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Canarii 23 - Historia de la Cultura

Cristina del Pino Segura Gómez (Pinito del Oro)

El más difícil todavía de ser mujer

Última de 19 hermanos, Pinito del Oro nació en la capital grancanaria, donde actuaba el Circo Segura esta numerosa familia. Aunque se pensó inicialmente que no servía para el circo, su destreza con las acrobacias la llevarían a lo más alto en el mundo del circo. Siempre trabajó sin red y firmaba sus contratos con una nota que decía: “Es mi deseo, y mía toda la responsabilidad, trabajar sin red”, por lo que ninguna compañía se atrevió a hacerle un seguro de vida.

Pinito del Oro ha sido sobre la arena del circo la figura más admirada de la historia, merecedora en tres ocasiones del máximo reconocimiento mundial como “reina del circo” y apodada como “la novia del aire”, tanto en España como en el mundo.

Nacida en el barrio de Guanarteme, entró en una saga ya reconocida en el mundo del circo y bautizada como ‘Los Seguritas’, propietarios de el ‘Gran Circo Segura’. La familia, extensa y volcada en el mundo del circo, había dado muchas grandes figuras... por lo cual el padre, conocido como ‘El rey de las alturas’, decidió ponerle un nombre artístico diferenciador, eligiendo por un lado el de la patrona de Gran Canaria y, por otro, elevando el valor del metal de la que fuera gran trapecista Rita de la Plata.

En la capital grancanaria vivió hasta los 12 años, en que comenzó a actuar como alambrista circense en el circo familiar. Un trágico accidente dio lugar a que falleciera su hermana, Esther, al salirse de la carretera el camión que transportaba a la familia. Poco después, al encontrar el trapecio de su hermana, lo colocó y comenzó a hacer ejercicios y soltó las manos quedando suspendida en pie sobre la barra.

Pinito desarrolló una extremada sensibilidad, pese a su infancia nómada y a las dificultades para mantener una formación escolar continuada, ya que su madre se esforzaba en llevarla a los colegios de los lugares donde se instalaba el circo. Igualmente, su padre la animaba a la lectura, convirtiéndose en una persona con una cultura muy amplia, capaz de expresarse perfectamente.

La dureza de las condiciones de vida de su infancia y juventud motivaron que se hiciera “triste y antipática, recorriendo durante varios años numerosas ferias en villorrios, frecuentando fondas sin agua corriente, con polvo en las carreteras, moscas... Realizando dos, tres, cuatro y hasta cinco funciones en una noche, acabando al amanecer porque la feria permitía que hubiera público en las funciones”.

Nunca usó red. Actuó siempre de pie en el trapecio, en el que volaba en todas direcciones y se sentaba sobre una silla apoyada con las dos patas traseras sobre la barra del trapecio. Viajó a Estados Unidos en 1950, donde actuó durante 9 años en el Ringling Circus, en el Madison Square Garden en Nueva York, y, en 1957, en Barcelona, representando a este país fue designada Reina del I Festival Internacional del Circo, título que revalidó en 1958, en Oporto (Portugal), y en 1960, en Madrid.

De sus éxitos recuerda sobre todo la primera página del New York Times, donde fue la noticia más relevante en su debut en la capital económica de Estados Unidos, “La española que ha triunfado en Nueva York” ponía en enorme cuerpo de titulares. En el circo Ringling Bross se convertiría en la primera figura, junto a otros magníficos artistas. Fueron las temporadas más brillantes de este circo: Marimba, Hawai, Mouhaha, Cohete a la Luna, Mexicanorama... eran los nombres de los espectáculos que cada temporada transformaban la vida de Nueva York. Su llegada a Nueva York era en si mismo un espectáculo, con sus numerosos vagones de tren cargados de aparejos y animales de todo tipo. Era otra época en la que brillaban con fuerza los nombres de otros famosos circos norteamericanos fueron el Clyde Beatty, Cristiani y Royal Repensky... En aquella época, en Europa el Hagenbeck, en Hamburgo, el Kröne, el Knie de Suiza, el Cirque D’Hiver, el Medrano de París, y el Price de Madrid, al que vendría a actuar de la mano del empresario Juan Carcellé.

Pinito del Oro se retiró del circo por primera vez en diciembre de 1960, en Santa Cruz de Tenerife, pocos días después falleció su padre, una coincidencia, como lo fue el fallecimiento de su madre el día después de su debut ante el público sobre el alambre. Seis años después, sin entrenar y sin la formación física adecuada, regresa al trapecio. El nacimiento de sus hijos, Juan José y María Isabel, había motivado la retirada de la artista, pero cuando eran unos niños deseaban ver a su madre realizar los ejercicios que la hicieron mundialmente famosa. La oferta recibida era muy atractiva y ella se sentía con fuerza y capaz. De hecho, sorprendió a quienes la vieron evolucionar nuevamente sobre el trapecio, usándolo con la misma naturalidad y espectacularidad que cuando lo había abandonado. Sin embargo, un nuevo accidente le hizo recapacitar y sentir la necesidad de dedicarse a sus hijos.

Su cuerpo, tras esa mirada transparente y agradable, tiene las huellas de accidentes gravísimos que estuvieron a punto de costarle la vida, con dos caídas que le provocaron sendas fracturas de cráneo y mandíbula, y varias operaciones en las manos que recuperaron milagrosamente esos miembros prácticamente destrozados. En una ocasión, en 1947, estando cabeza abajo sobre una barra del trapecio, ésta se rompió. Otro accidente, en 1950, se produjo cuando se partió un peldaño de la escala.

En abril de 1970 se retiró definitivamente, coincidiendo con la clausura del Circo Price de Madrid. Veinte años más tarde, en 1990, le concedieron el Premio Nacional del Circo, la primera vez que se otorgaba en España, si bien en 1960 había recibido el ‘Oscar’ del circo: el Premio Internacional del Circo. Es autora de los libros ‘Cuentos de circo’, ‘Técnica del trapecio’, ‘La víspera’, ‘Nacida para el circo’ y ‘El italiano’, así como una obra inédita sobre mujeres que han logrado alcanzar el éxito a pesar de su condición de mujer.

Pinito del Oro fue la trapecista de más vuelo, altura y precisión. Siendo rigurosos, su actividad se define como trapecio de equilibrio a vuelo, algo en lo que ella creó e inventó lo que jamás se había visto ni ha vuelto a verse desde su marcha.

Imágenes

Una vida difícil para alcanzar el triunfo

Pinito del Oro no pudo escoger la vida que iba a vivir. Quizás le hubiera gustado ser una chica ‘normal’ y estudiar, ante un futuro incierto y difícil de carreteras polvorientas y pueblos apartados en los que arriesgaría su vida, pero al final llevó a las últimas consecuencias su dedicación al circo, intentando convencer y agradar al público noche tras noche, fuera ante un graderío lleno o ante el circo casi vacío. Ella lo haría con igual entrega. “Si algo se hace por costumbre o por rutina, sólo es una habilidad. Cuando se vive por el gusto de hacerlo, entonces es un arte”, afirma Pinito.
Al igual que con el trapecio, Pinito rompería con muchos moldes en aquella época, siendo una mujer que amaba la libertad, al igual que amaba y dedicaba todo su esfuerzo a lo que hacía. “El circo no morirá nunca para mi. Me lo recuerdan las cicatrices que marcan mi cuerpo”. De hecho, lo que le hizo abandonar el circo fue el amor a sus hijos.
Pero no estamos ante una mujer normal, era una reina, una diosa, una diva que a su paso provocaba manifestaciones multitudinarias. Hoy día es difícil entender la devoción que levantaba el circo y sus artistas en las poblaciones. De ahí que reconociera que “yo sólo soy una artista. Y las artistas somos de todos”. Como artista consagrada llegaría al puerto de La Luz a su regreso para instalarse en la isla a bordo del Plus Ultra. Desde varias horas antes de avistarse el barco el muelle estaba abarrotado de gentes deseosas de ver a Pinito del Oro, incluso una avioneta salió al encuentro del barco y lo acompañó hasta puerto ante el asombro de la artista.

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