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Canarii 6 - Historia Contemporánea

La inmigración siria, libanesa y palestina en Canarias

De estación de paso a puerto de destino

La denominación de “comunidad” o, en tiempos, “colonia árabe en Canarias” se emplea tradicionalmente para hacer referencia al colectivo de inmigrantes sirios, libaneses y palestinos que arribaron a las Islas a principios del siglo XX y, de manera intermitente, pero igualmente significativa, continuaron llegando hasta finales de la década de los sesenta. Aunque con posterioridad se iría incorporando una nueva generación de inmigrantes de la misma nacionalidad, lo cierto es que sus pautas migratorias y de integración socioeconómica en las Islas no respondían a las del núcleo inicial, con unas señas de identidad muy peculiares.

Del mismo modo cabe matizar esta denominación genérica, de comunidad árabe, pues en puridad abarcaría a otros nacionales que, procedentes de diversos países árabes, se han ido asentando paulatinamente en el archipiélago, en particular, los originarios del Magreb árabe y bereber (mauritanos, saharauis, marroquíes y, en menor medida, argelinos). La imprecisión de esta denominación deriva básicamente de que los árabes de Oriente Próximo (Mashrek) fueron los primeros en formar una comunidad de referencia para los isleños que, a su vez, y en no pocas ocasiones, distinguían de esta manera a los árabes del Mashrek de los del Magreb. Por lo que, en suma, la denominación más pertinente es la de comunidad árabe del Mashrek o, por concretar más, en este caso, la de comunidad siria, libanesa y palestina.

A pesar de sus diferentes nacionalidades, cabe agrupar a estos tres colectivos en tanto en cuanto forman parte del mismo movimiento migratorio; además de compartir pautas similares de integración socioeconómica en la sociedad isleña, centrada en el comercio textil especialmente (apartado que no se desarrolla en este texto por razones de espacio). La inmigración siria, libanesa y palestina se asienta en Canarias de manera azarosa, pues originalmente remite a las oleadas migratorias que, iniciadas en torno a 1860, embarcaban en los puertos de Beirut y Haifa, principalmente, para luego terminar desembarcando en los del continente americano. En tan larga travesía, desde el extremo más oriental del mar Mediterráneo hasta la orilla más occidental del océano Atlántico, los puertos canarios eran las últimas estaciones de paso. A esta singularidad se sumaron toda una serie de avatares (accidente, agotamiento, enfermedad, temor a un mayor alejamiento del punto de origen y, entre otros, limitación del pasaje hasta el último puerto español) que, sin duda, contribuyeron a que algunos inmigrantes no sólo tomaran tierra transitoriamente, mientras el barco repostaba, sino que también intentaran “probar suerte” de manera provisional en las Islas. A su vez, esta provisionalidad fue tornándose crecientemente temporal e incluso definitiva en algunos casos. De hecho, lo que comenzó siendo una parada de tránsito (o mera migración golondrínica, que sólo paraba para su avituallamiento) terminó convirtiéndose en un puerto de destino. Así tuvo lugar la formación de un primer núcleo de inmigrantes que, bien con su ejemplo o bien con sus cartas de llamadas, fueron atrayendo a nuevos inmigrantes con los que tenían vínculos muy laxos, derivados de compartir el mismo origen regional: las provincias árabes del Imperio Otomano (Alepo, Beirut y Damasco), ubicadas en la región del Levante conocida también como Bilad al-Sham, y que actualmente comprende los países de Siria, Líbano, Jordania e Israel/Palestina; o bien con los que mantenían lazos más estrechos, fruto de una relación familiar, de parentesco o, igualmente, de vecindad, con una arraigada identidad comunitaria, dado que la mayoría de los inmigrantes procedían del medio rural. Ambas relaciones son observables tanto en el origen regional de los inmigrantes como en su árbol genealógico.

Los primeros inmigrantes viajaban con documentación otomana, pues, como se ha dicho, el Imperio Otomano dominó la región del Mashrek hasta la Primera Guerra Mundial, pasando inmediatamente después dichos territorios bajo el Sistema de Mandatos, que se prolongó a lo largo del denominado periodo de entreguerras: Francia gobernó Siria y Líbano; y Gran Bretaña hizo lo mismo en Palestina y Transjordania (Jordania a partir de 1950), además de Irak. De ahí que, a principios del siglo XX, los inmigrantes árabes en las Islas fueran registrados como turcos: en 1910 se contabilizaban unas 103 personas; número que ascendió a 185 en 1915 para, luego, descender a 40 entre 1917 y 1918. Este vaivén de cifras tiene que ver tanto con el carácter originalmente transitorio y provisional del asentamiento isleño como con las turbulencias internacionales del momento. De hecho, muchos inmigrantes retomaban el camino hacia América, sin olvidar quienes, por el contrario, retornaban a su tierra. Esta pauta fue extensiva al convulso periodo de entreguerras. De ahí, nuevamente, el juego de cifras en esta etapa. En 1930 el número de nacionales turcos en las Islas descendió a 27 personas, al mismo tiempo que aparece recogido en el censo del mismo año 219 residentes de nacionalidad árabe del Mashrek. A su vez, la guerra civil española afectó también a dichos inmigrantes, pues sufrieron la represión y, en algunos casos, la privación de libertad por razones de xenofobia y extorsión económica, principalmente. Por lo que no pocos, según numerosos testimonios orales, retomaron su vuelo migratorio hacia el continente americano o bien retornaron a su lugar de origen.

Sólo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y, en cierta medida, como extensión de ésta, de concluida la primera guerra árabe-israelí (1948-49), comenzará a estabilizarse el número de inmigrantes sirios, libaneses y palestinos en las Islas. A lo largo de la década de los cincuenta se registra un incremento paulatino, que pasa de 505 residentes en 1955 a 674 en 1959. Este número vuelve a descender a principios de los sesenta, en 1961 aparecen registradas sólo 493 personas y en 1963 bajará a 477, pero terminará repuntando durante la segunda mitad de la década hasta llegar a la cifra de unos 580 en 1969. Finalmente, en los años setenta, su número seguirá incrementándose hasta alcanzar 721 personas en 1979, aunque su pico más alto se registra un año después, en 1980, con 739 inscritos. Este aumento responde a un nuevo ciclo emigratorio en la región de origen, que afecta particularmente a palestinos y libaneses. Los primeros siguen sometidos a un férreo régimen de ocupación militar en su propio país y, de otro lado, sufren los recelos, cuando no, la abierta hostilidad de los regímenes circundantes en la zona; y los segundos se ven afectados por los años más duros de la guerra civil en el Líbano (1975-77) y la consiguiente inestabilidad que, de manera casi permanente, se instaló en el país de los cedros.

No obstante, como se ha comentado, el perfil de esta nueva oleada de inmigrantes, que llegan a partir de bien entrada la década de los setenta, ya no guarda una relación tan estrecha con el original movimiento migratorio, ni mucho menos con sus pautas de integración socioeconómica, pese a que se sigue advirtiendo algunos vínculos regionales, familiares o de parentesco. Por el contrario, otros muchos carecen de esos lazos comunitarios. Son profesionales liberales (sobre todo, médicos y algunos farmacéuticos), que han recalado previamente en la península, durante su periodo de formación; y pequeños o medianos empresarios, dedicados a la hostelería, el negocio de importación y exportación, y la actividad comercial en general. Sin olvidar, por último, un pequeño núcleo de estudiantes universitarios, además de algunos trabajadores por cuenta ajena.

Aunque el perfil predominante de este movimiento migratorio fue el del varón, joven y soltero, con estudios básicos, lo cierto es que no faltaron familias en el seno del mismo. La tendencia era que el viaje inicial y exploratorio, en el caso de los solteros, fuera asumido por el hermano mayor, mientras que, en el caso de las familias, fuera realizado por el padre. En ambos supuestos, una vez establecidos y convencidos de las bonanzas del nuevo destino, se solía llamar a los hermanos menores y al resto de la familia. Esta inicial diversidad de género facilitó que entre los miembros de la primera generación de inmigrantes se formaran nuevas familias en el seno de la comunidad, con independencia de que fueran de una nacionalidad u otra, retroalimentando así los vínculos comunitarios. Obviamente, semejante comportamiento no excluyó la tendencia mayoritaria de contraer matrimonio con mujeres isleñas. Pero esa es otra historia.

José Abu-Tarbush es profesor de la Universidad de La Laguna

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Canarias como plataforma hacia África

Una mención aparte merece, por introducir cierta diversidad en este movimiento migratorio, el caso de muchos libaneses que sumaban al original destino americano el africano, en este caso, el de su costa noroccidental. Pero, curiosamente, este destino, por su cercanía al archipiélago, contribuyó también a que algunos de estos emigrantes terminaran estableciéndose en las Islas que, por otra parte, solían visitar por las más diversas razones: familiares, de salud, ocio y negocios. De hecho, no fue precisamente infrecuente que algunos libaneses mantuvieran formalmente su residencia y familia en Canarias mientras pasaban buena parte del año trabajando en los países del extremo noroccidental de África (Sierra Leona, Liberia, Costa de Marfil, Senegal y Guinea, entre otros); o bien, tras las independencias africanas y los problemas suscitados con algunos sectores de la población blanca, que algunos se replegaran a las Islas, haciendo de éstas una plataforma para seguir manteniendo y supervisando sus propiedades y negocios en dicho continente.

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