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Canarii 7 - Tema Central

Historia del turismo en Canarias

César Manrique y el territorio

Siete enseñanzas para un desarrollo territorial perdurable

Las distintas dimensiones de la obra de César Manrique han sido y siguen siendo analizadas por especialistas en distintos campos del Arte y de la Arquitectura. Su indudable trascendencia artística y el amplio reconocimiento a su figura pueden constituir al propio tiempo un obstáculo a la hora de efectuar un balance crítico y desapasionado sobre el alcance del proyecto que impulsó. Lo que aquí nos proponemos es abordar otra dimensión diferente de su obra, menos desarrollada hasta el momento: la configuración de un modelo territorial muy singular. Defendemos la tesis siguiente: lo que Manrique proyectó (y en buena parte llegó a ejecutarse) constituye un ejemplo de lo que en estos años se conoce como desarrollo territorial perdurable, y suministra conclusiones útiles para la reflexión política y ciudadana contemporánea.

En Lanzarote, escenario de lucha y creatividad popular, nació Manrique, y sobre él desplegó su propia creatividad de artista enamorado del terruño: sus proyectos cayeron como semilla buena en tierra previamente trabajada. Para analizar tales propuestas nos ceñiremos a un esquema basado en siete ideas–fuerza.

Existe un proyecto anterior a la irrupción del turismo.

A diferencia de lo ocurrido en muchos otros destinos turísticos, en Lanzarote se planifica el desarrollo antes de que la afluencia turística cobre carácter masivo. Manrique planteó una visión compleja de cuál era la imagen que debía proyectar Lanzarote, y cómo esa imagen debía sustentarse sobre un modelo global para la Isla, que debía ir implementándose de manera paulatina. Cuando se inaugura la primera fase de una obra estratégica como Los Jameos del Agua, en 1966, el turismo en Lanzarote es poco más un anhelo de las elites locales por superar la situación de pobreza histórica insular. Dos años después se termina la Casa Museo El Campesino, en el centro de la Isla. Y en 1970 concluyen las obras de acondicionamiento para la visita a Timanfaya, que ni siquiera había sido declarada todavía Parque Nacional. Para entender mejor este carácter anticipatorio al fenómeno turístico, al año siguiente el número de visitantes extranjeros que llegaban a la Isla era de 22.843 personas. Hoy, en una sola semana de la temporada baja acuden muchos más turistas.

Se revaloriza el Patrimonio Natural y Cultural, más allá del “sol y playa”.

Uno de los mayores méritos de Manrique consistió en identificar y poner en valor, sin degradarlos, los principales recursos de la naturaleza y la cultura insulares. Sobre este principio descansan prácticamente todas sus intervenciones espaciales. No es casual que sus primeras actuaciones se produzcan sobre un elemento como los tubos volcánicos (Cueva de los Verdes o el Taro de Tahíche). La propia idea del hábitat subterráneo o semienterrado (como en las edificaciones anexas al Monumento al Campesino) recrea viejas fórmulas del hábitat y la arquitectura local, entroncando con la tradición de las casas hondas de los aborígenes de Lanzarote. Pero revalorizar no significa sólo repetir un uso anterior: también descubre recursos inexplorados, como la sorprendente acústica de las cavidades volcánicas, en las que implanta salas auditorio completamente originales. Otro caso puede ser el de la rehabilitación de algunos inmuebles que encajan más propiamente dentro del patrimonio histórico-artístico, como el Castillo de San José, convertido en 1974 en Museo de Arte Contemporáneo.

Algunas iniciativas rehabilitan espacios degradados, restaurando su atractivo paisajístico y convirtiéndolos en recursos económicos.

La restauración de lugares degradados no es un rasgo atribuible a toda la obra de Manrique, pero merece ser destacada en aquellos casos en que es un fenómeno consustancial a la actuación. Antes de su rehabilitación Los Jameos funcionaban como vertedero de basuras y escombros. Otro caso destacado es el del Jardín de Cactus (1990), implantado sobre las ruinas de la Montaña de Guatiza; este cono volcánico había sido explotado durante años como cantera de picón, y presentaba un deterioro paisajístico muy notable. Incluso los fragmentos de materiales más duros del centro del volcán (correspondientes probablemente a sectores de la chimenea por donde fue emitida la lava), sirvieron a Manrique para esculpir ‘in situ’ dos grandes esculturas.

Se marca un listón y se suministra una referencia de intervenciones en el paisaje singulares, de alta calidad y con una imagen propia.

Desde un punto de vista formal, a menudo las cosas no se hacen mejor porque se carece de referencias positivas: se repiten de forma rutinaria intervenciones adocenadas, de impacto negativo en el paisaje. Pero también se pueden copiar y recrear intervenciones más integradas y estéticas, cuando en el medio existen ejemplos visibles y claros. En este sentido, Manrique desempeñó un papel educativo de primer orden. Suministró un catálogo impresionante de referencias a la hora de construir una casa, implantar un jardín, reciclar y reutilizar un objeto en desuso, diseñar un espacio público, decorar un bar o un restaurante, imaginar unas piscinas o los espacios libres de un hotel.

Se proyecta un conjunto de hitos distribuidos por el territorio, a partir del cual se desarrolla el concepto de itinerarios a través de la Isla.

El efecto de actuar respetuosamente sobre el medio insular, pero “a lo largo y ancho” del mismo, no constituye un asunto menor. Para ser más precisos habría que señalar que los proyectos de César nunca se plantearon de manera centralizada en un solo sector de Lanzarote. Por el contrario, se distribuyen por la mayor parte de la Isla y esta forma tan interesante de concebir el territorio en su conjunto quedó incompleta debido a su prematuro fallecimiento. Manrique proyectó el conjunto de actuaciones que más tarde dio lugar a la red de Centros de Arte, Cultura y Turismo, gestionada por el Cabildo Insular. Es de destacar el efecto de descongestión que sobre las playas y zonas de uso masivo ejercen estos puntos, lo mismo que otros centros privados que se abrieron después en Lanzarote siguiendo la estela de Manrique (Museo Campesino de Tiagua, Museo del Vino de Mozaga, entre otros). A partir de aquí se desarrolla el concepto de itinerarios por el patrimonio territorial: una red regional de emplazamientos naturales y culturales provistos de una identidad específica que pueden suponer un destino turístico para estancias de mediana duración. Este concepto, explicitado en años recientes, resulta de aplicación práctica al turismo de Lanzarote prácticamente desde sus comienzos.

Se genera una cultura de que el turismo debe remunerar el paisaje, a cambio de la prestación de ciertos servicios de calidad.

El hecho de cobrar una entrada por visitar el Parque Nacional de Timanfaya constituyó una novedad histórica que se anticipó en mucho tiempo a una discusión aún no resuelta en otras islas del Archipiélago, ni en muchos lugares de Europa. Esta discusión acerca de la necesidad de remunerar las tareas de conservación del paisaje, y otras inversiones sociales, mediante el pago de un precio público quedó resuelta de ‘facto’ en Lanzarote hace tiempo, instituyendo un modelo que hoy nadie discute. Es conocida en Lanzarote la importancia de los ingresos que reportan los Centros de Arte, Cultura y Turismo. De este modo, una parte de los beneficios directos del turismo revierten al sector público y pueden, en potencia, dedicarse a inversiones sociales. Constituye una contrapartida positiva al impacto ambiental negativo y a los indudables efectos de desarticulación social que el turismo genera.

La administración pública llevó la iniciativa, al menos al inicio del proceso.

Cuando decimos que a la administración pública le correspondió la iniciativa, no queremos decir el monopolio, sino más bien el liderazgo efectivo de cuál es la dirección hacia la que se encamina el proceso social. Éste fue el caso de las autoridades públicas de Lanzarote, trabajando en estrecha colaboración con Manrique, durante los años sesenta y setenta. No hay que olvidar, además, el sentido que cobra lo ‘público’ cuando estamos hablando de un contexto formalmente democrático. La administración pública a escala insular supone una expresión representativa de la voluntad insular. No desde luego la única —está también toda la sociedad civil con sus organizaciones—; pero es evidente que debería representar mejor la voluntad insular un Cabildo democráticamente electo que la suma de los promotores inmobiliarios, o los empresarios de la construcción, pugnando por sus intereses.

Para concluir

Se ha dicho que no hay territorios en declive, sino sociedades sin proyecto. ¿Existe hoy en Canarias, de verdad, un proyecto de Isla, un modelo que imaginamos y queremos alcanzar colectivamente, como lo tuvo Lanzarote en algún tiempo impulsado por Manrique? Habría que añadir que ahora debería tratarse de un proyecto debatido y consensuado socialmente, de la forma más participativa y democrática posible. El modelo de desarrollo territorial perdurable que concibió César Manrique constituye una buena base para una crítica radical y fundamentada de su ausencia en el presente. Y por encima de todo, representa un ejemplo de cómo las personas y comunidades creativas se pueden inspirar en los valores naturales y culturales de su propio territorio para diseñar sistemas mucho más adecuados y sostenibles; o, al menos, no tan insostenibles y efímeros como los que dominan en el presente.

Fernando Sabaté Bel es profesor del Departamento de Geografía de la Universidad de La Laguna

Imágenes

La lucha histórica del pueblo conejero

Con anterioridad a los años sesenta, en Lanzarote existía un colectivo mayoritario y pobre que basaba su subsistencia en la agricultura y la pesca. Como en el resto de Canarias, el acceso a los principales recursos naturales —sobre todo la tierra— se hallaba desigualmente distribuido: a una situación natural que dificultaba el proceso de humanización (viento, parquedad de lluvias, escasez de suelos fértiles) se sumaba un modelo social estructuralmente injusto. En este marco de grandes dificultades naturales y sociales, al pueblo conejero lo dignifica un esfuerzo secular: lejos de rendirse a los avatares del medio físico y de la explotación por una minoría privilegiada, se ensayaron y optimizaron fórmulas de colaboración con la naturaleza para trascender sus aparentes limitaciones. Fueron los propios seres humanos, con una notable combinación de ingenio y esfuerzo físico, los que lograron la proeza de sostener contingentes significativos de población en un espacio casi desértico, a través de sistemas agrícolas singulares y eficientes: gavias, bebederos, arenados naturales y artificiales, cultivos en jable... Un modelo agrícola de ocupación del espacio que se aproxima a una labor de jardinería, y que transformó armónicamente sectores amplios de la superficie insular.

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