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Canarii 20 - Historia de la Cultura

La invisivilidad de dos escritoras canarias :

LEOCRICIA PESTANA Y AGUSTINA GONZÁLEZ ROMERO, "LA PEREJILA"

Sobre la invisibilidad de las mujeres escribí hace tiempo que “Unas veces más y otras, menos. Pero lo son: invisibles, transparentes. Se silencian sus nombres o se las aparta del canon que es lo mismo que no ser. Porque si no se las nombra, no son nada. Es necesario pronunciar esos nombres para que existan. Debemos escribir sus nombres por las paredes del mundo para reivindicarlas, para hacerlas visibles. Para darles la vida que no tuvieron.” (1)

Las cosas no han mejorado excesivamente pese al esfuerzo de muchas mujeres que luchan para visibilizar a quienes el silencio, la mala memoria o la ignorancia han depositado en el olvido. El silencio que cerca a muchas escritoras obedece a ciertos cánones establecidos por una sociedad donde prima el criterio de los hombres que deciden quiénes van o no van incluidas en una antología. Así las cosas, no es de extrañar que dos mujeres tan dispares en su condición social y en su forma de escribir hayan sido “borradas” de las antologías literarias al uso. Son dos escritoras “invisibles”: Agustina González Romero,”La Perejila”, y Leocricia Pestana. Ni las citan ni se ven ni están catalogadas en parte alguna excepto en honrosas circunstancias en que un editor decide publicar un texto sobre ellas (2) o un investigador decide ponerse manos a la obra para rescatarlas del olvido (3). ¿Por qué tal abandono? La una por su lengua corrosiva y su conducta antisocial. La segunda por librepensadora, republicana y anticlerical. La Perejila porque rompió imágenes y posturas que la sociedad de su época consideraba que eran las adecuadas. Leocricia Pestana por su actitud contra la burguesía y su apoyo a las mujeres y a los trabajadores.

Agustina González y Romero (Las Palmas de Gran Canaria 1820-1897) por sobrenombre “La Perejila”, pertenece al grupo de poetas satíricos de fines del siglo XIX. Sus textos fueron recopilados por Néstor Álamo en un volumen titulado Poesía y publicados por primera vez en el año 1963. Es extraño que esta autora aparezca en las listas que confeccionan los académicos de la lengua cuando tratan la poesía del siglo XIX y más raro encontrar su nombre en los textos de literatura. Los claustros universitarios españoles de la época no estimaban demasiado las coplillas populares y menos aún si estas iban firmadas por una mujer que ponía en solfa las creencias y costumbres de las clases privilegiadas. “La Perejila” escribió sátiras y epigramas en los que no dejaba títere con cabeza. Sus sátiras son críticas a una sociedad que vive de cara a la galería, pero que dentro de sus casas o en el fondo de sus despachos y sacristías tienen una moral más que dudosa En sus versos encontramos personajes de la calle, acontecimientos sociales y toda clase de escándalos de la época que pasaban de mano en mano gracias a sus coplas. Son personajes reales la mayoría y todos ellos forman parte de su galería de retratos: conocidos ciudadanos, jueces deshonestos, clérigos que confiesan y perdonan a sus feligreses los mismos pecados que ellos cometen y ocultan, alguaciles y escribanos, maridos engañados, políticos corruptos, etc. Componía sobre la marcha las rimas más divertidas y feroces y las recitaba en el momento oportuno o las cantaba acompañada de la guitarra fuera donde fuera. Sus improvisaciones se hicieron tan famosas que esa misma fama empujaba a la gente a molestarla para buscarle la lengua y así oírselas decir o cantar. Ese conocimiento de las gentes que ella imita en el lenguaje y las críticas a personajes del poder público de la época, es lo que la hace ser tan cercana a las voces del pueblo. Experta en el epigrama, cultiva este género por ser tan cercano a lo popular. Su lenguaje jocoso da siempre en el clavo. En los últimos años de su vida da rienda suelta a sus epigramas más duros y suculentos, compondrá sus poemas más corrosivos y se convertirá en una verdadera cruz para sus contemporáneos y para su familia que seguirá sufriendo las consecuencias de su lengua venenosa y certera. Con ella se produce la gran paradoja social: una mujer de familia acomodada y de apellidos reconocidos entre la burguesía isleña, pasea por la vieja ciudad con aires de gran dama mientras de su boca salen pestes y culebras. Admirada y odiada, su fama y su figura la convierten en un personaje público. Muere el 4 de diciembre de 1897 en el Asilo de Los Desamparados, a manos de la caridad pública. La mayoría de sus poemas y coplas se han perdido para siempre o han quedado confundidas en el anonimato del folclore popular.

Leocricia Pestana Fierro (1853-1926) Nace en una familia de la burguesía de Santa Cruz de La Palma. Era una niña muy sensible y soñadora lo que, unido a la muerte de la mayoría de sus seres queridos, fue haciendo de ella una mujer de carácter tímido y reservado. Quienes la conocieron la describen como una mujer sensible y delicada en el trato, menuda, agraciada de cara, la frente despejada y la mirada segura. Su hermano, Segundo Gabriel, cofundador de la logia Abora 91 de La Palma, y al que ella estaba muy unida, compra la hacienda de la Quinta Verde donde, desde 1820 a 1834, los masones realizan reuniones y comidas a las que asiste Leocricia. En ellas lee sus poemas y comienza a ganarse su prestigio como escritora.

En 1897 se casa con Dionisio Carrillo Álvarez, fotógrafo. Fue un matrimonio de conveniencia, habitual en la burguesía de aquellos años. Incompatibles a nivel político y sentimental, al año siguiente de casada, se traslada definitivamente a la Quinta Verde. A la muerte de su hermano, soltero y sin descendencia, se constituye en su heredera y pasa a ser propietaria de la Quinta Verde. Sin embargo, a causa de un gravamen que pesa sobre la finca, llega a un acuerdo con el nuevo propietario por el que le cede la propiedad pero se reserva para su uso la parte alta de la Casona y los jardines inmediatos.

En La Quinta Verde recibe Leocricia a intelectuales de relieve que muestran un interés especial por conocerla. Las crónicas y periódicos de la época hablan de sus apariciones públicas; sus debates frente a la burguesía conservadora de la isla, y sus creaciones literarias que responden al espíritu de una mujer que sueña con ser libre y hacer libres a los que la rodean. Su enorme pasión desde niña por la lectura que la ha llevado a tener una biblioteca excepcional para aquella época; la educación recibida unida a la admiración que sentía por las idea pedagógicas de Ferrer fundador de la “Escuela Moderna” (un método revolucionario de enseñanza que buscaba fomentar la libertad, la igualdad y la fraternidad) y las ideas masonas que comparte con su hermano Segundo, la llevan a convertirse en partidaria del libre pensamiento y en una firme defensora de las libertades, del laicismo, del racionalismo, de la igualdad y libertad de las mujeres. La clase social a la que pertenece la aísla por no admitir sus ideas y se acaba convirtiendo en un ser incomprendido y, sobre todo, incómodo para la sociedad en la que le ha tocado vivir.

La invitan a participar en veladas literarias o musicales donde lee sus poemas y acude allí donde solicitan su colaboración. Compone cuando se los piden o cuando no puede excusarse Décimas, sonetos magistrales, quintillas, etc., muy del gusto de la época, dejan admirados a quienes acuden a escuchar y a conocer a esta escritora. Se ha convertido en un personaje público a quien vienen a visitar pensadores de fuera de la isla y del archipiélago. Pero, poco a poco, va dejando de asistir a los actos públicos. Su retiro en la Quinta Verde es cada vez más acentuado. Debido a las muchas presiones sociales y familiares escribe muy poco y solo le queda la palabra con la que expone sus ideas en las pocas reuniones y actos especiales a los que acude.

La noche del 4 de abril de 1926 supo que había llegado el final y escribió su última voluntad. Falleció de un ataque cardíaco mientras dormía y, junto a su cuerpo, se halló una nota y uno de los gatos que la acompañaron en su retiro. Durante dos días se la veló en el local de Juventud Republicana. Había dejado escrito que la enterraran en el Cementerio Civil junto a su esposo y que su biblioteca fuera entregada a la Cosmológica; que sus muebles se vendieran y el dinero obtenido fuera para los pobres de Santa Cruz de La Palma. Sus deseos no fueron cumplidos. Ni siquiera se hizo realidad su deseo de abandonar la Quinta Verde por la escalinata de piedra y la puerta almenada. Ni sus obras ni sus libros ocuparon el lugar que ella hubiese deseado. Fue enterrada en el cementerio civil en un lugar del que no queda ni rastro y de ella solo quedan poemas y referencias en los periódicos de la época; las versiones orales de algún descendiente; cartas y papeles en manos de particulares; el silencio levantado a su alrededor y las leyendas populares. Hay quien la ve pasear vestida de blanco por La Quinta Verde las noches de luna llena; quien la ve vagar por el cementerio buscando la tumba de su esposo para dejar en ella unos poemas; y quien la oye recitar y escucha su voz bajar barranco abajo. Nada más.

Elsa López es escritora

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