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Canarii 23 - Historia de la Cultura

La silenciosa voz de la primera escritora canaria

María Joaquina de Viera y Clavijo

Es uno de los primeros nombres femeninos de la literatura canaria, si no el primero. A tenor del número de poesías manuscritas que se conservan en las bibliotecas de El Museo Canario, de la Universidad de La Laguna, la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife y del archivo particular de los herederos de J. A. Álvarez Rixo en el Puerto de la Cruz, los espacios en los que se custodia su obra original conservada, puede afirmarse que es la primera escritora con una producción notable. Aunque esta apreciación deba matizarse con los datos que nos proporciona la imprescindible Biobibliografía de Escritores Canarios (Siglos XVI, XVII y XVIII) de Agustín Millares Carlo, que incorpora en sus páginas otros nombres de autoras isleñas, que apenas cuentan con trabajos de investigación que informe mínimamente de sus perfiles biográficos. Es ésta una laguna existente en el conocimiento de nuestro patrimonio bibliográfico y literario, en lo que se refiere a autoras anteriores al siglo XVIII, porque el siglo XIX sí cuenta con algunas investigaciones y acercamientos críticos (sobre Victorina Bridoux, con el estudio señero de María Rosa Alonso, o de su madre, Ángela Mazzini, con una edición reciente de sus poesías e introducción realizada por Eugenio Padorno). Puede darse por válida, en efecto, esta valoración de María Joaquina, tanto por su proyección en el panorama cultural y literario de su tiempo en La Laguna, El Puerto de la Cruz o Las Palmas de Gran Canaria, como por el número de composiciones poéticas que escribió.
Otro dato relevante e imprescindible para conocer su biografía y perfil literario es el de ser la hermana de José, con el que convivió a partir del regreso del arcediano a Las Palmas de Gran Canaria en 1784, tras su estancia de catorce años en Madrid, adonde se trasladó con el propósito de editar su Noticias de la Historia General de las Islas Canarias (1772-1783). Este dato es sustancial porque nos permite reconstruir el ambiente cultural y literario en el que María Joaquina desarrolló su escritura. Este traslado de la autora desde Tenerife a Gran Canaria se explica por las costumbres y prácticas sociales inherentes al rol doméstico en la historia privada de las mujeres. Sobre este aspecto de la vida de María Joaquina hay una recreación literaria de Dulce María Loynaz en Un verano en Tenerife, en donde se evoca la relación entre ambos hermanos: “-María Joaquina, tráeme, otra pluma, que ésta ya no escribe”. Pero María Joaquina está en el patio limpiando de babosas sus rosales de Bengala; ya debió hacerlo antes del novilunio, y es que siempre sus cosas son las últimas, atareada un día y otro por afanes domésticos [...] Ríen los dos. Son de veras felices. No tienen más que el patio sombreado de eucaliptos, una antigua afición de Bellas Letras y la conciencia muy tranquila. Tienen bastante ya: lo tienen todo”.
Esta ficcionalización de esta posible escena doméstica refleja de modo certero la relación afectiva estrecha existente entre ambos hermanos y la función doméstica que la sociedad española de los siglos XVIII y XIX asignaba a las mujeres solteras. Del afecto de la autora por su hermano también sabemos por el celo con el que gestionó el legado de José, tal y como se documenta en una carta dirigida a Diego Domínguez y en la respuesta de éste, conservadas en el Archivo Capitular, como recoge Millares Carlo en su obra, acerca de un incidente acaecido el 22 de octubre de 1813. En ella declara su profundo pesar por la reprobación de los manuscritos que había efectuado un eclesiástico. Esta entrega al espacio familiar también se patentiza en que María Joaquina se ocupó del cuidado de su madre enferma en el Puerto de la Cruz, cuando el resto de la familia se había trasladado a La Laguna en 1756, al ser nombrado su padre, Gabriel del Álamo y Viera, para desempeñar una escribanía.
Los datos que conocemos de su biografía pueden extraerse principalmente de unas notas que redactó J. A. Álvarez Rixo, que preceden a los dos tomos de poesías manuscritas copiadas por Agustín Millares en 1880, a partir de un cuaderno de poesías recopilado por el propio Álvarez Rixo, conservado en el archivo particular de sus herederos. Según estos datos, la autora nació en el Puerto de la Cruz de la Orotava el 27 de marzo de 1737. No hay más información relativa a sus primeros años de vida, pero por lo que escribe Álvarez Rixo se sabe que recibió una educación propia de su sexo, basada en los principios morales cristianos, dada la notable religiosidad familiar. Cuando ésta se traslada a La Laguna, ella regresa al Puerto de la Cruz para cuidar de su madre enferma hasta el fallecimiento acaecido en 1772. María Joaquina pasa entonces a residir en La Laguna, lugar en el que permanece hasta su traslado a Gran Canaria a partir de 1784, para convivir con sus hermanos José y Nicolás, a los que atiende hasta sus respectivos fallecimientos y hasta su propia muerte en 1819, tras otorgar testamento en 1816. Por su testamento se sabe también que residió en La Orotava, en la etapa previa a su desplazamiento a Las Palmas de Gran Canaria, pero no se puede precisar la fecha.
De su estancia en La Laguna nos ofrece datos la profesora Carmen Fraga en el primer trabajo amplio que se acometió sobre la actividad artística de María Joaquina. Nos informa de la relación que entabla con los círculos intelectuales ligados a la Ilustración, aunque sin que sea posible detallar su nivel de conocimientos, lecturas o el grado de relación que mantendría con los artistas y escritores del momento. Sí sabemos de su afición a la escultura y a la escritura. Respecto a su labor escultórica los primeros datos los extraemos de su testamento, documento inestimable para conocer algunos detalles biográficos. En una de sus cláusulas lega a su sobrina Micaela Ginori, una de sus herederas universales, una urna con cristales con un Ecce-Homo ejecutado por ella. Respecto de esta actividad, Carmen Fraga comenta que realizó retratos de tipo escultórico, en barro, actividad novedosa en Canarias hasta el siglo XVIII, dado que hasta ese momento sólo se acometían retratos religiosos, no laicos. En el panorama artístico insular las mujeres sólo habían cultivado la pintura, de la que se conocen los nombres de algunas pintoras doradoras. En el estudio de J. Concepción Rodríguez, sobre patronazgo y mecenazgo en las Islas, menciona a María Joaquina, junto con otros nombres, pero se trata de una nómina exigua. No es extraño dada la reducida presencia de las mujeres en el ámbito de la creación artística insular. Así como de su poesía se conservan copias manuscritas en las bibliotecas insulares, no se tienen noticias de la conservación de sus trabajos escultóricos. En cualquier caso, trabajó en un plano privado, dada la carestía de los materiales, razón por la que empleó el barro como materia prima, tal y como recoge Carmen Fraga en el artículo citado. La autora no frecuentaría el taller por razones económicas y de sexo, porque las mujeres no podían comercializar sus obras, frente a los artistas varones.
Tenemos referencias a su arte por sus propios versos, de los que se desprende la realización de retratos u otras piezas para sus amigos, personalidades del espacio cultural canario, pertenecientes a los círculos artísticos, eclesiásticos y culturales en los que se movió. A muchos de ellos dedicó sus versos, como a los obispos Antonio Tavira, Antonio Martínez de la Plaza, Luis de la Encina y Perla, José Delgado y Venegas, etc. Entendemos que por mediación de sus hermanos, especialmente a través de José. Ejemplos de estos versos es una décima titulada “Al reverendo Padre Maestro Sosa, remitiéndole una imagen de Santo Tomás hecha por la autora” (“Es de mi mano esta hechura / De Santo Tomás de Aquino, / Trabajada sin el tino / Ni las reglas de escultura. Pero al fin ella es figura / Del angélico doctor; / Y aunque le falta el primor / Y la perfección del arte, / Recíbela de mi parte / Por el Santo y en su honor”) o la octava “Al Ilustrísimo Sr. Servera remitiéndole su retrato hecho de barro al tiempo que el Capitán D. José Rodríguez pintaba otro en acción de predicar” (Del célebre Rodríguez el pincel /Excede en infinito a mi buril / En lienzo mil primores obra él, / Yo trabajo mi arte en barro vil. / Al lado de su copia exacta y fiel, / Mi escultura parecerá pueril. / En conclusión, él llevará la palma, / Pues yo retrato el cuerpo y él el alma). Como puede observarse, los destinatarios son personas notables de la sociedad canaria. El imaginero José Rodríguez, a juicio de Carmen Fraga, influyó en la vocación escultórica de María Joaquina, relación que surge en el seno familiar, pues el pintor era protegido de don Lope de la Guerra. Se constata también la actitud humilde de la creadora ante sus trabajos, más allá del ejercicio retórico de la humilitas, propia del rol de escritora o artista en un contexto masculino.
En cuanto a la escritura, su hermano fue sin duda un modelo y referente en su práctica poética. Las líneas temáticas preferentes que cultivó son la religiosa, la cómico-burlesca y la circunstancial. Descuella en la composición de poesías devotas en las que aborda motivos cristológicos (con preferencia por el ciclo de la Pasión o Cristo en el madero), hagiográficos o marianos. Estos poemas cabe entenderlos en el contexto de la comunicación íntima, oracional, con la divinidad en estrecha relación con su fe y devoción. No decayó el cultivo de la poesía religiosa en el siglo, además de constituir un tema preferente entre escritoras contemporáneas y áureas. Los asuntos festivos o satíricos (por ejemplo, destaca su Vejamen a las presumidas modistas o los versos contra Godoy) reflejan otra veta significativa, apegada a sucesos cotidianos e implicada con su entorno, como también sucede con la poesía circunstancial (por ejemplo, sus poemas dedicados a personalidades, a amigos, amigas, religiosos o los versos dedicados a la victoria sobre Nelson en 1797). Se aprecia que su fuente de inspiración es la propia realidad inmediata, en la medida en que pueden leerse sus versos como un itinerario por sus actividades cotidianas y por la sociedad insular. Muestran a un yo lírico que vive en el seno de una sociedad religiosa, que usa el verso para celebrar los acontecimientos relevantes, ligados a personalidades de las clases dominantes del universo cultural de la Ilustración canaria.

Bibliografía
Dulce María Loynaz, Un verano en Tenerife, Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, Madrid, 1992
Agustín Millares Carlo y Manuel Hernández Suárez, Biobibliografía de Escritores Canarios (Siglos XVI, XVII y XVIII), en colaboración con Antonio Vizcaya Carpenter y Agustín Millares Sall, ed. de J. A. Martínez de la Fe, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Madrid, t. VI. Carmen Fraga González, “María Viera y Clavijo en el ambiente artístico de los ilustrados en Canaria”, El Museo Canario, XLVII (1985-1987).
Testamento de María Joaquina Viera y Clavijo, edición de Carlos Gaviño de Franchy, número 4, Colección Facsímiles del Archivo Histórico Provincial de Las Palmas, Las Palmas de Gran Canaria, 2009
J. Concepción Rodríguez, Patronazgo artístico en Canarias en el siglo XVIII, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1995
La obra poética de María Joaquina de Viera y Clavijo, ed., introducción y notas de Victoria Galván González, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2006

Imágenes

La autora

Doctora en Filología Española y profesora Titular de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Sus trabajos de investigación se han centrado en diferentes aspectos de la literatura española de los siglos XVIII y XIX, como estudios de poesía, novela, traducción, literatura de viajes, las escritoras isabelinas, etc. Sobre autores de la Ilustración ha publicado La obra poética de José de Viera y Clavijo (1999), La obra poética de María Joaquina de Viera y Clavijo (2006), Viera al trasluz (2009), José Viera y Clavijo. Antología poética (2009). Y con Ángeles Mateo del Pino, A contracultura. Insurrectos, subversivos, insumisos (2009).

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