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Canarii 3 - Entrevista

Juana Casañas Quintero

Amor en tiempos de clandestinidad

La persecución política durante y tras la Guerra Civil española provocó que muchos activistas políticos permanecieran escondidos durante largo tiempo. Uno de los casos más conocidos fue el del herreño Manuel Hernández Quintero, alcalde del pueblo grancanario de Firgas –el más joven de la II República-, que permaneció ocho años escondido y llegó a ser conocido por Manuel el huido. Entrevistamos a su viuda, Juana Casañas, autora del libro ‘Historia de Manuel el Huido’, un libro fundamental para comprender el fenómeno de los escondidos de la Guerra Civil y un testimonio de un amor en la clandestinidad.

¿Cómo es la historia de Manuel el Huido?

Vino a los 13 años de El Hierro a Las Palmas de Gran Canaria a estudiar Magisterio. La primera escuela se la dieron en Firgas, a los 20 años, ya con la oposición sacada, y a los 22 lo designaron alcalde del municipio de Firgas y allí estuvo, pues no llegó al año, porque se fue el 16 de julio de 1936 para El Hierro, de vacaciones, y el 18 estalló la guerra. Y a la semana o un poco más llegó un señor de Firgas mandado por los amigos a decirle que al segundo alcalde lo habían desaparecido y que a él lo estaban buscando; que ya sabían que estaba en El Hierro y que iban a buscarlo. Entonces se escondió pensando que aquello era cosa de días. Estábamos en La Restinga y allí se escondió. En un barco lo llevaron a él y a dos amigos para el faro de Orchilla, a las 12 de la noche salieron; los dejaron allí y, bueno, a ver lo que pasaba. Y a los tres días llegaron la Guardia Civil y los falangistas a buscarlo, a preguntar por él. El padre les dijo que estaba pescando. Le dijeron que se presentara en el cuartel; pero, por supuesto, no se presentó.

Ya entonces empezó la busca y captura; ya al ver que no se presentó y que también había dos amigos con él, empezaron a buscarlo por todo el Sur, que eran las costas de la Dehesa y La Restinga, donde él estaba escondido. Al año y medio hicieron el simulacro de fusilamiento. La madre de Miguel, su compañero, que vivía en Las Palmas de Gran Canaria, fue a ver al hijo y ellos, suponiendo que esa noche iría a verlo, vigilaron la casa. Cuando salió por la noche con la sobrina a una cueva a verlo, lo cogieron y más que nada lo peor fue que encontraron un diario que tenía escrito, que mi marido le decía que eso era muy peligroso, que ellos no iban a olvidarse de las personas que le hacían bien y los sitios donde estaban; pero él decía que no, que cómo lo iban a encontrar y lo encontraron y esa noche detuvieron a más de 20 personas, todos los que los llevaron en el barco el primer día, los que les llevaron la comida... al mes siguiente se presentó el otro compañero, que era José Padrón Machín, y ya se quedó solo hasta los cinco años que ya se vino para casa y allí estuvo otros tres.

Cuando comenzaron las persecuciones, el pueblo se volcó con ellos, ¿no?

Todo el pueblo, casi todo el pueblo, y digo casi, porque, cuando se creó el cuerpo de Falange Española, muchos del Pinar, bueno, y de toda la Isla también, se incorporaron. Tenía su jefe, le decían el de la Bibiana, José J. Benítez, que ése, bueno, ése maltrataba a la gente y a todos, porque a la gente del pueblo la llevaban al Casino del Pinar; allí les daban unas palizas tremendas para que dijeran dónde estaban; unos no sabían, pero otros sí. Nunca lo dijeron. Los encerraban en unos calabozos, no les daban de comer ni agua a ver si confesaban, pero nunca dijeron nada.

Y con el paso del tiempo...

Al final no era tanto el acoso como al principio. La persecución se descuidaba un poco, pero sí de vez en cuando iban para la casa a registrar. En casa de la familia tenían todos los colchones destrozados porque con las bayonetas caladas, cuando iban a registrar, los perforaban a ver si él estaba en medio de los colchones. Y así pasaron mucho. El padre murió. Tenían una tienda y se lo requisaban todo. La saqueaban. Tenía 58 años el padre.

¿Cómo conoció a Manuel?

Cuando yo tenía 10 años –los iba a cumplir, aún no los había cumplido- estuve cinco años sin verlo. Frecuentaba la casa, pero él no estaba allí: aquellos años no los pasó en la casa, sino en las cuevas y donde podía y, a los cinco años, lo vi en la casa y ahí empezó nuestro noviazgo. Como yo iba allí y él me estaba viendo; aunque yo no lo podía ver en la habitación que tenía un visillo, me estaba observando desde hacía meses, pero, claro, yo tenía 14 años y se lo dijo a los padres, y los padres le dijeron que si estaba loco, que yo tenía 14 años, la misma edad que la hermana... Y, cuando cumplí 15 años, se me presentó y ahí empezó nuestro noviazgo y a escribirnos y así duró tres años, de 15 a 18 años. Ya él entonces estaba solo, a uno de los amigos lo habían cogido y el otro se presentó; se murió el padre, ya estaba cansado e hicieron en la casa una especie de zulo donde él, cuando venían a registrar, se metía y al no encontrarlo pues se sintió más seguro y así continuó hasta casi ocho años que duró la persecución; faltó un mes para ocho años.

Es decir, que lo conocía de antes...

Yo no tenía hermanos entonces, yo a él lo quería como a un hermano, porque el único que tengo nació después de la guerra, y, bueno, ya entonces empezó a escribirme papeles –las cartas eran papeles-. Dos hermanas que tenía me las llevaban. Él me contaba todo lo que estaba pasando y que estaba enamorado de mí, y a mí las cartas me hacía ilusión recibirlas; yo nunca había tenido pretendientes y me hice novia de él. Sin cumplir 16 años ya era su novia. Y así estuvimos tres años escribiéndonos. Yo alguna vez iba a la casa y me invitaban a comer, porque decía que quería verme. Sufrí mucho porque mis padres no sabían nada, no supieron nada hasta el día que salió. Muchas veces él me contaba las cosas y yo tenía ganas de llorar y más que nada el miedo que pasaba, porque tenía a los guardias civiles y los falangistas enfrente de mi casa, que tenían el campamento. Yo siempre estaba asustada, que era muy joven. Me parecía que, cuando salía a la calle, me los tropezaba, que me cogían y de noche era cuando podía yo llorar, porque de día no podía porque mis padres no sabían nada.

Después hubo otro problema, porque tenía entonces 18 años y él 31. Quisimos casarnos enseguida, pero no lo dejaron casar porque figuraba que hacía el servicio militar y los soldados no se podían casar haciendo el servicio. Teníamos que esperar tres años. Como al salir estuvo preso en Paso Alto seis meses, ya eran dos años y medio. Y entonces destinaron a un cura al Pinar que era de la misma edad que él y se hicieron muy amigos y un día le comentó que le llamaba la atención por qué no se casaba, después de tantos años escondido, de tener novia. Y ya él le explicó el motivo. Y el cura le preguntó si él se había vestido de soldado allí y él le dijo que no; le dieron la ropa y la ropa se quedó en casa. Le dijo: “Bueno, ustedes preparen todo y cuando tengan todo preparado yo paso las amonestaciones y si nadie dice nada yo los caso y se acabó”. Lo hicimos así y nos casamos en el 46.

Aquél fue un amor difícil, ¿verdad?

A los 15 años ya se es joven y las madres llevan a las hijas a los bailes. Y yo iba al Casino del Pinar, como iban todas las jóvenes. Enfrente del casino había un moral y él preparó una atalaya allí, con una madera, la ajustó. No sé cómo se las arregló para sentarse a ver los bailes, las bodas que allí se celebraban. Entonces se sentaba, porque el baile duraba de las nueve a las doce o una, no más, y él se pasaba el tiempo allí. Y ya después me dijo que él me estaba observando del moral, que cuando empezara el baile que mirara para ver la luz del cigarro –él fumaba— y la lucecita del cigarro la veía yo solamente porque sabía que estaba allí. Yo procuraba esconderme en los balcones para que no me sacaran a bailar porque entonces precisamente los falangistas y los militares iban a los bailes y bailaban con las chicas que a ellos les gustaran; no les importaba que tuvieran novios o que no quisieras bailar: ellos exigían que bailaras. Tal es así que él estaba en el moral y un teniente que estaba de jefe en el campamento se empeñó en bailar conmigo toda la noche y yo le dije que no y entonces en el centro del casino mandó sentarse a todo el mundo y sacó la pistola; disparó por el balcón dos o tres disparos y dijo que allí mandaba él y bailaba con quien quisiera. Manuel, que estaba en el moral, al oír los disparos, pensó que alguien lo había visto y salió para la casa de José Pérez y allí llegó la mujer con la hija y contó lo que había pasado.

¿Cómo fue su reacción cuando vieron los pozos donde había estado Manuel escondido tanto tiempo?

Él me llevó después de nosotros casarnos. Estuvo un año viviendo en El Hierro; allí nació nuestro primer niño. Y me llevó a muchas cuevas donde estuvo. Y, claro, eran agujeros en el suelo, en la lava volcánica, y yo me impresionaba mucho. Y después, más tarde, hace dos o tres años, vi dónde pasó dos años, casi tres años, en dos cuevas que eran unos agujeros prácticamente –ya estaba él solo—. Lloramos muchas veces en las cuevas cuando él recordaba y le daba sentimiento; él fue muy sentimental siempre.

Antonio Becerra Bolaños es Doctor en Filología

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