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Canarii 7 - Tema Central

Historia del turismo en Canarias

El turismo de masas en Canarias

La palabra turismo evoca inevitablemente vacaciones y tiempo libre. Sin embargo, no debemos olvidar que se trata de una de las actividades económicas de mayor envergadura a nivel internacional; de hecho, en los últimos 60 años se ha producido un desplazamiento de pasajeros a nivel mundial que ha pasado de 25 a más de 700 millones.

El turismo en Canarias ha pasado por diferentes fases. Se podría considerar la primera de ellas la que abarca desde finales del siglo XIX hasta la década de los 50 del siglo XX. A pesar de su importancia económica, el impacto espacial de esta fase fue muy escaso, ya que se trataba de un turismo de élite para el que se construyó algunos hoteles y balnearios de lujo.

La segunda fase se produce a partir de los años 60 y corresponde al primer “boom turístico” de las Islas. Comienza a extenderse el llamado “turismo de masas” o “turismo de sol y playa”, que no deja de crecer hasta bien entrada la crisis del petróleo que se inicia en 1973. El origen de este turismo estaba en Europa occidental, sobre todo en los países nórdicos, que se encontraban en pleno proceso de desarrollo e industrialización, lo que produjo un aumento del nivel de vida y permitió el acceso de amplias capas de la sociedad a los viajes internacionales, gracias a la expansión de los vuelos chárter.

Aunque en un principio el turismo creó ciertos recelos en la administración franquista, entre otras cosas por el peligro de la contaminación ideológica, desde que se comprobó su enorme capacidad de generar divisas, no sólo lo fomentó enérgicamente sino que participó como propietario mediante organismos como la Administración Turística Española o el propio Instituto Nacional de Industria, que llegó a crear varias empresas a tal fin, entre ellas las Líneas Aéreas Españolas (IBERIA). Sin embargo, no se crearon tour-operadores nacionales, lo que permitió la entrada masiva de las inversiones extranjeras en este tipo de empresas, que pasarían a tener prácticamente el control exclusivo de la actividad turística.

Durante esta etapa se produce la transformación acelerada del espacio insular. Desde el Plan de Estabilización de 1959 hasta mediados de los 70, se inicia la urbanización masiva del sur de Gran Canaria y Tenerife. En 1961, el Conde de la Vega Grande, Alejandro del Castillo, convocó el “Concurso Internacional Maspalomas-Costa Canaria”, que significaría el comienzo de la promoción como destino turístico de Maspalomas, concurso que ganó la empresa francesa Societé Pour L´Etude Tecnique d´Amenagements Planifiés (S.E.T.A.P.) y que supuso el inicio de la urbanización de todo el sur de la Isla: San Agustín, Playa del Inglés, Maspalomas, Patalavaca, Puerto Rico, etc. En 1963, con capital belga, se construye el primer gran núcleo turístico del sur de Tenerife, Tenbel o Costa del Silencio y, posteriormente, en los años 70, el complejo Playa de Las Américas-Los Cristianos y El Acantilado de Los Gigantes. El 15 de marzo de 1968 se promulga la ley de Ayuda al Desarrollo de los países en vías de desarrollo (Ley Strauss), la cual facilitó la inversión masiva de capital alemán en las Islas.

En definitiva, estas inversiones extranjeras, con la colaboración servil de la burguesía rural y de los terratenientes locales, producen una transformación radical de la economía insular, un proceso de neocolonización en el que el modelo de especialización isleño pasa de exportar mercancías (plátanos, tomates, flores...) a exportar servicios (paquetes turísticos), todo ello controlado por los tour-operadores internacionales.

De hecho, si analizamos los datos de la estructura sectorial del PIB en Canarias, en 1955 el terciario suponía el 51,58% del PIB, siendo la actividad principal el comercio. La construcción, aún no vinculada al turismo, suponía el 6,32%, el sector primario el 27,70 y la industria el 14,74. Veinte años más tarde, en 1975, los servicios aportaban el 67,65% del PIB y ya era el turismo la actividad principal, actividad que tiene la particularidad de tirar de otros sub-sectores como la hostelería, los transportes y las comunicaciones. Si a ello le añadimos la construcción, ahora fuertemente vinculada al turismo, con una aportación al PIB de 10,66%, la dependencia de la economía canaria de esta actividad es peligrosamente elevada: 78,31%.

Consecuencia directa de este desarrollo es la transformación del espacio insular. Si hasta los años 60 la vertebración del espacio se basaba en una red viaria, sinuosa y deficiente, que ponía en comunicación las zonas rurales con los puertos de salida de mercancías, comienza ahora una inversión en infraestructuras con el objetivo principal de mejorar la actividad turística. Se construyen las primeras autovías, se mejoran las carreteras interiores de las Islas para permitir el acceso a las nuevas zonas turísticas y las excursiones, se amplían y mejoran los aeropuertos (hasta 1972 no se consigue que todas las islas, excepto La Gomera, tengan aeropuerto).

Tras este boom turístico se inicia una fase de crisis económica que se extiende desde 1973 a 1981 y que afectó a todos los sectores de producción menos al terciario. La tasa de desempleo pasó en este período de 1,5% a 15,9%, fundamentalmente por el desplome de la construcción, pero el número de turistas no disminuyó (2.000.000 en 1975), aunque sí se estancó en torno a esta cifra hasta mediados de los 80.

Una vez superada la crisis energética, se inicia un proceso de recuperación que da lugar a lo que podría llamarse el “segundo boom turístico” del Archipiélago y que se extenderá hasta 1990. Uno de los rasgos más significativos de esta etapa es la demanda de nuevos modelos de turismo, tales como el turismo rural, turismo ecológico, de congresos, etc., demanda que, de alguna manera, hace tomar conciencia de que sólo es posible el desarrollo económico sostenible si se consigue un cierto equilibrio entre turismo y conservación de los espacios protegidos. Esto explica la relevancia política y social que comienzan a adquirir los Planes Insulares de Ordenación del Territorio (PIOT), en los que se intenta controlar que se respete la protección de espacios adquirida de diferentes organismos: Reservas de la Biosfera, Parques Nacionales, Parques Naturales, Rurales, etc.

El crecimiento de esta etapa se hace patente no sólo en la ampliación de la zona turística del sur de Gran Canaria, sino también en Lanzarote (Tías y Teguise) y Fuerteventura (Jandía y Corralejo), así como en el sur de Tenerife y, en menor medida, en La Gomera. Este crecimiento queda reflejado en la estructura sectorial del PIB: si en 1975 el sector servicios aportaba en 67,65% del total, en 1985 suponía ya el 74,11%, que si le añadimos el 9,60% de la construcción, estrechamente ligada al turismo, nos encontramos con un 83,71% del total, lo que refleja el considerable aumento de la dependencia económica hacia la actividad turística.

Finalmente, a partir de los 90 se ha ido acentuando la demanda de los turistas, especialmente de los europeos, de áreas alejadas de la muchedumbre, de las ciudades, de áreas que permitan el contacto con la naturaleza y las tradiciones de la población autóctona. Es el turismo rural.

Quizás hoy más que nunca y con el fin de no caer en los errores del pasado, deberíamos recordar, en la línea que defiende McIntyre (1993) dentro del desarrollo sostenible, que “la sostenibilidad social y cultural debe garantizar que el desarrollo aumente el control de los individuos sobre sus propias vidas, que sea compatible con la cultura y los valores de las personas afectadas, y que mantenga y fortalezca la identidad de la comunidad”.

Elsa F. Rodríguez Aguiar es Doctora en Geografía y Profesora de Enseñanza Secundaria

Imágenes

La promoción del turismo rural

Los organismos promotores del turismo en Canarias y algunas agencias internacionales están centrando su objetivo en promocionar el turismo rural como una alternativa al turismo de costas. Sin embargo, el turismo rural sólo podría desarrollarse plenamente en El Hierro, La Palma y La Gomera, siempre y cuando se controle la calidad e intensidad de la edificación. En el resto de las Islas, se trataría de utilizar las zonas altas y de medianías, donde no se ha producido un desarrollo masivo de instalaciones recreativas o turísticas, para ofrecer el turismo rural como una alternativa que permita al turista elegir entre los complejos turísticos de playa, más económicos, o las casas rurales, de mayor coste y de carácter más exclusivo.

Sin embargo, hasta ahora, las casas rurales están funcionando como meros alojamientos con algunas actividades deportivas al aire libre (senderismo, hípica...), presentado el entorno como un paisaje intocable, en el que no se invierte en infraestructuras y se restringen las actividades productivas tradicionales como la agricultura, la ganadería o la silvicultura. Esto puede llegar a crear un conflicto importante entre la población residente, que obviamente aspira a una mejora de su nivel de vida, y los visitantes, a los que cada vez les es más difícil encontrar las actividades tradicionales en pleno desarrollo.

Para lograr que el turismo rural tenga un futuro razonable, es necesario realizar una planificación y gestión global de las áreas implicadas en las que se tenga en cuenta a la población local, incluyendo a la que no participa en la actividad turística. Es decir, la planificación debe hacer compatibles las actividades tradicionales con la conservación ambiental y el turismo, sin que sea este último el que condicione el desarrollo de la zona, marginando el resto de las actividades productivas. Implicar al turista en las actividades cotidianas, tanto en las productivas como en las culturales (conservación del paisaje, educativas, culinarias, artesanales...) es la única vía para alcanzar, por un lado, un mayor contacto intercultural, que es lo que realmente demanda determinado tipo de turistas y, por otro, poder ofrecer desde Canarias un turismo realmente diferenciado que le permita competir con otras áreas geográficas del entorno más económicas que el Archipiélago.

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