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Canarii 3 - In Memoriam

Recuerdo a Vicente Anaya

Valió la pena, camarada

En los inicios de la década de los setenta operaba en nuestra ciudad la tercera generación de la juventud comunista. Por entonces me tocó la suerte de ocupar puestos de responsabilidad en la organización clandestina de los jóvenes comunistas canarios. Muchos apenas habían estrenado pantalones nuevos cuando ya les arrancaron la juventud y fueron marcados, para siempre, por brutales palizas, si no tormentos, sufridos en manos de las partidas rufianescas de la policía política del franquismo. Los que iban andando con suerte esperaban cada día que llegara su turno. Eran lo mejor de nuestra juventud. ¿Cómo olvidarse de ellos? Falleció muy temprano, apenas cincuenta años, Vicente Anaya, quien fuera mi camarada. Muy pronto cumplió la naturaleza su pronóstico homicida. La noticia me atravesó el costillar como una aguja de amargura, helada, ¿por qué madrugó tanto la muerte para levantar su vuelo?, ¿ni siquiera el derecho a que suene la hora última a su debido tiempo?

Vicente ingresó en la Unión de Juventudes Comunistas, lo recuerdo, ahora soñándole, casi un niño. No era árbol de invernadero, traía en la sangre razones que hacen inflamar las venas. Su madre fue maestra republicana lo que ya bastaba. La represión de una huelga de profesores de instituto le costó a su hermano mayor, militante comunista, identificado como dirigente de los huelguistas, la expulsión de la docencia y un calvario de humillaciones para ganarse la vida. Con eso, Vicente, de golpe, fue empujado a la lucha antifranquista, bajo de Lomo Apolinario a buscar a la juventud comunista y la encontró.

Durante el tiempo que luchamos juntos, que fueron varios años interminables, se destacó por cualidades que eran un tesoro para lo que los tiempos pedían. Tenía el más acusado sentido de la camaradería, astuto, valiente hasta rozar la temeridad, siempre con la mejor presencia de ánimo, con todo, aquel corazón como una fortaleza era su mejor armadura. Muchos estaban en disposición de realizar las acciones más audaces y arriesgadas, lo que distinguía a Vicente era que se dirigía como niño con zapatos nuevos a donde los demás íbamos sobreponiéndonos al miedo.

En aquellos años la juventud comunista realizó una intensísima actividad. Soy testigo directo de que Vicente Anaya estuvo siempre en la primera línea. Es más, tengo la duda de si buena parte de todo aquello se hubiera podido hacer sin su intervención.

Teníamos encomendado el uso de dos pisos francos, por así decirlo -realmente viviendas cuyos propietarios, amigos, residían fuera de las Islas-, destinados a la actividad de propaganda. El instrumental era tan rudimentario que se diría legado por los comuneros de París. Vicente, que era de esos capaces de hacer un reloj con un manojo de verguillas, le metió mano a los artilugios hasta transformarlos en prodigios de la tecnología clandestina.

Participamos juntos en infinidad de acciones de lucha clandestina. Sucedió, en una ocasión, que tras un salto en la calle Santa Luisa de Marillac fuimos sorprendidos por la policía, creo que casualmente: el grupo, unos treinta, se disolvió como alma que lleva el diablo. Vicente y yo nos fugamos como rayos en la misma dirección; ya muy lejos entramos en una heladería. Será que aquella tarde estaba endemoniada, o sería por otra cosa, pero allí nos localizó un coche con dos sicarios de la brigada social que yo conocía. Desde un espejo situado frente al mostrador los vi detener el coche y bajarse; pálido le advertí a Vicente la que se nos venía encima y que por lo que a mí respecta, con la misma me largaba, y no más decírselo me largué, no igual que vine, sino por una ventana que estaba a ras de la acera, y hasta la fecha. Por esas fechas Vicente no era identificado por la brigada político-social, así que decidió permanecer apoyado en la baranda de mármol, inmutable, lamiendo la vainilla con cara de boy-scout. Los esbirros no se lo tragaron. “Tú no te muevas de aquí, cabrón, que ahora volvemos con el otro”, le dijeron. Ni que decirse tiene que Vicente bien que se movió, más bien desapareció, como abducido, que diría el inolvidable Armando León; pero nunca perdonó semejante desprecio.

Las promociones de la juventud comunista que rompieron aguas en aquellos años no buscaban la arena bajo los adoquines: eran la generación de Vietnam; subjetivábamos el instante como parte de una imponente crecida que tenía su cabecera en los deltas del Mekong y en los arrozales de Indochina y que, con indescriptible heroísmo, escribía en aquellas lejanas tierras uno de los momentos mas épicos de la historia de la humanidad.

En nuestra actividad clandestina, la solidaridad con Vietnam sólo cedía ante la lucha por la amnistía que tan cerca nos concernía por nuestros propios presos; los caídos en Sardina del Norte años antes. Por eso nos presentamos en el cine Royal, cuando la proyección de la película ‘Boinas Verdes’, una detestable apología de los agresores y genocidas. Unos estaban dentro de la sala y otros nos colocamos fuera; se arrojaron octavillas, se hondearon banderas vietnamitas. Vicente fue el primero en arrojar las bolsas de pintura contra los carteles fijos y en desmontar el mural publicitario de aquella miseria, que destrozamos a palos. La sesión fue suspendida y los pocos días que permaneció en cartel, para nuestro regocijo, estuvo siempre protegida por un jeep de la policía armada.

En otra ocasión irrumpimos en una celebración que realizaba la colonia yanqui en los jardines del viejo hotel Villa Edén. Aquellas gentes nos miraban, paralizadas, como si fuéramos comanches aparecidos; en tanto se reponían, les arrancamos las banderas y le desmontamos varias mesas del enyesque. No nos marchamos sin dejar buena siembra de octavillas y sin que alguno aprovechara aquella ocasión de oro para reponer la intendencia.

Vicente se trasladó, tiempo después, a Barcelona y le vi ya muy casualmente. En la última ocasión se interesó por enseñarme las fotos de sus hijos y de su esposa.

En aquellos años, una de las más gratificantes noticias que tuve me la trasladó un querido camarada que, por trapisondas del destino, tenía un lejano parentesco con un conocido jefe de la brigada político-social. En una reunión familiar, de esas que se hacen por navidades, el sicario, que obviamente desconocía la militancia comunista de su pariente, le manifestó: “quienes realmente nos molestan son las gentes de la juventud comunista”. Le dije al joven camarada que no comentara mucho la cosa, que capaz salía publicada en ‘Horizonte’, nuestro órgano de prensa clandestino, y lo desgraciaban, que yo me conocía cómo se las gastaban los corresponsales. Nunca le comenté a Vicente semejante gloria. Te lo cuento ahora, Vicente… Vicentico… Vicentín… camarada. ¡Valió la pena!

Joaquín Sagaseta de Iludoz Paradas es abogado

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