyeron, otros les cerraron las puertas y hasta un obispo, un nuevo pastor del rebaño, se atrevió a hacerles un gesto despreciativo. Muchos callaban todavía. Olvidemos, no desenterremos el pasado -decían. Pero ellas siguieron.

Pasaron los días, los meses y los años, hasta que lograron que un político les escuchara, que aprobara una partida de dinero para iniciar la apertura de un viejo pozo condenado al olvido. Y justo, cuando los instrumentos de los arqueólogos empezaron a tocar a aquellos restos humanos, asesinados hacía más de setenta años, fue cuando el negro de los trajes de aquellas valientes mujeres se hizo claro y alegre, justo en el momento en que el agujero donde yacían sus muertos empezó a abrirse a la claridad más luminosa.

Que descansen ahora en paz.

Sergio Millares Cantero es historiador.

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