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Canarii 21 - Historia Contemporánea

CANARIAS EN LA COLONIZACIÓN Y DESCOLONIZACIÓN DEL SÁHARA OCCIDENTAL

LA ESPALDA DEL ARCHIPIÉLAGO CANARIO

La relación entre canarios y saharauis se ha mantenido desde el siglo XV hasta nuestros días, y alcanzó su máxima intensidad en 1975, pocos meses antes de aquel 26 de febrero de 1976 en que España abandonó definitivamente su antigua provincia del Sahara.

Cuáles fueron los principales hechos que unieron a los isleños con sus vecinos africanos, cuáles las razones por las que España entregó el territorio, sus riquezas y a sus dueños a Marruecos y Mauritania, y por qué hizo tanto daño a Canarias esta decisión, es lo que trata de esclarecer este artículo.

Colonización

La pesca en el riquísimo banco canario-sahariano, el comercio de esclavos y el intercambio de diversos productos fueron las bases iniciales de la relación.

A finales del siglo XIX, perdidas gran parte de sus colonias americanas, surgen en España sociedades africanistas que ven en el vecino continente una fuente de riqueza, y que buscan establecer en la costa africana enclaves que aseguren la pesca y el comercio y sirvan para proteger Canarias de posibles invasiones. El obstáculo para la colonización no serán los saharauis, sino Francia, interesada en dominar el Magreb.

Durante la Segunda República y la Guerra Civil Española, el Sahara sirvió de refugio de deportados, cientos de saharauis fueron incorporados al Ejército sublevado. Además, “del Sahara salían aviones cargados con animales y carne para los desasistidos mercados canarios” (1). Es menos conocido el hecho de que, en contra de la neutralidad proclamada, al final de la Segunda Guerra Mundial, Franco puso a disposición de Estados Unidos sendos aeródromos saharauis (2). El dictador consideraba el Sahara la espalda del archipiélago canario, y para protegerlo de los ataques del Ejército de Liberación Marroquí dispuso en 1956 el traslado allí de la Legión, lo que facilitaría el conocimiento del desierto por muchos canarios.

En 1958, el Gobierno español convierte la colonia del Sahara en provincia, con lo que ésta pasaba a ser territorio español, y los saharauis –al menos en teoría- se igualaban en derechos a peninsulares y canarios. En esa línea, en 1961 se creó el cabildo provincial, con las mismas funciones que los insulares.

Igualmente, se iban a proporcionar ventajas fiscales a los productos naturales del Sahara, y se permitiría importar artículos de la península abonando derechos reducidos, en competencia con las islas, lo que hizo de estímulo para que algunos isleños se instalaran en la cercana provincia para dedicarse al comercio y, en otros casos, al contrabando. Este desplazamiento humano iba a ir creciendo en la medida en que la Empresa Minera del Sahara, creada en 1962, avanzara desde la inicial creación de unas impresionantes instalaciones hasta la explotación intensiva de la mina fosfatera de Bu Craa, el gran tesoro descubierto ya en 1945 por el ingeniero Manuel Alia Medina (3). El fosfato se convertía así en una segunda fuente de riqueza para el Sahara, y comenzaba a sedentarizar a una población históricamente nómada. Al mismo tiempo, acrecentaba las apetencias marroquíes de ocuparlo.

Por su parte, los nacionalistas saharauis del Polisario, que habían iniciado sus ataques contra la presencia española a mediados de 1973 soñaban con una futura independencia al ver los resultados de un censo elaborado en 1974 por España como base para el prometido referéndum. Según aquél, en el Sahara residían 73 497 saharauis; junto a ellos, 20126 españoles –sin incluir las tropas-; de la presencia de canarios habla el hecho de que, de los 27 000 habitantes de El Aaiún, unos diez mil eran canarios. Para unos y otros, la perspectiva de un Sahara independiente en el que mantuvieran su status los canarios era atractiva, pero no se iba a ver hecha realidad. ¿Por qué?

Descolonización

Desde comienzos de 1975 hasta el 20 de noviembre de 1975, España vivió los meses más agitados desde el final de la Guerra Civil, y el Sahara estuvo entre las causas y sufrió las consecuencias de esa inestabilidad. Mientras Franco avanzaba en su declive físico hacia la muerte, su régimen agonizaba con él, y buena parte de la comunidad internacional le daba la espalda. Mientras Argelia dejaba que los guerrilleros del Polisario usaran su territorio como base para sus ataques, Marruecos apoyaba descaradamente a elementos que realizaban sabotajes contra intereses españoles en el territorio. Por su parte, la ONU, tras pedir a España que aplazara el referéndum de autodeterminación –hecho insólito-, actuaría al ritmo y la intensidad marcados por Francia y Estados Unidos, los dos grandes aliados de Marruecos en su propósito de ocupar el Sahara dijera lo que dijera el Tribunal Internacional de La Haya sobre sus derechos a hacerlo.

Con este escenario, y en contra de la trascendencia que se quiso dar después a la marcha verde, a finales de mayo de 1975, el Gobierno español estaba decidido ya a abandonar el Sahara, incumpliendo sus obligaciones como potencia colonizadora. Faltaba, eso sí, determinar en qué condiciones y a quién se dejaría el territorio (4).

Los principales defensores del abandono fueron el Alto estado Mayor del Ejército español, buena parte del Gobierno –con el presidente Arias y los ministros Solís y Carro Martínez a la cabeza-, el entonces Príncipe de España –que seguía las indicaciones de su padre-, el embajador español en Rabat y un grupo de presión marroquí –lobby-. Entre los argumentos que daban –otros los callaron- estaban los siguientes: a) Un Sahara independiente, dominado por la socialista Argelia, serviría al Movimiento para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (MPAIAC) para acentuar su influencia en las islas; b) La entrega del Sahara a Marruecos supondría el olvido de sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla; c) La población saharaui había mostrado a una misión visitadora de la ONU su deseo de que España saliera del territorio. d) Se venían produciendo ataques y sabotajes contra intereses civiles y militares españoles, con ayuda de los gobiernos marroquí y argelino.

Claramente contrarios a abandonar a los saharauis a su suerte eran: el ministro de Exteriores, Pedro Cortina; la delegación española en la ONU, los expertos que defendieron los intereses de España ante el Tribunal de La Haya, y gran parte del Ejército español destinado en el Sahara. Su principal argumento era que la descolonización no podía producirse sin haber escuchado la voluntad de los dueños del territorio.

A primeros de noviembre de 1975, la marcha verde, en cuya preparación había colaborado vergonzosamente y por presión de Estados Unidos el propio Alto Estado Mayor español (5) atravesó la frontera del Sahara Occidental, en medio de un ir y venir de aviones con base en Gando (Gran Canaria), entre el miedo a una guerra y la falta de información sobre lo que estaba sucediendo. Los marchadores volvieron al punto de partida, y el día 14 España, por los nunca publicados ni ratificados Acuerdos Tripartitos de Madrid, entregaba el Sahara, sus riquezas y a sus dueños a Marruecos y Mauritania a cambio de unas supuestas compensaciones en pesca, fosfatos y tranquilidad que se revelarían irreales.

Las consecuencias

Con la entrada de los invasores abandonaron el Sahara la inmensa mayoría de los canarios y peninsulares allí residentes. Mientras muchos saharauis huían a través del desierto hacia Argelia, los evacuados, privados de su medio de vida, llegaban a unas islas con elevada tasa de paro, y escasez de agua y de viviendas. Además, la disminución de las capturas en el banco canario-sahariano y la conversión de éste en un escenario de guerra iban a traer gravísimas consecuencias para muchos pescadores isleños.

No es de extrañar que en el Archipiélago flotara un sentimiento de abandono por parte del Gobierno español, el cual tendría que emplearse a fondo para contrarrestar el apoyo de Argelia al independentismo del Mpaiac (6). La causa saharaui iba a estar presente no sólo en las manifestaciones por la autonomía canaria, sino en el programa de formaciones como Pueblo Canario Unido. Antes, el 16 de enero de 1976, nacía en Las Palmas de Gran Canaria una de las primeras asociaciones de apoyo al pueblo saharaui. Desde ese momento y hasta nuestros días, la inmensa mayoría del pueblo canario se ha sentido muy cerca del pueblo saharaui que aún hoy, treinta y cinco años después de la firma de los Acuerdos de Madrid, sigue luchando para que la comunidad internacional le permita celebrar el referéndum de autodeterminación con el que poder elegir libremente su futuro. Sólo ese día, España podrá cerrar un de las páginas más lamentables de su reciente Historia: la de la descolonización inconclusa del Sahara Occidental.

José Ignacio Algueró es Doctor en Geografía e Historia por la UNED y maestro.

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