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Canarii 3 - Historia Moderna

La suerte del jefe guanche de Icod después de la conquista

Los menceyes, en las tinieblas del olvido

Una de las grandes incógnitas de la Historia de Canarias es el paradero de los menceyes vencidos a raíz de la conquista de Tenerife y llevados por Alonso de Lugo ante la Corte de los Reyes Católicos en la primavera de 1496. La ausencia de noticias sobre casi todos ellos envuelve en un aire de misterio el destino que pudieron haber sufrido. Hasta hoy sólo había constancia de que viviera en Tenerife después de la conquista el Mencey de Adeje, don Diego, a quien se le trató con cierta deferencia. Del resto, apenas ha habido noticia alguna. Sólo de dos de ellos, del de Icod y del de Anaga, en el curso de nuestras investigaciones históricas, hemos podido recabar datos novedosos que arrojen un poco de luz en las tinieblas del olvido en que se movieron los régulos aborígenes tras la conquista de Tenerife.

Recordemos que Alonso de Lugo, uno de los capitanes intervinientes en la conquista de Gran Canaria en 1478-1483 bajo las órdenes de Pedro de Vera, concertó con los Reyes Católicos en 1492 la conquista de la isla de La Palma. La rapidez con que llevó a cabo esta empresa, apenas diez meses, le hizo merecedor del encargo de la conquista de Tenerife, la última isla por incorporar a la corona castellana. La expedición de conquista sufrió una terrible derrota en el barranco de Acentejo en la primavera de 1494, lo que obligó a los supervivientes a reembarcarse rumbo a Gran Canaria. Lugo, tras haberse rehecho liquidando su patrimonio personal, volvió a la carga un año después. La campaña militar fue planificada con más cautela, de forma que los choques armados cayeron esta vez del lado de los conquistadores, considerándose terminadas las hostilidades en torno a febrero de 1496, fecha en que debieron rendirse los jefes guanches ante la imposibilidad de hacer frente con éxito a los castellanos.

Al igual que había hecho Pedro de Vera con el Guanarteme grancanario, Alonso de Lugo resolvió llevar a los menceyes guanches ante los Reyes Católicos en señal de triunfo, y a fin de que éstos prestaran personalmente la sumisión a sus majestades.

La Corte en aquellos años era itinerante, por lo que Lugo, tras desembarcar en Sanlúcar o Sevilla, tuvo que seguir los pasos de los Reyes hasta dar con ellos en la villa soriana de Almazán. La fecha de llegada del capitán conquistador y su comitiva guanche no es segura, pero debió ocurrir entre el 20 de abril de 1496, fecha de la llegada de la Corte a dicha villa y el 10 de junio de 1496, día en que se atestigua la presencia de los menceyes en el séquito real. Los menceyes fueron presentados ante los Reyes, probablemente a finales de mayo de 1496, decidiendo estos acogerlos en su Corte, aunque no se les permitió el regreso inmediato a la isla. Los monarcas, como habían hecho en ocasiones anteriores, solían adscribir a sus cautivos importantes a las casas de personajes de la Corte, donde eran adoctrinados e integrados en la cultura castellana. En 1493, Cristóbal Colón regresó triunfante de su primer viaje a las Indias con varios indios principales, que fueron entregados a los Reyes, igual que haría Lugo más tarde con los Menceyes. Los ilustres cautivos fueron adscritos a miembros de la Corte para que fueran aculturados y adoctrinados. De uno de ellos, “que se llamó don Juan de Castilla, quiso el príncipe para sí, y que quedase en su real casa, y que fuese muy bien tractado e mirado, … e mandó doctrinar y enseñar las cosas de nuestra sancta fe, e dio cargo de él a su mayordomo Patiño.…”.

Recordemos el nombre de este mayordomo, Patiño, que será pieza fundamental de la historia de nuestro mencey. Como vemos, no era inusual que se adscribiera algún cautivo relevante a la Corte del príncipe, o de los Reyes, como especie de ornamento o trofeo exótico que los distrajera o pudieran exhibir a sus visitas.

Pensamos que igual ocurrió con los Menceyes. Es seguro que los pertenecientes a los bandos de guerra fueron presentados por Lugo como esclavos, sin que tengamos certeza del trato dispensado a los menceyes de los bandos de paces, que debían ser hombres libres. Fueran libres o esclavos, el hecho es que a todos ellos, tras el obligado bautismo, se les dio el título de don, algo extraordinario en aquel tiempo y simbolismo con el que los católicos reyes reconocían la estirpe regia de los menceyes. Evidentemente, en aquella época era incompatible llevar el “don” y ser esclavo, con lo que los régulos guanches debieron quedar en una situación de libertad vigilada, adscritos a las casas de diversos cortesanos.

Por dos documentos fechados en diciembre de 1500 y junio de 1501, conservados en el Archivo de Simancas, nos ha llegado la noticia de que uno de los menceyes de Tenerife, de nombre cristiano Enrique, vivía en las cercanías de la Corte, y había sido vendido como esclavo por uno de los cortesanos del entorno real, el mayordomo Pedro Patiño, el mismo que habíamos visto adoctrinando a un cacique antillano. Quien daba la voz de alarma era el procurador real de los pobres, oficial judicial adscrito a una serie interminable de juicios promovidos por los cautivos canarios injustamente esclavizados a raíz de la conquista de La Palma y Tenerife. En 1500 es cuando se tiene noticia de la esclavización injusta de don Enrique, que de alguna manera hizo llegar el caso a conocimiento del procurador, en este caso Alonso de Sepúlveda, que a su vez trasladó la denuncia a los monarcas, como ellos mismos testimonian: “...diziendo que don Enrique, canario, Rey que fue de Codex, seyendo christiano e libre e quito de toda servidumbre, diz que Patiño, contino de nuestra casa lo tomó e trasportó fuera de nuestra Corte e lo vendió a quien tobo por bien, diziendo que hera esclavo, e que él estava al presente en servidumbre con fierros a los pies….”.

Los Reyes decidieron enviar a uno de los alguaciles de Corte, Juan de Salcedo, para buscar a don Enrique donde estuviera y traerlo de vuelta a la Corte. El alguacil Salcedo se reveló como oficial competente, encontrando a don Enrique y sacándolo de la posesión de la persona que lo había comprado al mayordomo Patiño. En los meses posteriores se abrió un proceso judicial contra el mayordomo, y don Enrique, una vez localizado y liberado de su cautiverio, fue llevado a la Corte para tramitar su proceso judicial en Granada, donde estaba el Consejo Real, que asumió directamente la resolución del pleito.

El procurador Sepúlveda llevó la representación letrada de don Enrique frente a la parte acusada, en este caso Pedro Patiño, que se personó en el proceso aunque su defensa de Patiño no pudo contrarrestar los ataques del abogado del mencey, ya que la sentencia de los consejeros reales fue rápida y sin titubeos: “...en que fallaron, que atentos los autos e meritos deste proçeso, que devian dar e dieron al dicho Enrique Canario por libre e quito de toda servidumbre e catyverio en que este puesto, para que faga lo que quisyere e por bien toviere, asy como persona libre e fuera de cativerio…”.

El 4 de junio de 1501 los monarcas anunciaban a todas las justicias del Reino el resultado del pleito entre don Enrique y Pedro Patiño, por el que se reconocía al mencey icodense su condición de persona libre. Nada más sabemos de él. Sólo la constancia de que los últimos años de su vida los pasó en libertad, posiblemente en Sevilla, donde se había radicado un grupo numeroso de canarios, pero sin que tengamos ni siquiera la certeza de ello. A Tenerife no volvió. Había sido un mencey de bando de guerra, y lo lógico era que no le dejaran volver.

Mariano Gambín García es licenciado en Historia e investigador por la Universidad de La Laguna

Imágenes

Un mayordomo avispado y con mucha influencia

Los miembros del Consejo Real debieron entender la existencia de buena fe en el mayordomo, ya que no fue condenado a pagar las costas del proceso. Esto sólo es explicable si Patiño hubiera creído que don Enrique era esclavo previamente a su reventa por el mayordomo. Pedro Patiño ostentaba el cargo de lugarteniente de mayordomo de la Casa del Príncipe Juan desde 1496. De hecho, la presencia de los monarcas en Almazán en ese año se debía a su decisión de crear en esa villa una Corte especial para el príncipe para ocuparse de su formación y desarrollo. Recordemos que el príncipe murió en 1497, apenas un año después de su estancia en Almazán, y su Corte se disolvió tras su fallecimiento. No es descabellado pensar que Patiño se desembarazara del mencey en la liquidación que hizo de los bienes que conformaban la pequeña corte del Príncipe. Patiño pasó posteriormente al servicio de la Casa de la Reina. Esta es la explicación que se nos ocurre de la benevolencia con que se trató al mayordomo, personaje influyente en los círculos cortesanos, y que no mermó para nada su carrera cortesana, ya que en 1502 era el de veedor de la despensa de la Reina, oficio por el que añadió otro sueldo al que ya percibía.

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