Inicio > Revista Canarii > Canarii 19 (Octubre de 2010) > MERCEDES SCHWARTZ, LA MEMORIA SELLADA A FUEGO

Canarii 19 - Rescatando la memoria

MERCEDES SCHWARTZ, LA MEMORIA SELLADA A FUEGO

MERCEDES SCHWARTZ, LA MEMORIA SELLADA A FUEGO

“¡Tengo unas ganas de que mi padre esté ahí!”, nos dice Mercedes Schwartz Esquivel al comienzo de la entrevista, al referirse a la noticia que un periódico de tirada nacional ha publicado sobre la concesión por parte del Gobierno de España de una subvención de 56.000 € para indagar sobre la fosa de las Cañadas del Teide, donde se cree que está enterrado el alcalde de Santa Cruz de Tenerife en 1936, José Carlos Schwartz, entre otros.

Mercedes tenía 8 años cuando “desaparecieron” a su padre. Sus recuerdos son muy interesantes porque se componen de diversos estratos que se mezclan y yuxtaponen para configurar un discurso valiente y reivindicativo sobre la memoria de su padre asesinado. Dichos estratos están a flor de piel. Por un lado, son los recuerdos directos, compuestos de imágenes y palabras, que una niña ha sellado en su memoria como a fuego candente. Esos son los recuerdos que no se olvidan jamás. Luego están los de su madre, la esposa del alcalde asesinado, que jamás olvidó la traumática desaparición de su ser querido y que transmitió a sus hijos todo lo sucedido. Mercedes se convierte en su madre, Jorgina Esquivel, cuando rememora lo ocurrido. Pero también están los recuerdos de un entorno basado en amigos y familiares que han perpetuado la historia. Gracias a estos estratos yuxtapuestos, la memoria se mantiene y podemos recordar a aquel hombre íntegro y valeroso que fue José Carlos Schwartz.

Nació en Tenerife en 1897. Su padre era interventor de fondos del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y él estudió Magisterio y la carrera de Derecho en Tenerife. José Carlos se casa en 1921 y el matrimonio tiene cinco hijos. Mercedes nace en 1927. Establece su despacho de abogados en el mismo domicilio de la calle Robayna y su hija lo recuerda allí como “un padre estupendo, buenísimo, un trabajador infatigable”. A partir de la proclamación de la República en 1931, su actividad política y profesional está íntimamente unida: uno de los primeros abogados divorcistas canarios, defensor del Sindicato de Panaderos y otros sectores obreros, afiliado al partido presidido por Manuel Azaña, Izquierda Republicana, adscrito al Frente Popular, gobernador civil interino y luego alcalde de Santa Cruz de Tenerife en 1936. Pero dos son los hechos que quizá le ponen en el punto de mira de la reacción derechista tinerfeña. Por un lado, la defensa de los encartados de (La Gomera), acusados de matar a dos guardias civiles en un enfrentamiento multitudinario en las afueras del pueblo que se saldó también con la muerte de un trabajador. Los abogados defensores, entre los que se encontraban insignes juristas como Luís Jiménez de Asúa, Juan Simeón Vidarte y Luís Rodríguez Figueroa, logran evitar las condenas a muerte en el consejo de guerra celebrado en 1934. Pero, probablemente, lo que desató las iras contra él fuera su actuación en contra de una serie de propietarios agrícolas que se negaban a aceptar la readmisión de trabajadores despedidos durante la huelga agrícola de 1936, tal y como estipulaba un laudo dictado por las propias autoridades. La detención de una parte de ellos hasta que acataran la legalidad republicana probablemente ocasionaría la tragedia posterior en forma de venganza.

Pero José Carlos Schwartz era católico, aunque no practicante, dialogante y moderado. A sus hijas las tenía estudiando en el colegio de las Dominicas, lo que prueba que no estaba imbuido por los aires anticlericales que predominaban en la clase política republicana. “Lo curioso de todo esto es que mi padre era católico. Una vez las Dominicas temían un atentado y le pidieron ayuda y él las protegió”.

El 18 de julio de 1936 todo cambia. A las dos de la mañana sus amigos panaderos le advierten que se esconda por los rumores de asonada militar, pero él les contesta: “¿Cómo me voy a ir con toda la familia que tengo?”. A las siete de la mañana le vinieron a buscar. “Yo me acuerdo de ver a mi padre salir y la Guardia Civil le pidió perdón cuando vinieron a detenerle a mi casa. `Perdone, don José, pero son órdenes que estamos cumpliendo´, le dicen. Y él responde: `Sigan adelante, cumplan con su deber”. Luego asaltaron su casa y su despacho, lo destrozaron todo, le robaron, le incautaron el coche. La mayor parte del tiempo lo pasó en la prisión militar de Paso Alto en calidad de detenido gubernativo. “Él no sabía que lo iban a matar. Estuvo también en el campo de concentración de Fyffes cargando carretillas con papeles sucios del wáter atravesando la carretera. Eso lo vi yo. Tenía llagas en las manos y mi madre le mandaba alcohol alcanforado para curarlo. Los militares no lo tocaban. Los que eran temibles eran los de Acción Ciudadana. Lo exhibían en un camión abierto para que todo el mundo lo viera. Eran unos sinvergüenzas. Si hay infierno deberían estar en él”.

Pero la información que tiene la familia es alarmante. “En Paso Alto le abrían la puerta para ver si se daba a la fuga y él les decía: `Hagan el favor de cerrar la puerta porque yo no voy a salir´. Estaban esperando que saliera para darle dos tiros´”. Parece que hay alguien que les advierte: “A don José se lo van a cargar”. Son signos alarmantes de que se acerca la hora final. En los primeros meses todavía algo les detiene, la furia exterminadora aún no se ha desatado con toda su crudeza, pero falta poco. A medida que la guerra se recrudece en los frentes peninsulares las escasas reservas morales de los rebeldes se vienen abajo, al fin y al cabo para ellos matar a los enemigos en las islas no era otra cosa que extender la guerra a la retaguardia. Se trataba de limpiar la patria de lo que ellos consideraban elementos malsanos. Los militares de Salamanca y Burgos dan vía libre y sus secuaces ejecutan las órdenes. Es la hora del gobernador general del archipiélago, Ángel Dolla Lahoz, denominado el “carnicero”.

Pocos días antes de la muerte anunciada de José Carlos Schwartz. Su familia le visita en la prisión. No dejan pasar a los niños mayores ni a su esposa; sólo los más pequeños en compañía de su tío Juan Pedro. La escena es desgarradora. Mercedes lo cuenta entre sollozos: “Entramos en su celda… Yo tenía ocho años, me acuerdo perfectamente. Estaban con él, el gobernador civil, Vázquez Moro, y su secretario, Isidro Navarro, a quienes fusilaron pocos días después, y otros más que no recuerdo; eran cinco. Cuando entramos, las lágrimas le caían y nos dio un gran abrazo; también nos regaló unas chocolatinas. ¡Es que mi padre no había hecho daño a nadie! Y, cuando nos fuimos a despedir, nos dijo refiriéndose a su hermano: `Váyanse con su tío, que va a ser su padre´. Él sabía que lo iban a matar,;era una muerte anunciada”.

El dos de octubre desaparece de la prisión militar. La familia se entera porque todas las semanas le mandaba ropa limpia con un chico que les hacía los recados: “Cuando fue a dejar la ropa, le dijeron al chico que a aquel preso le habían dado la libertad el día anterior”. Su madre sospechó desde el primer momento: “¿Le han dado la libertad a un preso y no se lo comunican a su familia?”, dijo ella temiéndose lo peor. Lo que siguió fue un auténtico calvario para la familia. “Mi madre, todo el día llorando”.

Las noticias se filtran hasta por los muros más densos. Un anónimo que le dice a su hermano que Juan Carlos está enterrado en el valle de Ucanca, en el Teide. Unos fanfarrones falangistas que en el bar Cuatro Naciones presumen: “Nos hemos cargado a Schwartz”. La verdad les llega con toda su crueldad. Lo habían matado, al parecer junto con el alcalde de Buenavista, Camejo, y puede que con su correligionario Luis Rodríguez Figueroa, aunque otras fuentes hablan de que este último fue ultimado en alta mar.

Después para la familia fue el luto y las penurias, pero también la dignidad. “Pasamos hambre porque mi madre no podía sacar a sus cinco hijos adelante”. Ella tenía unos terrenos en Fasnia que fue vendiendo; también le ayudó el tío Juan Pedro. Tuvieron que cambiar de colegio porque no podían pagarlo, pero la Academia de Antonio Carrasco los acogió gratuitamente. Sin embargo, la adversidad unió a cinco de las muchas viudas que había en la isla. Las esposas del gobernador civil y de su secretario, la del alcalde de Buenavista, la de Lucio Illada y su madre se reunían y su silencio era lo suficiente elocuente. “Ellas no hablaban de política ni de nada, pero sí de los maridos; la gente tenía miedo, esa era la verdad, ¡cómo no iban a tenerle miedo a estos asesinos…”.

Ahora Mercedes Schwartz tiene 83 años; su madre falleció en los años ochenta, pero ella conserva sus recuerdos y se los transmite también a su hija, Mercedes Pérez Schwartz, presidenta de la Asociación de la Memoria Histórica de Tenerife. No van a parar hasta descubrir los restos de su antepasado y enterrarlos dignamente. “¿Dónde lo tiraron? ¿Qué hicieron con él? ¿No hay ningún superviviente que pudiera decir algo?”, dice con una energía fuera de lo común. No pararán hasta lograrlo.

Recursos relacionados

Buscar artículos por

Fundación Canaria Archipiélago 2021