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Canarii 20 - Historia de la Cultura

Del maltrato al divorcio:

EL TESTIMONIO INSÓLITO DE MERCEDES PINTO

Si alguien nos dijera que asistirá esta tarde a la conferencia El divorcio como medida higiénica, sin duda el título suscitaría al menos nuestra curiosidad o nuestra atención. Y si supiéramos que, en realidad, esa conferencia fue impartida en la Universidad Central de Madrid en 1923 por una mujer extraordinaria y rebelde, que pagó aquella osadía con el exilio, probablemente nos rendiríamos a su valor y a su ingenio. No corrían buenos tiempos para polemizar sobre el divorcio —estábamos en la España pacata y piadosa de Primo de Rivera— y mucho menos para hablar, sin tapujos ni eufemismos, de malos tratos. De hecho, no creo que haya en la historia de estas islas, ni aún en la historia del país entero, hasta aquellas fechas, un texto tan comprometido y explícito sobre el tema. Pero ¿quién fue aquella mujer y por qué pagó tan cara su intervención de aquel día?

Resumir la densa biografía de Mercedes Pinto no es tarea fácil, porque sus noventa y tres años de existencia fueron plenos de actividad intelectual (novelas, programas de radio, conferencias, artículos periodísticos, libros de versos) y de incidentes (dramas desgarradores, viajes constantes, cambios de residencia) que merecerían un desarrollo más extenso. Digamos solamente que nació en La Laguna en 1883 y que desde muy temprano asomaron en ella sus dotes creativas y los primeros síntomas de sus ideas contestatarias, avanzadas y modernas, las mismas que atravesarán todo su ejercicio profesional y artístico hasta su muerte en la ciudad de México en 1976.

Por su activismo en defensa de los desamparados de la tierra (las mujeres, los obreros, los judíos o los niños) y en favor de la educación, la justicia y el progreso, Mercedes Pinto conocería el dolor del exilio (huyó de España hacia Montevideo amenazada por el dictador justo después de impartir su conferencia) pero también la fortuna y la gloria de su vida en los distintos países de América Latina donde fijaría su residencia (Uruguay, Chile, Cuba, México).

Para entender la vida nómada de Mercedes y su pensamiento insólitamente avanzado y progresista, bastará con señalar el epicentro de toda su biografía: su matrimonio con Juan de Foronda —hombre influyente de la sociedad tinerfeña, aquejado de una seria enfermedad mental—, con el que tendría una convivencia desgraciada y violenta. El miedo a morir en sus manos, o el temor de que sus tres hijos sufrieran algún día los embates de un hombre atormentado y celoso, obligaron a Mercedes a abandonar la isla rumbo a Madrid, para internar al marido, por prescripción facultativa, en un centro psiquiátrico. De ese viaje Mercedes nunca regresaría, “eligió” permanecer en la capital de España, huyendo de posibles represalias y orquestando en los círculos feministas del país su propia campaña en favor del divorcio.

La imposibilidad de separarse legalmente del esposo, a pesar de la evidente envergadura de su enfermedad mental, y de los peligros que ésta podría acarrear en su familia, fue un gran escollo en la vida de Mercedes, pero también el motor de su lucha más insistente y el epicentro de su sismo intelectual: desde que inició su trayectoria en Madrid, éste fue el tema de sus novelas, de algunas obras de teatro, disertaciones y artículos periodísticos. En este sentido, El divorcio como medida higiénica sólo sería el principio de su actividad como oradora y conferencista, la que le otorgaría más tarde la condición de “leader feminista” en Latinoamérica, y el primer testimonio público de aquella relación íntima, que más tarde relataría con sinceridad y crudeza en la más conocida de sus obras literarias, la novela Él, publicada en Montevideo en 1926, y llevada al cine por Luis Buñuel en 1958.

Tiembla Madrid el día de la conferencia

A pesar de la evidente enfermedad del marido, ratificada por la ciencia médica, y de la imposible convivencia que se había establecido entre éste y su familia, a consecuencia de sus constantes y agudos brotes paranoicos, Mercedes no pudo separarse legalmente. En medio de aquellas circunstancias, la escritora aprovechó la tribuna pública para expresar y reclamar una legislación moderna, capaz de proteger a la mujer de ciertos atropellos.

El día de la conferencia la Universidad estaba a rebosar (entre el público, por cierto, se encontraba el mismísimo Príncipe don Fernando de Baviera) y sus palabras tuvieron un éxito inmediato, pues abundaban en la época los espíritus inconformes y ávidos de reformas, acallados por la política de entonces, que quedan rendidos ante su discurso audaz y temerario, pero sobre todo personal, conmovedor y franco, lejos de aspiraciones intelectuales, dolorosamente vivido y padecido: “Yo vengo hoy aquí sin pretensiones de ningún género; vengo como una mujer cristiana y sencilla que ha llorado y ha visto llorar, y recogiendo mi dolor y el dolor de las otras mujeres que se han cruzado conmigo en el camino de la vida”.

En efecto, y a pesar de que la escritora manejaba abundantes referencias intelectuales y académicas sobre el tema, renunció a utilizarlas en su conferencia en beneficio de una exposición más espontánea, que lograra arrancar del público una solidaridad emocional, vínculo que siempre consideró como el vehículo perfecto para establecer una fuerte comunicación con sus oyentes: “Yo podría nombrar en apoyo de mi tesis —dice— una lista interminable de doctores eminentes, extranjeros y nacionales, y de hombres de ciencia de todos los países; pero tengo mi propio modo de ser, y antes quiero llevar a las conciencias la persuasión por el sentimiento que se adueña del alma, que la pedantería de lucir conocimientos que pudieran parecer pegadizos y de Enciclopedia económica”.

Desde esa poderosa oratoria capaz de suscitar una intensa persuasión emocional, Mercedes Pinto enhebrará un discurso cuyas reivindicaciones siguen teniendo, casi un siglo después, una vigencia absoluta, exigiendo ante el maltrato no sólo el divorcio, sino un divorcio rápido, diligente, que evite la muerte de la esposa, que asegure la feliz supervivencia de los hijos, y que otorgue derechos inmediatos a la mujer “sin necesidad de que el marido queme la casa, o como se dice vulgarmente llegue a ‘comerse los niños crudos’”. He aquí algunos de los fragmentos más jugosos de El divorcio como medida higiénica, para que el lector pueda apreciar la fortaleza de su palabra y la modernidad de su pensamiento:

Las infinitas crueldades que un enfermo del cerebro puede desarrollar en el matrimonio sólo puede concebirlas la mente más exaltada, los celos más insospechados, las manías más torturantes, los insomnios más tétricos, las bajezas más bochornosas...


Y eso, todo eso que parece ha de ser causa de divorcio, no lo es ni puede serlo, puesto que el Código aprecia como motivo de divorcio aquellos golpes de naturaleza tal que pudieran haber causado la muerte, y una cantidad de testigos que no sean de la familia, ni sirvientes, sino personas de fuera de la casa que hayan presenciado los hechos. De manera que todas las violencias, las torturas y los horrores incontables por asquerosos o brutales que contra su esposa pueden ocurrírsele a un paranoico, no son nada ante las leyes; tiene que esperar que le peguen un tiro... (y no la acierten) para que los jueces piensen que si le acierta... ¡se hubiese quedado en el sitio! Y por lo que se refiere a los testigos, desde luego comprenderéis lo imposible de que ciertos martirios, generalmente de alcoba y nocturnos, tengan testigos, porque no es costumbre que los amigos estén en la habitación a esas horas, y si la esposa grita, ya tendrá cuidado de no volver a hacerlo porque el marido lo impedirá, del modo que pueda, pero lo impedirá.


Es indudable que la única medida a tomar es la del divorcio, pero un divorcio rápido, que basado en un certificado radical de doctores especializados evite […] la muerte violenta de la esposa, que si bien nuestras leyes no han podido evitarla, no será después de ocurrida castigada tampoco, puesto que tardíamente y con el solo objeto de salvar del castigo, se dirá y se demostrará muy a deshora que “era un irresponsable”.

[Medidas para este divorcio] Dije desde el principio que no las sé; y que para que las pongáis los que entendéis de ello había yo venido aquí; pero las que creo más aproximadas son éstas: derecho de la mujer de que sin necesidad de que el marido queme la casa, o como se dice vulgarmente llegue a “comerse los niños crudos”, sólo con costumbres sádicas, celos disparatados y sin causa absoluta, iras irrefrenables etc, etc., pueda, autorizada por esos mismos derechos que pedimos, solicitar de los médicos competentes la observación del esposo, y caso de encontrar en él la terrible enfermedad, que los mismos médicos puedan denunciar el caso como necesitado de la ley del divorcio, como medida higiénica, y para evitar que el temible mal tenga sucesores.

Alicia Llarena es catedrática de la ULPGC

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