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Canarii 3 - Opinión

El campo de concentración de Tefía en Fuerteventura y la represión contra los homosexuales

Sobre inquisiciones y olvidos

“En cumplimiento a lo interesado por su respetable autoridad, tengo el honor de participara V.I., que de los informes adquiridos dicho individuo es de conducta dudosa en todos los órdenes, también se tiene conocimiento ha realizado actos homosexuales y con tendencia a tal aberración… no se le conocen actividades políticas de ninguna índole”.

“Haber reconocido y observado detenidamente al presunto peligroso social… varón, de 30 años, en quien se aprecian las siguientes circunstancias:

Estado físico. Normal, sin defectos apreciables.

Estado psíquico: deformado en el sentido de su perversión sexual. Sus facultades intelectivas normales. Las afectivas, disminuidas por la misma razón.

Aptitud para el trabajo: la tiene, manifestando dedicarse al comercio.

Inclinación al delito: no se aprecia, salvo su desviación erótica.

Otras circunstancias: a la exploración clínica no se aprecian signos de pederasta pasivo. Sin embargo él mismo manifiesta haber realizado actos de homosexualismo en forma activa.

Es un vago y su conducta es mala por ser un invertido sexual”.

“Participar a V.I. que este sujeto ha estado dos veces detenido por faltas a la moral… habiendo sido ambas veces sancionado con multas… Trabaja… Su conducta es buena, no teniendo ningún antecedente por delitos comunes… Con referencia a si es invertido o no, como se indica anteriormente ha sido sorprendido in fraganti realizando prácticas homosexuales y es público y notorio en cuantas personas le conocen y han sido preguntadas acerca de la conducta del interesado que este sujeto es invertido”.

“Dios guarde a Vuestra Ilustrísima muchos años”, dice al final de cada uno de los escritos. Son informes de la Guardia Civil, médico forense, Ayuntamiento, Dirección General de Seguridad… a petición del juez. El sujeto es anónimo. Da igual de quién se trate. Cualquiera podía ser. Era cuestión de suerte. Bastaba sólo con ser distinto, y atreverse a exponer la diferencia, que te sorprendieran o denunciase un insatisfecho vecino para que iniciara su funcionamiento una terrible maquinaria, emparentada con la Inquisición, que terminaba devorándolos. Informes como éstos y aun más aberrantes forman parte de centenares de expedientes abiertos a los homosexuales durante los duros años de la Dictadura, con una incidencia especial entre las décadas de los cincuenta y los sesenta, alentados por la Ley de Vagos y Maleantes. Una planificada estrategia que tenía por misión limpiar de cizaña cualquier rincón del solar hispano. Los seísmos de una Santa Cruzada. Las consecuencias de la férrea alianza entre la Iglesia y la Dictadura. “Todo ese noble afán para el triunfo y florecimiento glorioso de la vedad católica, que se refleja claramente en las leyes, en las determinaciones y en los organismos de vuestro Gobierno”(Discurso pronunciado en Madrid, el 16 de mayo de 1962, por el cardenal Antoniutti, la víspera de su regreso a Roma). Un contubernio que permitió al clero controlar las directrices morales de un régimen sustentado en el miedo, el silencio, la humillación y el olvido. Alguien dijo que la guerra la habían perdido los maestros y la habían ganado los curas. Creo que tenía razón y que el franquismo fue el brazo ejecutor de sus delirios. “La Iglesia ha visto con qué fortaleza heroica habéis resistido a quienes querían arrancar de vuestros corazones a Cristo y de vuestras tierras la Cruz. Vuestra guerra -¡que tristeza da tan sólo recordarlo!- en la que lucharon hermanos contra hermanos, vuestra guerra, repito, fue ciertamente otra gesta como las pasadas contra el enemigo de siempre” (Discurso pronunciado en Madrid, el 11 de octubre de de 1961, por el cardenal Alfredo Ottaviani, secretario de la Congregación del Santo Oficio).

Tristes delirios que forzaron a centenares de homosexuales al ostracismo y al suplicio, por la sencilla razón de vivir el deseo y el amor de una manera diferente. Canarias no fue una excepción y, en 1954, se creó en Fuerteventura la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía. En realidad, un campo de concentración que se mantuvo en funcionamiento hasta el verano de 1966, donde los homosexuales, delincuentes comunes y algunos presos políticos sufrieron todo tipo de vejaciones. Más de un centenar de homosexuales canarios pasaron por este suplicio. No todos terminaron en el campo de concentración de Tefía, aunque ninguno se libró de la humillación y del escarnio.

“Que debo declarar y declaro en estado peligroso, al expedientado… y en consecuencia se le aplican las medidas de seguridad siguientes, que cumplirá por orden sucesiva.

  1. Internamiento en un establecimiento destinado a los de su clase, por tiempo indeterminado no superior a tres años.
  2. Prohibición de residir en esta ciudad y obligación de declarar su domicilio durante un año.
  3. Sumisión a la vigilancia de delegados durante un término superior a un año e inferior a cinco.

Intentar ligar con otro hombre a la salida del cine, andar a horas oficialmente intempestivas por un parque, pasear por la calle sin disimular la condición de afeminado, tomar una copa en un bar o una terraza que la policía había calificado de indeseable por acudir invertidos era suficiente para que un juez dictara un fallo como éste.

Las decenas de homosexuales que tuvieron la desgracia de dar con sus huesos en el campo de Tefía comprendieron al pie de la letra lo del “valle de lágrimas”. Uno de los directores de la Colonia Penitenciaria, carmelita descalzo, puso todo su empeño en ello. Las vejaciones eran diarias. Ninguno salió ileso.

Igual que hicieron con otros atropellos, sobre este también se decretó el olvido. Siempre me ha interesado el olvido. Qué caminos recorre, qué abismos atraviesa, qué fronteras… Qué verdad, qué mentira se esconde en el olvido… Qué miedos, qué tristezas se cobijan bajo sus tibias alas. Pero el olvido es mar, cuando el mar baja, y en la pleamar, memoria. Memoria como roca que ha cristalizado en las orillas y, con el tiempo, queda como testigo de cualquier ignominia, de cualquier naufragio. Tiempo y olvido, las dos grandes ventajas del verdugo. Los aliados con los que siempre cuenta. Son conscientes de ello. Por eso es necesario que mantengamos intacta la memoria. La única arma que tenemos contra esos desatinos. Sólo memoria contra la barbarie.

Miguel Ángel Sosa Machín es escritor y profesor de Enseñanza Secundaria

Imágenes

El fantasma del miedo

"Los que han silenciado su existencia, después de aquel mal trago, ¿son ahora más felices? Ojalá. Me alegraría por ellos, pero no es cierto. Es miedo. Ni olvido ni perdón. Sólo miedo. Yo conozco muy bien ese fantasma desde antes de ingresar en el campo de concentración de Tefía. Lo palpé en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, durante los interrogatorios tras mis primeras detenciones, después de unas redadas que eran auténticas cacerías de animales. Las bestias cuando eran llevadas en camiones camino del matadero eran mejor tratadas que nosotros. Más de una vez se me ha erizado la piel cuando me he tropezado con uno de estos vehículos hacinados de animales. Hay en sus miradas un susto, un pavor, una súplica… que es mía y que me hace sentir consentidor de ese atropello. Sé que es difícil de comprender, pero es lo que me sucede. Es un espanto con el que empecé a convivir tras mi ingreso en la Prisión Provincial de Las Palmas. No sufrí en la prisión las vejaciones que pasé en el campo de Tefía, pero los malos tratos eran constantes. Fue allí donde conocí el miedo. Un temor sin rostro que llenaba de zozobra. Una alarma que se respiraba de la mañana a la noche y que terminaba filtrándose en los sueños".

Extracto del libro de Miguel Ángel Sosa Machín 'Viaje al centro de la infamia', pág. 81

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