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Canarii 4 - Fuentes Históricas

Los diarios personales como fuente histórica

Diaristas del Antiguo Régimen

La mayor parte de los diarios canarios de la Edad Moderna, de los que se escribieron en el “largo siglo XVIII” (que incluye las primeras décadas del siglo XIX). Los cuatro del Antiguo Régimen de cuyos autores vamos a ocuparnos han sido publicados en fechas más o menos recientes. Los historiadores canarios los han utilizado a menudo como fuentes, incluso antes de su publicación, aprovechado las noticias que contienen.

Éste es el uso que se ha solido hacer de los diarios hasta que no hace mucho, estudiosos provenientes de varias disciplinas -historia, filología, antropología– dedicados al estudio de la “literatura personal”, “ego-documentos” o del “espacio autobiográfico”, lo han convertido en objeto de estudio. El diario es uno de los principales tipos o categorías de esta “literatura personal”. Pero es raro el “ego-documento” que encaja perfectamente en alguna de ellas -memorias, autobiografías, diarios, libros de familia, crónicas, etc.-, pues las interferencias entre los diferentes géneros, como dice un autor, “no son accidentales: pertenecen a la naturaleza misma de las obras”.

Por orden cronológico son los siguientes: las ‘Memorias’ de Lope Antonio de la Guerra y Peña, el ‘Diario cronológico histórico de los sucesos elementales, políticos e históricos de esta isla de Gran Canaria’ (1780-1814) de Isidoro Romero y Ceballos, los “Quadernos” del comerciante Antonio Betancourt, y el ‘Diario’ de Juan Primo de la Guerra y del Hoyo. Los dos primeros son los más extensos y los que abarcan más años (31 y 34, frente a 11 y 10 de los dos últimos); el primero y el último son tinerfeños, y los otros dos grancanarios (los autores y los textos, porque una de las características más destacadas de esta literatura es su localismo).

La denominación “diarios”, como decíamos, no hay que tomársela muy en serio. El único que cumple con los requisitos de un diario –elaborado a diario, con entradas independientes para cada día, escrito al calor de los sucesos que narra…- es el de Juan Primo; el de su tío tiene más de crónica que de memoria y es más institucional que personal; el de Antonio Betancourt es sobre todo un libro de cuentas, y el de Romero y Ceballos, un batiburrillo en el cabe todo –recetas médicas, escrituras, registros de operaciones mercantiles, etc.- y en su parte octava, una especie de crónica social y política.

El manuscrito de las ‘Memorias’ de Lope Antonio estuvo en el archivo de la familia Sotomayor de La Palma, descendientes de su mujer, hasta que se perdió en el incendio de su hacienda de Argual. Por fortuna, antes habían permitido que don Simón Benítez las publicara en la revista “El Museo Canario”, y éste respetó escrupulosamente la ortografía del original, «sin desarrollar ni las más elementales abreviaturas».

Los diarios de Romero y Ceballos (hay otro que no se ha publicado) tras la muerte de sus nietos fueron a parar a manos de don Gregorio Chil y Naranjo, fundador de El Museo Canario, que los cedió a esta institución, en cuyo archivo se conservan. En el mismo archivo están los cinco ‘Quadernos’ del comerciante Antonio Betancourt. El ‘Diario’ de Juan Primo se conservaba, en 1976, cuando Leopoldo de la Rosa lo publicó, en la biblioteca del Patronato de la Casa de Ossuna, en La Laguna. Éste es el único que no se ha publicado completo, pues su editor suprimió “por su nulo interés, los extractos de los libros y periódicos que leía, a excepción de los comentarios personales, si los hace. Igualmente las largas notas sobre la historia de los bienes o derechos que a él o su familia le correspondían y, en algún caso, disquisiciones en materia religiosa, en las que reitera argumentos sin aportar ninguno nuevo”.

Lope Antonio y su sobrino Juan Primo pertenecían a una familia de rancio abolengo, los Guerra, que se remontaba a los conquistadores de las Islas. Lope Antonio nació en 1738 del segundo matrimonio de su padre. Del primero, con doña Antonia del Hoyo, tuvo a Fernando José, el padre de Juan Primo. Al principio del diario nos habla de su formación: gramática, filosofía y teología en conventos de La Laguna. Su vida transcurrió entre el Cabildo, del que era regidor perpetuo, la Tertulia de Nava -que reunía a una docena de ilustrados laguneros en la biblioteca del V marqués de Villanueva del Prado-, la Real Sociedad Económica de Amigos del País, de la que fue socio fundador, el Real Consulado de Canarias, último refugio de la aristocracia ante el embate de los comerciantes… y los papeles: “dejó montones de papeles”, dice su editor, muchos más que los 19 que registra la ‘Biobibliografía’ de Millares Carlo; la mayoría sobre temas relacionados con el Cabildo, que fue su principal ocupación.

Juan Primo de la Guerra y del Hoyo, tercer vizconde de Buen Paso, nació en La Laguna, en 1775. Su padre fue coronel del Regimiento de Forasteros desde 1765, fundador y primer censor de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, primer prior del Real Consulado Marítimo y Terrestre, y miembro de la Tertulia de Nava. Su madre, Juana del Hoyo, hija única del primer vizconde de Buen Paso, el célebre don Cristóbal del Hoyo, parece que heredó de él su ingenio. Su educación fue similar a la de su tío, salvo que aprendió también francés e inglés. Pero su actuación pública fue prácticamente nula; ni siquiera fue miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, y no consiguió entrar, a pesar de sus empeños, en el ejército ni en las milicias insulares. Leopoldo de la Rosa supone que por “su carácter extremadamente apasionado y violento”. Se enamoró de una hija del comandante general marqués de Casa Cagigal, pero fue discretamente rechazado por la familia. Quedó soltero y en la Isla, a pesar de sus deseos y repetidos intentos de irse, y murió en Santa Cruz de Tenerife en la epidemia de fiebre amarilla, en 1810, a los 35 años.

El primer Isidoro Romero, abuelo del diarista, nació en La Palma en 1684, de padre desconocido. A los cuatro años fue adoptado por el que probablemente fuera su padre, el presbítero y hacedor del Cabildo Catedral don Diego Romero Carreño, que le llevó a Las Palmas, crió, educó, y dejó dispuesto en su testamento que sus herederos le costeasen sus estudios universitarios para que “logre su voluntad, que es ser eclesiástico”. Pero su voluntad fue hacerse abogado. Igual que la de su hijo, que decidió irse a Caracas y dedicarse al comercio ultramarino. Al volver a Canarias con toda su familia en 1766, el barco naufragó en el canal de las Bahamas.

Isidoro Romero y Ceballos, que había nacido en Caracas el 1 de mayo de 1751 y se había quedado en Las Palmas de Gran Canaria con su abuelo cuando tenía 9 años, fue el único superviviente de la familia. También él se hizo abogado; fue diputado del común, regidor perpetuo desde 1786 y regidor constitucional de 1812 a 1814. En 1795 el comandante general le nombró juez subdelegado de Indias y Marina de de la Isla, y en las milicias insulares fue capitán de la segunda compañía de Las Palmas. Murió en 1816, a los 66 años. De su diario no consta que leyese otra cosa que gacetas y algún libro práctico de medicina, aunque anotó varias listas de libros para pedirlos. No parece que fuera un hombre culto, ni siquiera al viejo estilo preilustrado.

Antonio Betancourt nació en Las Palmas en 1743, en una familia recién llegada del campo, y gracias a un padrino cura, fue monaguillo, mozo de coro, y finalmente músico de la catedral, desde los 22 hasta los 48 años, en que se jubiló por problemas de salud. A los 31 o 32 años se inició en el comercio, gracias en parte a los anticipos que le concedió el Cabildo Catedral. Soltero, adoptó tres hijos; uno al menos, la hija, fruto de sus relaciones ilegítimas. Los otros dos se acabaron yendo a Indias, dejando atrás, el mayor, a su familia. Si sus relaciones más intensas fueron las que tuvo con su familia, el comerciante maltés Miguel Sortino, y la familia Madan, las más frecuentes fueron con la gente del mar y de los oficios.

Jesús González de Chávez es profesor de la ULPGC

De las Memorias de Lope Antonio de la Guerra

Infeliz estado de las Islas i de su Nobleza: Estas dichas Islas, aunque tienen el referido nombre de Afortunadas, se hallan oy en un infeliz i deplorable estado, i con especialidad las Personas de distinción, i que viven de los frutos de sus Haziendas; pues no teniendo estos salida ni venta ventajosa, i estando cargadas de Tributos no alcanzan algunos años a fabricarlas i pagarlos; i no haviendo en Islas otros arbitrios de que poder valerse tales Personas para portarse con la decencia que corresponde a su clase distinguida, suelen vivir miserables, por lo que hazen el principal papel para con los Señores Comandantes Generales i Obispos, los Mercaderes, i los dedicados al comercio de Indias, que tienen algún dinero i con que beneficiar los empleos.

De los Quadernos de Antonio Betancourt

En este día, 10 de junio de 1800, a la tarde, fray Sebastián, religiosos francisco, músico de la de la Santa Iglesia, dio una calda a las Capitas donde asistía, a causa de haber estado tomado de licores, de suerte que ocurrió mucha gente al lance, de que se dio cuenta al señor provisor, y al cabo de 6 días se huyó para Gáldar a embarcarse, y al de cuatro días volvió a esta ciudad.

En 28 de marzo de 1802, domingo, a las diez del día, se leyó en Santo Domingo un apenitenciado por la Inquisición, por blasfemo e irreverente, en haber tomado la Magestad al tiempo de comulgar y escupirla en el suelo y haberla pisoteado, cuyo soldado era del Regimiento de los soldados de Blanquillo; a éste se le perdonaron los azotes por el señor Alarilla, inquisidor.

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