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Canarii 5 - Historia económica

Las contradicciones y desajustes de medio siglo de modernización en Canarias

Luces y sombras del progreso

Una ola de modernización ha transformado nuestras vidas. La capacidad económica, las clases sociales, las formas de convivencia familiar, y los valores y estilos de vida se han embadurnado de modernidad. Posiblemente estemos mejor que peor. Adoptamos las pautas de las sociedades más desarrolladas, a la vez que, por un lado, se mantienen los déficits tradicionales de nuestra particular sociedad, y, por otro lado, se generan nuevas contradicciones.

A mitad del siglo pasado nuestras islas blandían el subdesarrollo económico. La economía estaba condenada al estancamiento por los limitados recursos naturales, la distancia a los centros de desarrollo, y un contexto político hostil. Acompañando a esto, la población canaria portaba un retraso educativo similar al que hoy vemos en los países africanos. En medio siglo, el panorama económico ha cambiado. Se ha construido una economía con crecimiento y estabilidad, al menos en el corto plazo. Sin embargo, como consecuencia de una actividad turística des-controlada, y de un espacio limitado, la especulación del suelo y de los inmuebles ha sido un proceso recurrente. Este proceso especulativo hace que el acceso a una vivienda digna sea más un sueño individual, inalcanzable, que una posibilidad real. La presión demográfica, primero con un aumento inusitado de la fecundidad (años 50 a 70) y luego con la inmigración, a partir de los años 80, metió más gas a la burbuja especulativa inmobiliaria. En clave positiva hay que reconocer que a la sombra de la actividad turística, ha fraguado una extensa red de pequeñas y medianas empresas preparadas para los cambios que depara la globalización. En contrapartida, esta modernización económica “gobernada” por la especulación ha degradado el medio natural, especialmente el espacio de costa, pero también las ciudades y pueblos del interior y las medianías. Por mucho que nos ayudemos de la ingeniería para reducir el impacto medioambiental, nosotros, mucho menos nuestros hijos, jamás podremos volver a reconocer los paisajes que los sentidos algún día degustaron. Otra contrapartida han sido los servicios públicos, porque no se ha obtenido la calidad esperada de acuerdo al cambio modernizador. Ni la educación pública, ni la sanidad, mucho menos el sistema judicial o la administración pública; todas estas instituciones expresan un funcionamiento pésimo respecto a lo que demandan los ciudadanos del siglo XXI. (Si usted quiere, haga una prueba y propóngase renovar el DNI, verá que fácil es entender la baja calidad de la Administración). El desorden de los servicios públicos está influenciado por el enorme aumento demográfico, unido a nuestra insoluble cultura de la desorganización. Otra paradoja de la modernización económica son los persistentes bajos salarios, y en general, la precariedad laboral. Pero sin duda, la desigualdad es la peor de las contradicciones, porque mientras que muchos individuos y grupos sociales viven en la solvencia económica, otros grupos se atoran en la pobreza. Las estadísticas oficiales, ya de por sí tendenciosas a favor de los gobiernos, indican que el 28,5% de los canarios vive por debajo del umbral de la pobreza de España, es decir, 545.929 personas que obtendrían menos de 460 euros al mes, aquí, en el archipiélago.

Las clases sociales también han sufrido un revolcón en este medio siglo de modernización. Empecemos por las clases bajas, aunque sea por una vez. En el pasado, las clases populares de Canarias copaban el espectro social: la gran mayoría de la población tenía origen humilde. Ahora, en nuestro tiempo, y aún habiéndose reducido, la clase baja ronda el 50% de la población. Aquí malviven los trabajadores pobres, los pensionistas abandonados, las madres solas con hijos, los jóvenes y las mujeres que han de aguantar el trabajo precario y mal pagado. En el siguiente nivel encontramos la clase media, que en los años 50 era escuálida y venía representada por una pequeña burguesía agrícola y urbana. Ahora disponemos de un segmento en torno al 40% de toda la población, una clase media nutrida de profesionales y empleados que conforma un segmento amplio y renovado de la estructura social canaria. Probablemente, la conformación de esta clase media de profesionales ha sido el fenómeno más sustancial de la modernización. Nos referimos con “profesionales” a los especialistas en sentido amplio, tanto en actividades manuales (fontaneros, carpinteros…) como intelectuales (abogados, psicólogos…). Ha habido una expansión de este segmento, y conviene destacar que esta nueva burguesía urbana dispone de la herramienta que garantiza un futuro sólido: el conocimiento. Aquí también podemos prever, al igual que del tejido empresarial, una suficiente capacidad y adaptación respecto a los cambios productivos y tecnológicos. Por su parte, la clase alta también ha dado un vuelco beneficioso: por fin parece haber emergido una burguesía capitalista en sentido estricto y, diríamos, robusta.

Así pues, en estos años, hemos vivido un desarrollo económico marcado con una desigualdad social persistente, que no hemos sido capaces de reducir suficientemente. Pero a mayor profundidad, en el tuétano de este proceso modernizador se encuentra otro factor clave: el cambio de las formas familiares. En los años 50, y siguientes, Canarias lideraba la fecundidad y el número de matrimonios jóvenes de toda España. Con la modernización, esta Comunidad se ha convertido en el modelo avanzado de los cambios familiares del país. Para hacer boca, baste decir que la tasa de ruptura matrimonial más alta la tenemos los canarios desde que las rupturas (separaciones y divorcios) se legalizaron. Además, ahora, la tasa de matrimonios es la más baja de España, y en relación con ello, si el país tiene la fecundidad más baja del mundo (1,3 hijos por mujer), las mujeres canarias todavía reducen más la reproducción (1,1 hijos por mujer). Pero el dato más significativo de la adopción de los cambios en las formas familiares es que nuestra comunidad viene siendo la que expresa, de toda España, la mayor tasa de nacidos de madre no casada. En el país este porcentaje se reduce al 26% de los nacidos, mientras que en Canarias la proporción es de 46%, similar al comportamiento europeo. Ruptura matrimonial, uniones consensuales, baja fecundidad y nacidos de madre no casada son, en realidad, las pautas de un nuevo modelo familiar donde la pluralidad de formas de convivencia y el fin del patriarcado son definitorios. Y estas pautas están extendidas en la sociedad canaria, lo que significa una adaptación temprana a la sociedad que está por venir, con todas las crisis vitales, individuales y familiares que conlleva esta evolución.

Corregir las contradicciones y los desajustes que devienen de nuestra singular modernidad es un trabajo de todos. Dejar sobrevenir las consecuencias y los efectos negativos, sin capacidad de reacción ni de prevención, nos costará el alto precio que ya venimos pagando desde que nos abrazamos ciegamente al cambio modernizador.

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Un nuevo estilo de vida

Como consecuencia de todos los cambios sociales, el estilo de vida y los valores culturales han dado un vuelco sustancial. Con la modernización hemos ganado rapidez, eficiencia, disciplina, y algún grado de racionalidad. Pero perdimos la confianza a primera vista, la hospitalidad, la misericordia, y algún grado de honestidad. Desde luego, algo humano que perdimos fue pararnos en la calle y saludarnos pacientemente. En cuestión de valores somos más tolerantes y libres, incluso puede que hasta más felices, pero el entorno moderno nos ofrece hechos que nunca pensamos fueran a ocurrir en estas islas apaciguadas: desapariciones de niños y jóvenes, violencia doméstica mortal, consumo generalizado de drogas, prostitución organizada de mujeres inmigrantes “ilegales”. Es posible que cada vez más individuos y con mayor facilidad sean capaces de realizarse personalmente y de alcanzar éxitos de toda índole, pero la carrera competitiva y hedonista a la que nos arrastra la modernidad va dejando un reguero de frustraciones, envidias y fracasos que alimenta el individualismo, la ruptura de los vínculos con los demás, y muchas formas de violencia social.

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