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Canarii 20 - Historia del Arte

JANE MILLARES, EL RETO AL MACHISMO DE UNA PINTORA CANARIA

JANE MILLARES, EL RETO AL MACHISMO DE UNA PINTORA CANARIA

Ser el primero en dar el primer paso, siempre ha sido el movimiento más difícil en cualquier iniciativa, cuanto más, en un tiempo de prejuicios, de recriminaciones fáciles en el que predomina una estructura mental, en ciertos aspectos, aun retrógrada … en una sociedad en la que la voz de la mujer es tenida en cuenta del beneplácito masculino. La camaradería de los gremios y la crítica, hambrienta de polémica y primicia, está al acecho de cualquier acción que suscite el levantamiento de la opinión pública; que nos aclama o nos “crucifica” para siempre…-

Jane Millares Sall lo hizo cuando se proclamó “primera mujer en exponer en solitario” en Las Palmas. Debutó en los salones del Museo Canario, en el año 1957, con una magnífica serie de óleos y dibujos que ya definen su lenguaje en un post-indigenismo depurado.

Como artista y como mujer canaria, supone uno de los mayores ejemplos de impulso y tenacidad, en el ideal humano de la libre expresión en primer lugar, que reivindica, a través de su arte; así como la dignificación de la mujer como integrante de una sociedad, en la que puede y debe manifestar su talento.

Paradójicamente y a pesar de aquel carácter apocado y de imagen sumisa que caracterizaba a la figura de Jane Millares Sall; artista, madre y esposa, su innegable labor rupturista, no tiene precedentes.

Detrás de aquella imagen mansa y resignada, se hallaba un portento creativo en una de las mujeres más transgresoras que haya visto la sociedad de la segunda mitad del siglo XX en Canarias.

En una época de hambres, censura, represión y machismo generalizado, en aquella ‘Las Palmas’, de los duros años de postguerra, se forja el carácter de ésta figura, de un modo agridulce y precoz, coincidiendo con esa etapa en que pasa de ser niña a mujer.

Acostumbrada a mudarse de casa incesantemente, debido a la constante necesidad de cambio de su madre, Dolores Sall, que se aburría rápidamente de las viviendas y su disposición estática… es probable que se generase una cierta sensación de desarraigo, teniendo en cuenta, que una de esas mudanzas tuvo lugar a propósito de un exilio, en el que su padre es destituido de su cargo de profesor. En los primeros años cuarenta, sobreprotegida siempre, Jane es una niña de salud frágil, de extrema delgadez y especialmente sensible; de éste modo vive largas temporadas con su abuela Malala, en el chalet de Monte Coello, mientras el resto de la familia convive al día con los acontecimientos sociales, políticos y de penalidades que azotan al país en estos momentos. Ella siempre fue especial, y lo sabía.

Realmente, es todavía una niña cuando se casa –necesariamente- en 1944 con el periodista Luis Jorge Ramírez dando lugar a una relación de amor sin fisuras. Sin embargo, sólo tiene 16 años de edad y aún no ha tenido tiempo de madurar en muchos aspectos vitales.

Es un salto a la adultez verdaderamente atropellado, pero será precisamente toda esa ‘virginidad’, timidez e inocencia, las que permitirían que Jane observase el mundo desde una perspectiva muy privilegiada. Es como si el mundo fuese un teatrillo, como si ella no perteneciese a ese engranaje de personajes, como una existencia que se encuentra en otro estadio; sin tomar consciencia de los prejuicios de su alrededor; así, interpreta su mundo desde su sensibilidad especial, tal y como ella lo entiende.

El tema de la maternidad, la mujer trabajadora y su extraordinaria anatomía, la identidad canaria o el tema de los niños muertos – pierde un bebé de tres meses y medio en 1949, mal cuidado por una asistenta mientras ella convalecía grave de una hepatitis; en el acta de defunción consta “muerte por abandono” – todos éstos son argumentos frecuentemente presentes en su discurso, en el que el papel de la feminidad es dignificado con enorme admiración. Las mujeres representadas por Jane parecen más que humanas, deidades. Seres supra humanos que elevan su condición humana a la par que aman, padecen, trabajan y protegen a sus adoradas criaturas como el más valioso de los tesoros; ahí su espejo.

Sabemos que su esposo fue el principal promotor y relaciones públicas para los eventos referentes al arte de Jane. A él se le conoce como hombre de la esfera social, de naturaleza alegre y dispuesto a lanzar a su mujer al mundo de los artistas, como personajes públicos, que exponen en los primeros círculos sociales y a los que sigue la prensa.

En éste contexto, conoce Jane la popularidad y los ambientes culturales, bien aparte de lo que había visto en su entorno familiar y amigos: artistas, intelectuales y humanistas activos.

Pero ¿qué opinaría su padre, Juan Millares Carló ante semejante lanzamiento? El que no dejara que su esposa tocara el piano en público porque era un acto escandaloso para una mujer casada. Quizá este prejuicio, bien enraizado desde su educación paterna, respondiera en parte, a ese carácter tímido en extremo de Jane, huidiza ante el público y temerosa de la crítica. El miedo a la desaprobación familiar y al ridículo pudo acusar esa inseguridad. Su falta de formación es otro factor importante, sin embargo, éste es el rasgo definitorio por excelencia, común a todos los Millares Sall, de formación autodidacta pero rompe-moldes y geniales en todas sus facetas. Hay que admitir que en éste punto, Jane cuenta con un respaldo singular y valiente.

Jane Millares Sall se presenta oficialmente en la esfera del Olimpo de los artistas.

Es un tiempo en el que el Museo Canario es conocido como el centro cultural más importante de Las Palmas; años en que la institución, haciendo las funciones de ateneo, estaba jugando un papel histórico. Aquella tarde del 15 de diciembre de 1957, tiene lugar un auténtico fenómeno. Artistas, intelectuales, poetas y un gran público se dan cita en los salones del edificio para admirar la obra de una artista revelación, que convence al más ilustrado de poseer una maestría sólo equiparable a la mano de un genio consagrado.

Reunió el valor necesario para lucirse ante el gentío, sin saber bien qué consecuencias traería el “atrevimiento” y ante la temida desconocida: la crítica. Conociendo el carácter de Jane, es de recibo otorgar que no fue fácil para ella darse a las valoraciones de la opinión pública, pero su entrega al Arte y sensibilidad apasionada le dieron toda la confianza para creer en su rotundo éxito.

Así, se convirtió en la primera mujer artista en exponer en solitario en Las Palmas.

Asiste al evento el célebre profesor de la Universidad de Düsseldorf, el doctor Lewin, acompañado del dr. Rafael O´Shanahn, Rodríguez Doreste y Pérez Navarro con el pintor Santiago Santana. El visitante extranjero preguntaba a Jane, lleno de admiración, sobre sus éxitos en las capitales europeas y pide referencias de los centros de formación donde forjó aquella “personalidad tan humana e inteligente”. Reiteró en su sorpresa ante tan extraordinario autodidactismo y su gran calidad pictórica. Encontró una pureza estilística sublime, insistiendo en la genialidad artística de la nueva revelación.

El impacto sociocultural que supone su obra es incuestionable. Su particular lenguaje será la clave de su éxito y la admiración generalizada. Este hecho es de importancia vital en la revalorización de la mujer artista y la mujer en general, que reivindica su mérito, no sólo cómo “ser capaz de crear” con igual o mayor acierto que cualquier hombre de elogio, sino cómo ser polivalente, dadora de vida y maravilla de la naturaleza en sí misma.

El poder transgresor de su lenguaje, entraña una capacidad y calidad expresiva que conmovió al mismísimo Jean Cocteau, paralizó al implacable Felo Monzón y caló en un largo etcétera de personalidades, artistas e intelectuales del momento.

No cabe duda del carácter “exhibicionista” implícito en la acción del artista que expone. Éste se presenta “dando la cara” ante el gran público; representante y primer asociado a los testimonios de sus obras, que muestran los avatares de sus emociones más profundas y desvelan su planteamiento dialéctico sobre su propio trance existencial.

El psiquiatra y crítico de arte, el Rafael O´Shanahan, describe muy bien la esencia del Arte de Jane -dentro de ese mundo privilegiado ya citado- en la conferencia de clausura de la exposición. Apuntaba que el carácter íntimo y retraído de la pintora era señal de un mundo interior tan complicado y rico […] que, “desde el punto de vista del arte puro, esta realidad interna es la única que cuenta en el proceso de la creación”.

Por su parte, si echamos un recuento sobre la trayectoria que ha seguido Jane Millares Sall; se ha visto que sigue una persistente necesidad de experimentación, una constante renovación de sus lenguajes, siempre en un intento de “romper”, transgredir, superar barreras por allá del punto en el que se encuentra, una necesidad de ser siempre original entre las tendencias artísticas y para sí misma.

Además de la venta de sus cuadros en exposiciones, se dedicó a vender otros artículos, como los machanguitos fabricados con algodones y telas; postales pintadas por ella; bolsos, ropa y otras prendas con diseños suyos, que bordaban a máquina y que luego le vendía la mujer de Felo Monzón, entre otras inventivas. Pero el caso de Jane, es un caso muy particular. Ella era una mujer de su casa que fabricó con tiento sus muebles; las camitas de sus niños, con sus somieres de tablillas reaprovechando viejos materiales, e incluso los complementos textiles como las cortinas con elaborados motivos canarios, como las pajareras, o los cojincitos de muñecas… Así pues, al cuidado de cuatro niños, trabajó como mujer doméstica, dedicada a su familia y las labores del hogar y como parte activa que traía dinero a su vivienda, utilizando su inteligencia e imaginación para agotar los recursos que levantaran la economía familiar.

Y es que Jane fue una adelantada de su tiempo, que supo ponerse en la piel de la sociedad a la representa, como embajadora de los valores y los derechos de las mujeres canarias para salir de la marginación, reivindicando consideración y respeto, por voz de todas ellas. Se hizo defensora del patrimonio cultural, nuestra herencia primera y de las nuevas generaciones, como ninguna. Como dama luchadora, se ha manifestado frente a las injusticias de su alrededor y no ha titubeado en alzar su voz por la paz, la libertad y la rendición ante la naturaleza.

Todos estos valores se reúnen en su obra con esa proximidad y calidez que sólo ella supo concebir, porque ese arte es reflejo de su alma, que habla en un lenguaje limpio y llano, inteligible por las personas sencillas.

Laura Teresa García Morales es Historiadora del Arte

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