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Canarii 20 - Historia Social

CONOCER PARA TRANSFORMAR:

BREVES APUNTES SOCIO-HISTÓRICOS SOBRE LA VIOLENCIA SEXISTA

La violencia sexista es una grave vulneración de los Derechos Humanos y, en este sentido, quiebra los valores sobre los que se sustenta nuestra democracia. Una reflexión socio-histórica sobre este tipo de violencia en nuestra sociedad nos lleva a preguntarnos qué ha cambiado y qué nos queda por hacer. A nuestro entender, ejercicio fundamental para comprender que la realidad actual es transformable.

Como punto de partida, nos parece importante destacar que la violencia tiene un carácter cultural: “el ser humano es agresivo por naturaleza pero pacífico o violento por cultura”. Esta intervención de los condicionamientos socioculturales en la modulación de las conductas nos permite incidir en que igual que los aprendemos, podemos deshacernos también de los lastres socio-culturales legitimadores de la violencia. De ahí, que para aprehender la violencia sexista sea necesario desvelar las normas, creencias y factores sociales que favorecen los comportamientos violentos, potenciando asimismo la capacidad de las personas para hacernos a nosotras mismas.

Conviene hacer memoria y atender a las transformaciones sociales y culturales en el tratamiento y percepción de la violencia sexista en nuestra sociedad. Cambios importantes en poco más de tres décadas, que quizá todavía no hemos terminado de asimilar, pero que nos muestran la capacidad de incidencia que tenemos las personas.

Nuestra tradición socio-cultural está impregnada de altas cotas de violencia social e interpersonal, herencia de las atrocidades del franquismo. En ese contexto, los derechos de las mujeres experimentaron un inmenso retroceso. Las concepciones sexistas, enraizadas en siglos de historia, fueron alimentadas por las instituciones públicas y la legislación franquista, e interiorizadas por unos y otras. La subordinación de las mujeres a los hombres ha sido un factor legitimador esencial de la violencia contra las mujeres en múltiples planos.

La legislación del momento nos proporciona una valiosa fuente de información para comprender la posición de la mujer, aunque no fuese para todas igual. Así, por ejemplo, la mujer en el ámbito legislativo era un objeto de derecho. La consideración de sujeto la tenían el padre, marido u otro varón tutor de la mujer. Se expresaba así la base del discurso tradicional de género: la dependencia y la falta de autonomía de las mujeres a quienes se les niega la condición de sujeto político, racional y autónomo.

Esto facilitó la impunidad y justificación de la violencia sexista. Por ejemplo, en el ámbito sexual, la violación era considerada un delito contra la honestidad (del sujeto de derecho: el varón tutor) y no será hasta el año 1983 cuando se modifique la ley contemplándose las agresiones sexuales como atentados contra la libertad de la mujer. En el mismo sentido el adulterio femenino estuvo penalizado hasta el año 1979.

La violencia en el ámbito familiar se caracterizaba por la impunidad y la privacidad que daban los rígidos e impermeables muros de la institución familiar unido a la indisolubilidad del vínculo matrimonial heterosexual, cuyo ideal era profundamente patriarcal y fue uno de los elementos principales de la moral social del franquismo.

Nos estamos refiriendo a un tipo de sociedad con altos niveles de tolerancia hacia la violencia, no sólo hacia las mujeres, también a los hijos, a través del papel corrector ejercido por la autoridad paterna. A esto se añadía el débito conyugal, bajo el cual se justificaba la violación del cónyuge a la esposa y que, bajo la misma ideología, como destacamos antes, castigaba a las mujeres adúlteras.

Así, los asesinatos a mujeres a manos de sus parejas eran denominados crímenes pasionales (con eximente de arrebato), que llevaban a la revictimización de la mujer responsabilizándola socialmente de su fatal destino.

Pero el sexismo iba más allá. Los rígidos modelos de masculinidad y feminidad, reforzados con la complementariedad natural de los sexos en el ámbito familiar, provocaba que quienes no se ajustaban a la norma heterosexista fueran duramente discriminados. De esta forma, la homosexualidad y el lesbianismo, al igual que la transexualidad, eran despreciados y considerados como una desviación de la norma natural o una enfermedad. Además, como delincuentes se les aplicaba la “Ley de peligrosidad y rehabilitación social”. En Canarias, más de un centenar de homosexuales procedentes de todas las Islas estuvieron internos desde 1954 hasta 1966 en la colonia agrícola penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura.

Apenas han transcurrido 35 años y se han dado enormes transformaciones en el terreno de las mentalidades, de los derechos sociales y políticos. El avance de la igualdad y la libertad de las mujeres y el arrinconamiento del sexismo, ha ido creciendo en paralelo al rechazo social de la violencia de sexista. En referencia a esto último, el 95,20% de las personas encuestadas consideran que la violencia hacia las mujeres es un problema grave y no constituye un fenómeno raro o aislado.

Ha sido fundamental en este proceso de cambio el impulso del movimiento feminista, que va a plantear un nuevo modelo de relaciones sociales, entre mujeres y hombres y que “una vez pasado el primer momento de reivindicación de los derechos democráticos y de aquellos relacionados con la sexualidad y la reproducción (…), sin abandonar otros campos, se centró en la denuncia de la violencia en las relaciones entre hombres y mujeres, tanto en el ámbito doméstico como en la sexualidad”.

Además, en los últimos años, se vienen impulsando medidas desde la administración pública canaria y estatal, que se han hecho eco de este problema y también han abundado en esta conciencia social de rechazo.

En Canarias, contamos desde el 2003 con la Ley de la Comunidad Autónoma de Canarias de Prevención y Protección Integral de las Mujeres contra la Violencia de Género, pero hemos tenido que esperar a 2009 para contar con un Protocolo de Coordinación Interinstitucional para la Atención de las Víctimas de Violencia de Género en la Comunidad Autónoma de Canarias, y al 2010 para tener una Ley Canaria de Igualdad.

Las investigaciones sobre violencia sexista en Canarias son escasas e insuficientes, lo que complica poder profundizar sobre los factores derivados de nuestra realidad que pueden estar incidiendo de manera específica en este problema, lo que dificulta impulsar medidas que se ajusten a las necesidades de Canarias para erradicar la violencia sexista.

Aún estamos esperando la puesta en funcionamiento del Observatorio sobre la Violencia de Género anunciado la Directora del Instituto Canario de Igualdad, quien afirmaba que se haría en el 2009 y cuya función consistiría en “recabar toda la información relativa a este problema social que sufren las mujeres”.

Sin embargo, a pesar de las enormes transformaciones, es mucho lo que queda por hacer como demuestra la pervivencia de elevados niveles de violencia sexista, actualmente con una mayor incidencia en el ámbito de la pareja. Este tipo de violencia afecta a 400.000 mujeres mayores de 18 años en el estado español y Canarias viene soportando una de las tasas más altas de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas. Destacamos, además, que no se ha dado un corte generacional al respecto, es decir, que entre la juventud también hay violencia sexista.

Esto nos lleva, cuando menos, a plantearnos qué está pasando. El sexismo, aún siendo un elemento fundamental, se nos queda corto para explicarlo. Es necesario atender a las especificidades que se dan en el núcleo más importante de la violencia sexista hoy, la que se da en el ámbito de la pareja. En este sentido, “los mecanismos de apego y reconocimiento propios del vínculo, atravesados por concepciones problemáticas sobre el amor e insertos en unas relaciones asimétricas constituyen potentes venenos” favorecedores de la violencia.

Además, son necesarios más recursos y mejorar los que tenemos. Tampoco ha desaparecido del imaginario social la culpabilización de las mujeres víctimas de este tipo de maltrato, como reiteran diversas investigaciones: el 23% de las personas encuestadas afirman que las mujeres víctimas de violencia de género aguantan porque quieren.

Realidades y discursos contrapuestos conviven en la actualidad. La tradición sexista que hemos comentado dejó una huella muy profunda, pero al mismo tiempo avanzan el valor de la igualdad entre mujeres y hombres, así como el rechazo social de la violencia sexista. Pero todavía nos queda consolidar esos valores sociales y derechos conquistados. Además, como venimos insistiendo, es imprescindible mejorar el diagnóstico, la investigación sobre los diversos factores que interactúan en la violencia sexista y evaluar los recursos que se vienen activando, para de una vez por todas acabar con ella. La existencia misma de la violencia de género, además de generar sufrimiento a miles de personas, socava las bases de nuestra convivencia democrática. Erradicarla, por tanto, además de un imperativo ético es una necesidad democrática.

Noemí Parra es Antropóloga y trabajadora social. Coordinadora del Programa Por los Buenos Tratos de acciónenred-Canarias.

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