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Canarii 19 - Historia Contemporánea

HISTORIA Y MEMORIA

LOS PELIGROS DE LA EQUIDISTANCIA

Una de las grandes novedades del panorama político español en los últimos años es el movimiento social en torno a la memoria histórica, protagonizado por todas aquellas personas que se han visto afectadas, directa o indirectamente, por la represión franquista ejercida durante la guerra civil y la larga posguerra.

Y es que lo que sucedió en este país fue una gran catástrofe que no corresponde analizar en toda su amplitud en estas páginas, pero que conviene recordar algunos de sus extremos. El estallido de la guerra civil se debió a un golpe militar protagonizado por un buen número de jefes y oficiales del Ejército español contra las autoridades políticas republicanas, a quienes debían obediencia y acatamiento. Esta asonada fracasó en gran parte del territorio español, pero no pudo evitarse que se transformara en una cruenta guerra civil -con la ayuda de las dos potencias fascistas, Alemania e Italia, que enseñaban los dientes a las democracias liberales- y abrió la caja de Pandora de una terrible confrontación que provocó la muerte y el sufrimiento para centenares de miles de españoles y españolas. Probablemente, en toda la historia de España no hay un periodo tan intenso y terrible como el que hubo entre el comienzo de la guerra en 1936 y los años sucesivos.

Y es importante señalar el origen de la guerra porque, si no, podemos caer en una equidistancia no sólo históricamente errónea, sino políticamente desacertada y moralmente peligrosa. Probablemente, para que se diera un estallido semejante, habría que repartir culpas a diestro y siniestro en el terreno político. A las derechas, porque se veían en el espejo de un autoritarismo fascista, antiliberal y antidemocrático, que extendía sus tentáculos por una Europa desnortada. Recordemos a un Gil Robles aupado por sus seguidores y aclamado como jefe, o a un Calvo Sotelo animando al ejército español a levantarse en armas contra el sistema democrático español. A las izquierdas, porque no supieron mantener los consensos básicos en el que una mayoría de la población pudiera convivir en libertad y porque no supieron sostener la unidad del campo republicano frente a sus enemigos. Las reflexiones del canario Juan Negrín sobre las responsabilidades republicanas cobran una gran actualidad. En ese sentido no podemos caer en el unilateralismo del análisis.

Por supuesto, los condicionantes económicos, sociales e ideológicos están en la base y nos llevan a una burguesía española temerosa de los avances de un movimiento obrero que se siente, por primera vez en la Historia de España, protagonista de su destino. Y este miedo de los terratenientes, de los industriales y de los financieros a perder el protagonismo en las relaciones sociales les lleva buscar soluciones autoritarias que embridaran a los trabajadores. La integrista y recalcitrante Iglesia española también se une mayoritariamente al coro antirrepublicano con sus miedos a perder su hegemonía en el campo educativo y moral, frente a un Estado republicano que estaba dispuesto a dar la batalla en pro del laicismo. A una burguesía temerosa y a una Iglesia recalcitrante se une el brazo armado, un sector del Ejército que se constituye en garante de las esencias patrias. Sectores poderosos de la burguesía, de la Iglesia y del Ejército constituyen una tríada de una potencialidad devastadora y está en la base de la furia exterminadora y genocida que se producirá en los años treinta y cuarenta en España.

Pero, ¿se pudo evitar el desastre? Aunque la realidad nos contradiga, naturalmente que sí. No podemos ser deterministas frente a la historia; ésta no consiste en una suerte de predestinación escrita de antemano, sino que está protagonizada por seres humanos y por lo tanto sujeta a sus pulsiones, contradicciones y deseos. Digamos que a unos condicionantes muy poderosos se sumaron una gran cantidad de errores y desaciertos humanos que provocaron el desastre de la guerra civil.

Podríamos analizar numerosas aristas que tienen una gran importancia para el análisis histórico, como, por ejemplo, la patraña sobre el “peligro comunista y revolucionario”, argumento que esgrimieron los militares facciosos para justificar la asonada del 18 de julio. Argumento que, curiosamente, aún sostienen en la España actual determinados voceros mediáticos de una derecha que no se ha desembarazado de los tics franquistas. Pero hemos de centrarnos en otro de los grandes argumentos que hoy en día se utilizan para denigrar el movimiento de la memoria histórica: “Todos mataron; hubo represión en un bando y en otro; todos fueron culpables”. Eso dicho así puede parecer ecuánime y justo, pero sólo aparentemente porque esconde una equidistancia que puede ser peligrosa. El que la derecha española actual la esgrima para restar importancia al movimiento de la memoria histórica puede hasta parecer lógico si nos atenemos a su pasado franquista. Digamos que están defendiendo lo que siempre han defendido: que el dictador fue un mal necesario para salvar a la Patria del peligro comunista por lo que la dureza de la represión está justificada. Los vínculos personales y políticos de esta derecha con aquella todavía son tan obvios que hasta causa sonrojo observar qué poco han avanzado en 70 años de historia. Pero lo que es más alarmante es que en algunos sectores de la izquierda, por ejemplo del socialista Joaquín Leguina, antiguo presidente de la Comunidad autónoma de Madrid y hoy un crítico con la línea oficial del PSOE, se lancen por la tangente de la equidistancia.

Y es que ignoran o quieren ignorar que a pesar de que todos mataron, de que hay muchos muertos por ambos bandos, no fue lo mismo. Primero, porque los republicanos defendían un sistema democrático y parlamentario, mientras que los llamados “nacionales” defendían la dictadura y el fascismo. La historia de los pocos años republicanos demuestra la animadversión de buena parte del estamento militar hacia la República y las continuas conjuras para acabar con el régimen que llegó pacíficamente en 1931. La “sanjurjada” de 1932 demuestra que los ruidos de sables comenzaron al día siguiente de la proclamación de la República y no pararon hasta el 18 de julio de 1936. Esgrimir la insurrección asturiana de 1934, promovida por la izquierda obrera, como la causa del golpe militar de Franco es falsear la historia y repetir los tópicos franquistas.

Segundo, porque el carácter de la represión en un bando y en otro era sustancialmente distinto. En el bando republicano el golpe militar provocó el desmoronamiento del Estado, por lo que en los primeros meses del golpe predominaron las milicias anarquistas, socialistas y comunistas, que sembraron el terror, un terror que provocó el asesinato de miles de personas adscritas o sospechosas de apoyar el golpe militar. Después, cuando las autoridades militares republicanas lograron imponer el orden gubernamental, los desmanes fueron disminuyendo aunque no desaparecieron del todo. Podemos afirmar que, a mediados de 1937, las instituciones republicanas recuperaron el control estatal y lograron limitar considerablemente las actuaciones de los incontrolados, aunque el brazo represivo del Estado actuó contundentemente contra los que consideraban enemigos. En cambio, en el bando rebelde, la represión y eliminación del contrario forma parte de la estrategia de toma y conservación del poder. El planteamiento genocida es consustancial con el proyecto de los militares para el golpe militar, proyecto que agudiza sus aristas represivas en la medida que el golpe se transforma en una guerra civil prolongada. En este sentido, es indudable que, mientras las autoridades republicanas ven horrorizadas la actuación represiva de las milicias obreras, las autoridades militares franquistas alientan y promueven la constitución y actuación de las llamadas “brigadas del amanecer”. Aquí, en Canarias, tenemos un buen ejemplo de la connivencia entre militares e “incontrolados”. Por poner un ejemplo de lo dicho, es fácil imaginarnos a Indalecio Prieto o Juan Negrín acudiendo a la cárcel modelo de Madrid, a mediados de agosto de 1936, para salvar la vida de cientos de presos derechistas que estaban siendo exterminados por grupos de milicianos. Y es fácil de imaginárnoslo porque así ocurrió. En cambio, ¿alguien se puede imaginar a Franco o a Queipo del Llano salvando la vida de republicanos que corrían peligro de ser asesinados en las cárceles franquistas? No nos lo podemos imaginar porque nunca ocurrió; al contrario, alentaron y promovieron los asesinatos, es decir, las desapariciones de los enemigos. Pero también fusilando a aquellos que osaron defender el régimen republicano en los primeros momentos del golpe, a los que se les aplicó la llamada “justicia al revés” y se les ejecutó en aplicación del ilegal Bando de guerra.

Un tercer argumento que podemos esgrimir en contra de la equidistancia es que la furia exterminadora de los vencedores continuó imparablemente hasta bien entrados los años cincuenta. Decenas de miles de personas fueron fusiladas en este periodo por haber defendido el régimen republicano. No vino la paz, sino la victoria, y ésta fue ejercida implacablemente en contra de los enemigos reales o supuestos del nuevo régimen dictatorial. No hubo un atisbo de piedad en personas que se consideraban “católicas, apostólicas y romanas” y los pelotones de fusilamiento funcionaron a destajo con la bendición eclesiástica.

Por lo tanto, ¿de qué equidistancia estamos hablando? La que equipara a las víctimas con los victimarios, la que dice que los muertos republicanos permanezcan en una fosa sin identificar por los siglos de los siglos y que nadie se acuerde de ellos; la que dice que hay que olvidar para que nos podamos reconciliar. Me parece que esta democracia no será legítima mientras no salde completamente la deuda con todos aquellos que reivindican la memoria histórica como un ejercicio imprescindible para reconciliarnos de verdad con nuestro pasado.

Sergio Millares Cantero es Historiador

“¿A quién interesa la Memoria Histórica?”

Conversación aproximada con una parlamentaria del PP

Las diferentes Asociaciones de la Memoria Histórica de Canarias acudieron al Parlamento de Canarias a explicarles a los representantes del pueblo su lucha y lo que necesitaban. La portavoz del Partido Popular, María del Carmen Arévalo, tuvo una intervención muy en la línea con la posición de su Partido a nivel nacional. Se niegan a apoyar “porque es un tema que no interesa a nadie”, como dijo una vez el propio Rajoy.

Al final del acto parlamentario, Aralda Rodríguez y otras se acercaron a María del Carmen Arévalo y tuvieron una conversación que podría aproximarse a las siguientes líneas:

Aralda: “¿Tú has vivido toda la vida bien, verdad? ¿Tú nunca has pasado hambre?”

Arévalo: “No, no”.

Aralda: “Pues yo sí, por culpa de los franquistas, anduve descalza, lavaba la ropa por la noche para ponérmela por la mañana, llegamos a no tener nada que comer, he pasado hambre, he andado desnuda y descalza… ¿Y tienes abuelo?

Arévalo: “Sí, sí”.

Aralda: “Ni a tu abuelo le mataron ningún hijo, verdad?”

Arévalo: “No, no”.

Aralda: “¿Tu abuela no se ha quedado muda cuando vio que le iban a matar a un hijo?”

Arévalo: “No, no”.

Aralda: “Pues la mía, sí. Ya a mi abuelo le dieron leña, ¿sabes por qué? Porque les dio la gana. Ni mi padre ni mi tío hicieron daño a nadie”.

Arévalo: “Señora, estoy con usted, si me hubiera pasado a mí haría lo mismo”.

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