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Canarii 4 - Tema Central

Los campos de concentración en Canarias durante la Guerra Civil

Un lugar para el castigo y la brutalidad

Varios miles de canarios sufrieron prisión y tortura en el Campo de Concentración de La Isleta

En las semanas posteriores a la sublevación militar del 18 de julio de 1936, cientos de detenidos políticos de las dos provincias canarias fueron abarrotando las distintas prisiones (Prisión Provincial de Las Palmas y Prisión Provincial de Santa Cruz de Tenerife), que se vieron insuficientes para albergar a una gran cantidad de reclusos. Tuvieron, por lo tanto, que improvisar otros lugares de internamiento masivo: el Campo de Concentración de La Isleta en Las Palmas de Gran Canaria y luego el de Gando, al sur de la Isla, y el de Fyffes en Santa Cruz de Tenerife. Por ellos pasaron miles de canarios entre 1936 y 1945.

El campo estaba ubicado en los terrenos militares de la península de La Isleta, entre el Faro y el Cuartel de Artillería. Era una meseta elevada de firme irregular, donde se situó un enorme cuadrilátero limitado por una triple hilera de alambradas de púas, sostenida cada pocos metros por gruesos postes de maderas y sujetada con grapas.

En el interior, en el lado naciente, se situaban las chabolas, dispuestas en dos largas hileras, de ocho chabolas cada una al principio para incrementarse posteriormente, y con una extensión longitudinal de unos 200 o 300 metros. Las tiendas eran casetas de campaña de lona, capaz para 12 o 14 personas y en donde llegaron a estar 50 presos, con forma de un cono, sostenido por un fuerte palo central y sogas exteriores atadas a gruesas piedras que daban tirantez a la estructura.

La entrada del campo era un pasillo angosto y muy largo, estrechándose desde el exterior como un embudo. Fuera del campamento están las tiendas de los jefes del campo y las del cuerpo de guardia, situadas en dos pequeñas laderas en el lado poniente de la alambrada, con paredes hechas de cemento y techo cónico de lona. También estaban los almacenes para la comida y la cocina de campaña.

El campo dependía orgánicamente de la Comandancia Militar, pero la administración de los asuntos cotidianos, in situ, estaba a cargo de un capitán, un teniente, un alférez y varios sargentos y cabos, que se turnaban. La estrecha vigilancia hacía imposible la fuga y estaba a cargo de numerosos soldados de reemplazo que se apostaban cada cinco metros a lo largo de todo el perímetro del campo; junto a ellos se situaban falangistas que vigilaban, al mismo tiempo, a soldados y a presos. En cada uno de los vértices del campo, una garita con ametralladora. Los cabos de vara representaban una de las expresiones más crueles del campo, pues eran presos que se encargaban del cumplimiento de las estrictas normas y estaban dispuestos a apalear a los otros detenidos a cambio de librarse ellos de los palos, tener doble ración de rancho, poder fumar tabaco y tomar café y coñac.

El número de presos, a lo largo del tiempo de existencia del campo, evolucionaría casi siempre en sentido ascendente. Ya el día de su inauguración había 300 y en sólo un mes se triplicaría esta cifra, alcanzando los 900. Entre septiembre y febrero la cifra llegaría a los 1.200, lo que llevaría a las autoridades a decidir el traslado a Gando por alcanzar el máximo grado de saturación.

Los presos debían levantarse con el toque de diana a las seis de la mañana, antes del amanecer, para el recuento y el desayuno. A las siete, nuevo toque para ir al trabajo hasta las 12 del mediodía, hora en la que vuelven al campamento para tomar el rancho a las 13 horas. Dos horas después reanudación del trabajo hasta las seis. A las siete de la tarde la cena y hasta las nueve se podía charlar y fumar. A esa hora nueva formación, entrada en la chabola y silencio. Los domingos era el único día que no se trabajaba en el exterior. Esta monotonía se alteraba cuando había fusilamientos, pues no hay que olvidar que el campo de tiro estaba cerca y los presos veían los coches con los condenados tanto a la ida como a la vuelta y, por supuesto, oían las descargas.

Uno de los aspectos más llamativos del campo de La Isleta era la brutalidad que se empleaba contra los presos, hasta tal punto que podríamos denominarlo como un auténtico campo de castigo más que de internamiento o concentración. También hacía las veces de campo de trabajo, pues en ese tiempo se construyeron varias pistas: una que conducía al Faro y otra a una batería de costa, aunque muchas de las tareas impuestas no dejaban de ser un medio para ejercitar a los prisioneros puesto que no tenían ninguna explicación lógica.

Primero estaban los castigos de rutina. Desde la misma llegada, y después de hacerle una ficha y otorgarle el número correspondiente, el preso ya empieza a recibir garrotazos por parte de los suboficiales que están en la oficina, luego vienen los cabos de vara que le esperan en la entrada exterior y mientras atraviesa el estrecho pasillo de alambradas recibe palos en la cabeza, cara y espalda. Durante el trabajo los palos y agresiones estaban a la orden del día, simplemente para acelerar el ritmo. Cada día iban a trabajar entre 400 y 500 personas, divididos en secciones, cada una de las cuales era dirigida por un sargento; había un cabo y los inevitables cabos de vara. Pero lo más llamativo eran los castigos por infracción de alguna de las normas: por caérsele el café, por falta de marcialidad a la hora de desfilar o carencia de entusiasmo en proferir los gritos de rigor, por quedarse dormido, por comentar temas prohibidos con algún compañero, etc. Los castigos se procuraban hacer a la vista de todos para dar escarmiento y consistían en apaleamientos delante de la misma formación de reclusos, o se les iba a buscar a su chabola de noche, se le sacaba al exterior del campo y, detrás del cuerpo de guardia, propinarle una brutal paliza esposado. También se les castigaba a permanecer de pie en uno de los postes eléctricos toda la noche. La ingesta de purgantes, como aceite lubricante, cristales de sal de la higuera, epsomita o sulfato de magnesio, solía ser el castigo menos doloroso, pero tremendamente efectivo a la hora de debilitar el organismo.

Los llamados intelectuales (médicos, abogados, maestros, oficinistas y hasta carteros) sufrían en sus carnes los peores escarnios, pues solían integrar la denominada brigada movilísima, que tenía que trabajar corriendo entre gritos y palos. Llegaron a hacer unos 60 km. diarios yendo y viniendo con cestas de tierra. Algunos ingresaban en el campo con recomendaciones, lo que significaba que los trabajos y castigos siempre serían por partida doble.

Otro de los aspectos a tener en cuenta es que la mayoría de los presos de La Isleta eran gubernativos y no estaban a salvo de los interrogatorios a cargo de los temibles policías de la Comisaría de Investigación y Vigilancia de Las Palmas. Muchos eran sacados del campo y remitidos a la propia comisaría para regresar después de unos días de tratamiento especial. Algunos no regresaron. De 41 presos llevados a la comisaría, 11 no regresaron al campo, por lo que es probable que murieran en pleno interrogatorio. Es el caso conocido del presidente de la Federación Obrera de Las Palmas, Agustín Cabrera, que sale del campo el 27 de enero de 1937 y se sabe, por testimonios directos, que fue ahorcado en la misma comisaría en presencia de otros presos. Los testimonios cuentan que un coche llegaba por la tarde con una lista de presos y se los llevaban para el interrogatorio nocturno.

En el campo los prisioneros dormían hacinados en sus chabolas, hasta tal punto que una variación de la postura para dormir conllevaba el cambio automático de toda la hilera. Dentro, el olor era insoportable y numerosos parásitos se enseñorearon de sus cuerpos, sufriendo plagas de piojos y pulgas. La alimentación era claramente insuficiente: café clarucho por la mañana y unos cazos de rancho dos veces al día, un mejunje pardo a base de fideos y papas, a veces con carne cocida en el mismo caldo o tocino. Esto con una ración de gofio de millo para mezclarlo con el rancho.

El Campo de Concentración de La Isleta sería un auténtico quebradero de cabeza para las autoridades militares. Desde septiembre del 36 se intentan cambios para impedir los fenómenos de masificación, trasladando presos a Tenerife, por ejemplo; pero el deterioro es tan grande que deciden suprimir el campo por uno más alejado de Las Palmas, con mayor capacidad y más oculto a la población. Nacía el Campo de Concentración de Gando.

Sergio Millares Cantero es historiador y profesor de Secundaria

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Al Hospital y al cementerio

Este sistema punitivo del campo tenía que dar lugar a innumerables casos de enfermería y hospitalización. Dos veces a la semana acudía un médico militar que hacía un reconocimiento a los que optaban a ser rebajados del trabajo. Cuando el médico daba la baja para el hospital, significaba que el preso estaba muy mal. Entre agosto de 1936 y febrero de 1937 constan 87 hospitalizaciones procedentes del Campo de Concentración de La Isleta. Hay tres muertes en el campo a causa de los maltratos; una de ellas es la del conejero Manuel Fernández, que no pudo resistir las palizas y muere el mismo día de su ingreso en el campo; pero otros 22 pudieron morir en el mismo hospital, pues no consta la fecha de su regreso, como es el caso de José Santana Santana, que va tres veces: la primera vez permanece 15 días, la segunda 37 y la tercera vez no está registrada la vuelta al campo, por lo que es posible que muriera en el hospital. O el de José Corcos Naúm: 63 días la primera vez, 112 la segunda y después de la tercera hospitalización no se supo nada de él.

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