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Canarii 2 - Documentos

152 presos canarios, con guardias y tripulación del ‘Viera y Clavijo’, protagonizaron una de las fugas más espectaculares de la Guerra Civil.

La fuga hacia la libertad

Este tema fue abordado por la filosofa María Zambrano y por José Sahareño (José Rial), farero de Lobos que participó en la fuga

La fuga de Villa Cisneros es relatada por la filósofa española María Zambrano, que, desde América, vuelve a España para defender la República. En el barco, que hace escala en Dakar, conoce la historia de la fuga de Villa Cisneros a través de sus propios protagonistas, que hacen la travesía a Europa con ella:

[…] El grupo de españoles era complejo; venían marineros, soldados, algún sargento, un periodista, un dibujante de Gaceta de Arte, un alcalde de un pueblecito, Orotava, “que no quiso ceder su vara a Franco” –magnífico Pedro Crespo de hoy-, campesinos… Políticamente la complejidad era igual: comunistas, socialistas, republicanos, otros pertenecientes solamente a sindicatos […].

Ese grupo tan mezclado, había tenido su origen en veintitrés hombres, que, a los pocos días de su criminal levantamiento, Franco había llevado desde Canarias a Villa Cisneros, donde empleados en trabajos forzados y sufriendo los rigores de la sed, la angustia y el hambre pasaron terribles meses. Sobre ellos sentían una amenaza de muerte, “porque su presencia en aquel fuerte constituía una papeleta difícil”. Rodeados de una “mía” de regulares que los aislaba de los soldados españoles que tenían prohibición de pasar a menos de quinientos metros de ellos, pasaban los días en rudos trabajos sintiendo revolotear a su alrededor las negras alas de una muerte obscura.

Pero un lazo sutil de hermandad iba apretando la vida de aquellos hombres con la existencia de aquellos otros, sus guardianes. Los temores de la oficialidad facciosa eran bien fundados, pues, al fin, el semejante reconoce siempre al semejante, por mucho que quieran enmascarárselo. El sargento que mandaba “la mía” de Regulares iba sintiendo día a día abrirse paso en su conciencia la verdad de aquellos hombres a quienes la propaganda fascista pintaba con las más desalmadas calumnias. Al fin comprendió, pero no encontrando el valor necesario para unirse a su común destino, y no queriendo tampoco por imperativo de esta hermandad que sentía crecer en su sangre, cumplir las órdenes de fusilamiento que tenía, abandonó su puesto. Otro le sustituyó, que comenzó a sentirse inmediatamente cautivo de la justicia que emanaba de sus prisioneros.

Pueblo al fin aunque sin el ímpetu heroico, estos desgraciados servidores de las huestes franquistas no son capaces de resistir la presencia leal, la mirada verdadera que siempre sentirán como una acusación, de estos magníficos españoles que, envueltos en su dignidad, ignorantes de lo que pasaba en España, sin más noticias que las falsas fascistas que hasta ellos hacían llegar, no daban crédito sino a sus corazones.

Y una noche que supieron la llegada de un barco con víveres para los oficiales, decidieron serenamente –tal impresión causaba la naturalidad del relato- la evasión. Con la ayuda de ocho soldados, a quien solo “mirando a los ojos” habían reconocido como hermanos, se adueñaron de toda la compañía de soldados, de toda la oficialidad y del barco con toda su dotación. Solamente un muerto, dos: el comandante que mató a un prisionero cuando lo iban a detener y que cayó fulminantemente al suelo por catorce pistolas que lo apuntaban, las únicas que había.

Después, todo fue sencillo, natural. La tripulación del barco considerado histórico por los fascistas por haber salido en él el 18 de julio el siniestro Franco, sintió la llegada de los prisioneros como su liberación. “Mandaron a los oficiales, que no les quisieron acompañar, en botes, no murió ni uno, ¿para qué?”, y llegaron a Dakar, y en Dakar el estremecimiento, el revuelo “los españoles, los españoles”. Unos decían son unos piratas, “¿cómo las autoridades consienten?”, al igual que los cómodos pasajeros de primera clase del barco en que juntos regresábamos a nuestra España. Pero la solidaridad magnífica vino a su encuentro y pudieron esperar la decisión del gobierno de la República de reintegrarlos a esta España en la que, envueltos en la niebla, en la negra niebla fascista, jamás dejaron de creer […]

(Publicado en Hora de España, Valencia, el 7 de julio de 1937)

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