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Canarii 2 - Documentos

Sahareño, pseudónimo de José Rial, cuenta las peripecias de los amotinados en un presidio en medio del desierto africano

Memorias de un evadido

Después de una estancia de casi un mes en los barcos flotantes, situados en la rada del Puerto de Santa Cruz de Tenerife, un grupo de 37 presos, son trasladados a Las Palmas y de allí a África, en concreto a la guarnición militar de Villa Cisneros, en el Sáhara Occidental.

Los quince primeros días han sido duros, ciertamente. La rigidez de la disciplina se nos ha aplicado sin crueldad, pero con toda rectitud, firme y tajante como un golpe de espada. Y no hemos caído en penalidad. Nuestra disciplina ha respondido a la suya, nuestros esfuerzos a lo que se nos exigía, y nuestra conducta ha superado lo que se pretendía y lo que se esperaba.

A principios de 1937 llega un numeroso grupo de soldados canarios y, gracias a ellos, los deportados se enteran de los reveses de los rebeldes en el frente de Madrid.

Son los soldados los que nos cuentan estas nuevas. Y los que nos han traído estos presentes. Es el 25 de enero cuando se establece este primer contacto con la tropa, con los soldados canarios, que ya no ha de cesar; ¡y cómo han vencido al cansancio, al hambre, a la sed, al frío, y a todos los rigores de la jornada estas noticias!.

De manera tímida, al principio, y más abierta, después, se producen conversaciones y diálogos entre guardianes y presos.

En cada instante ocurren entre los soldados y alguno de los nuestros escenas parecidas, aunque menos discretas. Y estas noticias, de otro alcance más certero, corren entre nosotros y originan comentarios, encienden esperanzas y despiertan muchas ilusiones dormidas.

A principios de marzo del 37, la tropa mora (denominada “mía”) parte, junto con el Comandante del Fuerte y otros oficiales, al interior del territorio, probablemente para "convencer" a las tribus a participar en la guerra de España. Los planes de fuga dejan de ser proyectos vagos y pasan a convertirse en realidad.

Al principio estaban pocos en el secreto, pero, al final, en aquel mismo atardecer, la nueva se había extendido. De ahí este sueño prematuro de muchos, que se preguntaban si sería el último.

En la mañana del 13 de marzo, hay una orden de levantarse, pero no proviene de los guardias, sino de los propios presos. La fuga había comenzado.

Éramos treinta y tres hombres…y en el Fuerte había seis más… Y se dividieron en tres grupos: tres hombres quedaron guardando las tiendas; un deportado y un soldado fueron enviados a vigilar el muelle, y el resto marchó al Fuerte y se perdió entre las sombras sin ruido, como si se hubieran sumido en el abismo de la noche.

Pero el éxito de la fuga dependía de la captura del correillo “Viera y Clavijo” que, desde Las Palmas, hacía escala en Villa Cisneros. Y, efectivamente, lo abordan y capturan con suma facilidad.

Cinco se colocaron sobre el puente en hilera, como los cañones de una ametralladora, apuntando a la proa; los otros fueron empujando a la gente, y en pocos minutos, las cuarenta y cinco personas que montábamos el barco estábamos apiñadas en cubierta, con los brazos en alto.

Habíamos de marchar en las lanchas arrastradas por la motora, noventa y nueve hombres con todos los equipajes, los fusiles, los machetes y pistolas y las dos ametralladoras del Fuerte de Villa Cisneros con sus dotaciones completas.

Pero antes de levar anclas, la tripulación del “Viera y Clavijo” se reunió en la popa, y sin una vacilación, estos hombres, casi todos casados y con sus familias en Canarias, se unieron a nosotros voluntariamente. Treinta y cinco hombres del buque y dos oficiales de la marina mercante militarizados, que venían a bordo como pasajeros, se ofrecieron a secundar nuestra aventura, corriendo nuestro riesgo por amor a la República.

Después de varios días de prudente travesía y tensa espera, los participantes de la fuga ven coronados con éxito sus esfuerzos. Habían conseguido llegar al Puerto de Dakar, colonia francesa.

Así han pasado estos tres días de pesadilla y estas noches de fiebre, hasta esta mañana del 17 de marzo en que se dibuja la línea tenue de la costa del Senegal entre las brumas de la mañana.

(Extractos del libro de José Sahareño Villa Cisneros. Deportación y fuga de un grupo de antifascistas. Ediciones Españolas, Valencia, 1937)

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