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Canarii 23 - Entrevista

Lola de la Fe, escritora

“No pude estudiar por dinero pero he sido toda mi vida una novelera terrible”

María Dolores de la Fe Bonilla (Las Palmas de Gran Canaria, 1921), mujer apasionada por todo, una novelera tremenda, según sus propias palabras. Es autora de títulos inolvidables como Happenings para Jacob (1972), Las Palmas casi ayer (1978) o las novelas Isla espiral (1982) o Tiempo en sepia (1988) y, aunque trabajó como secretaria, ha colaborado en varios periódicos (La Provincia y Canarias7).

¿Qué recuerda usted de sus primeros años, cuando conoció a Carmen Laforet?
Cuando empezó lo que se llamó el ‘Movimiento’ que dio lugar a la guerra, nos asomábamos cada una a la ventana en nuestras casas y no veíamos más que grupitos de gente. Empezó el instituto, cuarto curso, enseguida nos reunimos las amigas a preguntar qué pasó por tu casa y coincidimos todas en que lo que veíamos eran grupitos y grupitos. Por eso le pusimos a la revista el nombre de grupitos.
¿Qué contenidos escribieron?
Cada una escribía lo que le parecía. Sólo duró un número porque yo me aburrí de pasar a limpio. Era el año 36, imagínate, nadie tenía imprenta, ni copiadora, me aburrí y lo dejamos, pero es un número muy valioso.
¿Cómo fue esa etapa de su vida?
Aquí siempre hubo muchas ganas de estudiar, menos algunos padres retrógrados. Yo sí quería estudiar Filosofía y Letras pero aquí no había universidad. La universidad me cogió casada, con hijos. Mi padre consultó a una monja teresiana, pariente, para ver si podría ir a un colegio mayor de la orden en la Península. Pero en aquella época, en los años cuarenta, estudiar allí suponía pagar ochocientas pesetas al mes, que era el sueldo de mi padre. Así que de ninguna manera podía estudiar. Yo lo que he sido toda mi vida es una novelera terrible. Bien me interesan todas las cosas, siempre metida en todo.
¿Qué cosas le interesaron?
Me interesaba todo. Yo a eso siempre lo llamé aprender a vivir. Siempre muy independiente, pero sin hacerle daño a nadie. Mi forma de ser para mí, sin molestar a nadie. Hay que vivir y dejar vivir.
Había dos cosas que odiaba en el instituto por encima de todas las cosas, las Matemáticas y la Física. Durante las clases de Matemáticas yo me ponía a escribir un cuento, lo que me parecía, como no podías escaparte de clase porque pasaban lista, hasta que Carmen Laforet descubrió que un profesor nuevo no pasaba lista. Entonces me decía vamos a correr aventuras. Y la aventura era un paseo por la Marina. Hablábamos de sueños, imaginaciones y lo que nos reíamos, porque yo creo que lo que marcó nuestra amistad es lo que nos hemos reído juntas sobre cualquier cosa, boberías.
¿Qué destacaría de usted?
No tengo sentido dramático. Las cosas son como un faro para enfocarlas de diferentes maneras. Así no son tan malas, las sobrellevas mejor.
¿Qué podría comentarme de sus amistades de ese tiempo?
Me encanta que hoy se puedan tener tanto amistades femeninas como masculinas, porque en mis tiempos los chicos huían de las chicas como del fuego. Mis mejores amigos, aparte de Carmen, han sido chicos. He tenido amistad con Luis García de Vegueta, con quien años y años mantuve una amistad estupenda. Con Pedro Lezcano, el poeta, que tenía una imprenta en la calle de Tomás Morales. Me iba a la imprenta de Pedro y me sentaba a alegar un rato hasta la hora del almuerzo, que volvía a mi casa. La amistad con Pedro fue desde el bachillerato también. Nos reíamos mucho. Y Venturita Doreste también, otro poeta buenísimo. Bajaba por Perdomo a Triana por las tardes. Me veía con Luis, con Pedro, Venturita. He leído casi toda la producción primera de Pedro. Chano de la Nuez tenía una farmacia en la esquina de Malteses, en la calle que yo siempre le llamé los Moriscos, en su rebotica teníamos unas tertulias estupendas, a las que iba Pedro Lezcano, Chanito, Antonio de la Nuez también. Teníamos un grupito bueno en toda la época de los años cuarenta. Nos reuníamos siempre. Y donde más nos veíamos era en el Museo Canario, que entonces era un sitio tan animado. Íbamos casi todas las tardes, porque tenía mucha vida social.
¿De qué hablaban en la tertulia?
En la tertulia casi siempre estábamos hablando de libros. Nos creíamos tan importantes porque habíamos leído a Aldous Huxley, Contrapunto, que lo devoramos, lo desencuadernamos casi.
¿Cómo adquirían los libros?
El que más me aportó títulos era Venturita Doreste, como leía tanto. Ha sido la persona más inteligente que yo he conocido. Tenía esa visión tan clara para penetrar en un libro. Colaboraba en Ínsula y fíjate si era inteligente que aprendió inglés él solo, leído, porque no lo pronunciaba. Hasta leía y traducía a Shakespeare. Tuvimos la suerte de encontrar una librería, la de Margara Bosch, que traía libros de Argentina, de la editorial Sudamericana, y nos avisaba. Éramos una pandilla de gente sin perras. Todos teníamos nuestro empleíto, trabajito. Los que trabajábamos y podíamos nos turnábamos para comprar el libro que traía Margara y pasaba por todos nosotros. Era amistad. La amistad era una cosa con mayúsculas que no tenía sexo. Una época bonita es cuando fuimos balleneros de San Borondón, nombre que le puso Luis García de Vegueta.
¿De qué cosas hablaban?
No nos interesaba la política, porque además te detenían por cualquier cosa. Lo nuestro era la literatura, los versos. Leíamos lo que se podía leer y sobre todo Venturita Doreste tenía una biblioteca estupenda y nos prestaba muchísimo. Hasta que le dieron el premio Nadal a Carmen ninguno hablábamos de publicar, sino que leíamos los versos de alguno de nosotros, los comentábamos, sin pensar en publicar. El que empezó a publicar fue Agustín Millares, que no iba fijo a la tertulia.
¿Quiénes integraban la tertulia?
Los fijos éramos Pedro Lezcano, Arturo Sarmiento, Luis García de Vegueta, Venturita, Carmen, yo. Yo no estaba suscrita a revistas. Ventura sí estaba enterado de lo que pasaba en España, porque estaba suscrito a Ínsula, que nos informaba. Éramos una partida de arramblados que no teníamos ni para el periódico.
¿Qué otras cosas hacían?
Íbamos al cine Cuyás. Casi todo el cine era americano. Al salir enseguida hablábamos de la película. El Museo Canario era el sitio que más frecuentábamos, siempre se hacían cosas. La primera exposición de Manolo Millares fue allí.
¿Qué otras amistades destacaría?
En Madrid conocí a Gloria Fuertes, que estuvo aquí en casa un mes. La conocí en el Teatro Lara, que los domingos por la mañana hacían sesiones poéticas en las que los poetas desconocidos podían recitar sus versos. Me acerqué a saludarla cuando leyó y me dijo que tenía nombre de judía conversa. Tenía mucha gracia. Le sacaba partido a cualquier palabra. Era muy creativa.
¿Cómo fue la relación con Carmen a lo largo de los años?
Carmen y yo teníamos una amistad no literaria, teníamos una intimidad sobre nuestras cosas particulares, más como hermanas. Ella me mandó una carta de cuatro hojas nada más llegar a Barcelona que es el núcleo de su novela Nada.
¿Qué recuerdos tiene de su trabajo?
Yo era lo que se llamaba una secretaria. Era famosa por mi velocidad escribiendo a máquina. El presidente del consejo de Administración, presidente del Cabildo, que se llamaba Matías Guerra, hablaba, tenía una verborrea increíble, y hubo un congreso un domingo por la mañana, al que fueron todos los tomateros, porque mi oficina tenía que ver con la exportación de tomates y plátanos. Y don Matías tomó la palabra. Fíjate cómo hablaría que cuando el lunes pasé a máquina todo lo que había hablado fueron dieciocho folios. Y se lo mandé a don Matías para que aprobara y lo pasara al libro de actas. Me llamó por teléfono y me dijo, Lolita, yo hablé tanto y me dieron ganas de tutearlo, de decirle, no lo sabes tú bien.
¿Qué puede decirme de su amistad con Manuel González Sosa?
Todavía no se me quitará lo de su muerte. Éramos íntimos, íntimos amigos. Mi primer libro, Las Palmas casi ayer, fue él quien me impulsó a que se lo dejara al Museo Canario para que se publicara. Le encantó, porque él decía que aquí en Las Palmas hacían mucha falta memorialistas, porque nadie escribía sus memorias. No sé que habrá hecho él con sus memorias, porque tenía unas memorias exquisitas, qué cosas más lindas escribía. Para mí ha sido la persona más valiosa, como señor particular valiosísimo, pero además como escritor, como poeta, lo más valioso que tenemos en Canarias. Era la modestia, tú sabes que su seudónimo era Modesto Deveras. Y también Ángel Aguiar. Era la modestia auténtica. Cuando lo propusieron para el premio Canarias, casi araña al tipo que se lo vino a proponer. No le cabía en la cabeza la idea de que él mereciera un premio. Cuánto ayudaba a tanta gente, pero auténtico. Él luchaba siempre por la pureza de las palabras. Le costaba tanto hacer un poema porque buscaba la palabra exacta. A pesar de su gran respeto por la poesía, como una persona le mandara sus poemas para que los leyera, si no valían, él no le echaba azúcar, porque decía que era mejor que te duela de primer momento.
¿Qué puede decirme de su experiencia como traductora?
Yo traduje, que me quedó muy bien, La saga de los Miller. Me sirvió saber traducir del inglés para ganarme la vida. Me pagaban mil pesetas más, pero no he hecho traducciones famosas. Y ha habido libros, me acuerdo de uno de la editorial Kairós que lo encontré tan mal traducido que yo dije que yo me atrevería a traducirlo. De haberlo traducido yo creo que lo hubiera hecho mejor.
¿Y sobre su investigación acerca de Ignacia de Lara?
Sobre Ignacia de Lara, la conocí por una de sus sobrinas que me habló mucho de ella. Imagínate una persona profundamente religiosa, no carca, sino de creencias firmes. El sueño de su vida era ser madre. Se casó y no tuvo hijos. Y al poco tiempo el marido la abandonó, se fue a vivir con otra y tuvo cinco hijos con la otra. Imagínate tú la frustración porque ella no pudo. Y tener escrito un soneto para que se publicara el día de su muerte. Como creyente me pareció una persona admirable. Siempre se la veía resplandeciente, dispuesta a ayudar a todo el mundo, una persona que representa lo que se llama la bondad. Y la idea de que escribiera sobre ella fue de José Miguel Alzola y Manuel González Sosa me seleccionó veinticinco poemas suyos.
¿Percibió afinidades con ella?
Me sentía identificada con ella como persona. Casi con envidia, porque soy una persona creyente, pero siempre me han asaltado dudas. La envidiaba por su firmeza absoluta.
¿No se atrevió nunca a escribir poesía?
Le tengo tal respeto a la poesía que ni un pareado. La poesía es una expresión tan excelsa que sería una falta de respeto, aparte de que soy incapaz de escribir nada, sí sé apreciarla. No sé si es porque pensaba que si escribiera un verso, Manolo me echaría un pleito. Él cuando producía un verso ya estaba, no lo tocaba, lo publicara o no.
¿Compartían la fase de elaboración y escritura?
Yo sí le daba mis trabajos, porque teníamos una gran amistad. En el libro que más intervino fue en Las Palmas casi ayer, que termina en el año 36. Me sugirió que parara en ese año. Para mí lo que él decía era el Evangelio. Entre mis amigos y yo siempre hubo un respeto por lo que hacía cada uno. Todos nos leíamos y nos enterábamos de todo y deseando siempre leer más cosas, pero nunca he corregido ni borrado lo que escribía. Se me ocurría algo mientras estaba en la cocina con un potaje, iba a la máquina y lo pergeñaba, y lo dejaba así, porque no soy perfeccionista, excepto en las correcciones normales.
¿Cuáles fueron sus motivaciones cuando empezó a escribir?
Fue el cariño por las palabras canarias. Hemos sido tan originales en nuestras comparaciones que me da mucha pena, porque desde que vino la televisión ningún niño aprende una palabra canaria. Todos hablando como la tele, con giros que no son canarios. Recuerdo cuando fui a televisión. Me invitó Íñigo. Lo vi tan peninsular que me dieron ganas de hacerle una mataperrería. Me dijo, por fin pudo usted venir. Le contesté, me dejé coger la camella. Y puso una cara, porque no sabía si tomarlo como picardía. De ahí viene que sobre todo últimamente escribía con muchos canarismos. Me daba una alegría porque escribía en la última página de La Provincia. Cuando bajaba a Triana los lunes, los jubilados cada cinco minutos me paraban y me decían lo mucho que les había gustado. Veo también que el periodista moderno no tiene cultura ninguna. A menos que se haya dedicado a la crítica literaria. Ya ves que hoy ya no salen críticas, solo una reseña el día de las presentaciones de libros. Cuando salió mi libro Happenings para Jacob siguieron saliendo comentarios de personas que se habían leído el libro. Los culturales ahora son poca cosa. El que llevaba Manuel González Sosa, El cartel de las artes y las letras, era una preciosidad. Manolo entendía y no publicaba sino lo que era realmente bueno, atendiendo a la calidad de lo que se escribía por respeto al lector, pensando que el lector no es idiota y que se merece leer una cosa buena.

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La autora

Doctora en Filología Española y profesora Titular de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Sus trabajos de investigación se han centrado en diferentes aspectos de la literatura española de los siglos XVIII y XIX, como estudios de poesía, novela, traducción, literatura de viajes, las escritoras isabelinas, etc. Sobre autores de la Ilustración ha publicado La obra poética de José de Viera y Clavijo (1999), La obra poética de María Joaquina de Viera y Clavijo (2006), Viera al trasluz (2009), José Viera y Clavijo. Antología poética (2009). Y con Ángeles Mateo del Pino, A contracultura. Insurrectos, subversivos, insumisos (2009).

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