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Canarii 8 - Entrevista

Responsable en los años sesenta del Partido Comunista en la zona de La Isleta

José Montenegro: "Canarias fue puntera en la lucha comunista contra el franquismo"

Un niño que camina por la calle Juan Rejón se detiene al paso de un camión de frutas; de entre sus tablas asomaban los ojos "despavoridos" de los presos, que le devuelven la mirada. Corría julio del 36. Setenta y cinco años después aún hace esfuerzos por controlar la impresión que aquella visión le produjo, tras toda una vida dedicada a luchar por las libertades. El niño Pepe Montenegro dejó pasar la adolescencia de posguerra para entrar de lleno en la clandestinidad a los 33 años. Entonces fue Miguel, un marxista convencido responsable en los años sesenta del Partido Comunista en la zona de La Isleta, su barrio natal. La transición trajo consigo la legalización, y el desencanto: “Entré en contradicción con el partido”. Sin embargo, desde la retaguardia ha seguido fiel a sus principios. Curioso y vigilante con lo que ocurre a su alrededor, vierte su mirada crítica al pasado y al presente, siempre contracorriente, y sobre todo reivindicando sin complejos el papel de los comunistas: “Fuimos los únicos que nos movilizamos contra Franco”.

Usted nació en 1932 en La Isleta, ¿conserva algún recuerdo de la guerra?

Tengo recuerdos nítidos de la niñez. Debía tener unos tres años cuando, estando en la calle Juan Rejón, vi pasar un camión de transporte de frutas cargado de presos; iban atados, camino al campo de concentración de La Isleta, y entre tabla y tabla recuerdo sus ojos despavoridos. Conservo grabada en la retina aquella imagen, y muchas otras de entonces: la parafernalia de los falangistas, los uniformes de gala y sus gestos hieráticos, desfilando por la calle Princesa Guayarmina el día de la inauguración de la Plaza de España. Recuerdo la gran hambruna, los estragos de la tuberculosis, y los desfiles de flechas y Pelayos, con cornetas y tambores por las calles del barrio camino de la Iglesia; y también los sermones de la muerte con que nos arengaba en su oratoria los misioneros.

El impacto de estas imágenes que usted ve a edad tan temprana, ¿hasta qué punto le marcan para tomar conciencia sobre qué es la dictadura?

La influencia del impacto emocional estaba ahí pero, claro, uno entonces no lo catalogaba, y no sólo en la niñez sino incluso en la adolescencia. Mi primera adolescencia es, digamos, la de “un hombre normal”, y en ella ni encuentro ni busco al partido. Yo en realidad me convierto en un hombre anti-franquista en solitario, por lo que veo, los atropellos, la miseria de la gente… Y a partir del año 36 empiezan las sacas. Detienen a la gente una y otra vez en sus casas hasta que los matan. Se respiraba un ambiente absoluto de terror. Las sacas flotaban en la Marfea, donde arrancan ahora las regatas de Vela Latina. Era una cosa espantosa. Todo eso pudo sin duda crear una conciencia que me hizo anti-franquista, pero anti-operativo hasta que me capta el comunismo.

¿Su entorno no fue, como en otros casos, caldo de cultivo contra el franquismo?

En las familias había silencio, porque quedaron todos tan impactados por la guerra que nadie se atrevía a abrir la boca. El franquismo era realmente terrible. La gente dice que Franco se pasó…, pero yo creo que Franco hizo lo que tenía que hacer para garantizarse el poder, llenar de sangre el país para amedrentar, aterrorizar a la gente como mecanismo de control. Y eso duró muchos años. En los cincuenta sigue habiendo una represión terrible. Mi mujer recuerda cuando niña a su madre vistiéndola para ir al colegio, sin poder contener las lágrimas ni el dolor, porque se habían llevado ese día al marido. E incluso se prolongó en los años sesenta… Aunque aquí posiblemente estuvo un poco más atenuada respecto a la Península.

¿Cómo se supera el miedo y pasa uno a la clandestinidad?

A mí me capta en el año 65 un viejo camarada. Años después descubrí que el guardián del almacén que yo vigilaba era también comunista, pero que no se atrevió por miedo a contactarme sabiendo cómo pensaba yo; porque yo hablaba, no tenía ninguna responsabilidad, y criticaba las cosas que veía. Yo realmente me callé cuando entré en el partido. Me di cuenta que no bastaba con ser un francotirador, sino que había que formar parte de una organización.

En ese periodo se multiplican las protestas, pero el riesgo es aún elevado, hasta el punto que muchos de ustedes terminan en la cárcel.

En el año 60 se monta la primera huelga en una fábrica de tabaco; también hubo un amago de huelga de la patronal de guaguas; y habíamos constituido con los bomberos una cooperativa a través de los abogados del partido (Fernando Sagaseta, Carlos Suárez, Félix Parras). Ya en el año 66 celebramos una asamblea en Firgas con más de cien trabajadores de distintas empresas… Donde teníamos poca influencia era entre los campesinos, pero lo cierto es que nosotros encabezábamos esas movilizaciones, estábamos en la primera línea. La consigna era salir a la superficie para crear zonas de libertad, y relacionarnos con los trabajadores, incluso infiltrarnos en el sindicato vertical para dinamitarlo desde dentro. Los riesgos que corríamos eran muchos, pero el miedo se va superando porque la propia actividad que desarrollábamos nos permitía medir que espacio de libertad íbamos ocupando. Claro, que a veces nos equivocábamos y lo pagábamos caro. El comunista entonces tiene un perfil claro: es el elemento más capaz o de los más capaces en su trabajo, porque un comunista sin influencia en su sector no es nada, y si es un vago no tiene esa influencia. El comunista no manda además a nadie a combatir, va él el primero al combate. Por ello, el comunista es de los primeros en caer, bien porque es ya conocido por la policía bien porque está dirigiendo la movilización. Son las principales cualidades que caracterizan a un comunista. Por supuesto tiene que ser además honesto y querer mejorar la vida de la sociedad. Y hay otro dato común que caracteriza a los comunistas: que todos son amantes de la lectura.

Hay quiénes creen, dentro del propio PC, que uno de esos errores de cálculo fue la convocatoria de Sardina de Norte, ¿usted que opina?

Sardina fue uno de los hechos históricos más importantes de la historia de España de esa época. Por la violencia que se genera contra el grupo, que nos resistimos durante horas para impedir que se detuviera a un compañero. Y no era una cuestión de valentía, sino de estar a la altura de las circunstancias. Yo era consciente de que era un riesgo, pero tenía que mantener mi posición. El miedo también es libre. Algunos huyeron, y yo lo entiendo, porque la situación era de mucho miedo, pero peor era para mí el miedo político. Es, insisto, un hito histórico independientemente de que hay comunistas, cada vez menos, que califican el hecho de aventurismo, sin llegar a entender que todo lo que digan contra Sardina es como dar coces al aire, el hecho ha escapado de las manos de sus propios protagonistas.

Los hechos de Sardina les lleva a muchos a la cárcel y a sus mujeres a protagonizar un encierro en la Catedral, ¿cómo valora esos acontecimientos?

Nosotros estábamos en la prisión de Las Palmas como consecuencia de la caída de Sardina. Nos habían montado un proceso sumarísimo militar, y no había derecho que nos encausaron por lo militar cuando éramos civiles. Pero claro, los militares tenían que justificar un crimen, que era sacar la pistola y dar tiros; el franquismo, cuando disparaba, decía que lo había hecho al aire: ¡cómo si los hombres volaran! Así que les transmitimos a las mujeres la posibilidad de encerrarse en la Catedral como medida de protesta y ellas respondieron, concentrándose entre doce y quince mujeres. Pero la gesta de eso es que cada cosa que sea hace en la vida y la política tiene sus consecuencias. A partir de ahí tiene un efecto dominó desde Las Palmas, y hay encierros en Soria, en México en el exilio… En política, todo acto tiene unas consecuencias positivas para los que vienen y se aprovecha como experiencia.

¿Ustedes confiaban en lograr una defensa justa en el sistema judicial franquista?

Nosotros luchábamos porque se nos reconocieran nuestros derechos, por arañar espacios, y sobre todo no resignarnos. Era evidente que en la época franquista había una justicia para los ricos y otra para los pobres. Pero el sistema judicial actual no ha cambiado, es heredero directo del franquismo. Ahora, la Justicia ampara al capital. Se ve en los casos actuales: la clase constructora representa hoy a lo caciques, y maniata a su gusto a los políticos.

Los detenidos en Sardina finalmente son encausados por lo militar y van a prisión. ¿Qué supone esa experiencia?

Sí, y nos condenan a penas que suman 75 años entre 20, y nos envían a la Península. Los camaradas más señalados vamos a una prisión de primer grado, y recuerdo una conversación con Tony Gallardo en la prisión de Segovia sobre el proceso en la que yo le dije que me consideraba un hombre pacífico y no creía por ello que fuéramos una banda peligrosa, como nos habían calificado, y él me respondió: “sí Pepe, pero todos juntos…, y están sobre todo nuestras ideas”. Lo cierto es que pasé 27 meses y medio en la cárcel; además teníamos una doble condena por la insularidad.

¿Cómo se sienten después de años de lucha, cuando llega la transición y son desplazados por otras fuerzas?

Es difícil decirlo. Lo que ocurre en el país es increíble: entonces era un privilegio conocer a los comunistas, con ellos estaban los intelectuales y parte de la burguesía, porque reconocía que la lucha en la posguerra la hicimos los comunistas solos. La caída del PC se produce porque se alía con el capital, lo hacen tanto el socialismo como los dirigentes comunistas. Y es que el movimiento obrero internacional tiene muchos renegados. La izquierda actual ha jugado el papel de renegado.

¿La postura del PC en la transición pudo ser otra?

Yo creo que sí, aunque es difícil precisarlo. No tuvo que ser totalmente diferente, pero sí debió establecer matices y no admitir determinadas cosas. Hemos perdido la condición de ciudadanos para ser súbditos. Por lo que respecta al PSOE, ha demostrado desde entonces no tener confianza en el pueblo, en realidad son una élite, y cada vez que tiene que tomar decisiones arriesgadas lo demuestra, como con la actual Ley de Memoria Histórica. Las declaraciones de Jerónimo Saavedra sobre este tema, manifestando que hay que olvidar, o las que ha hecho en contra del POLISARIO, es buena muestra de ello. Saavedra ni tiene conciencia de clase ni es un hombre culto por tener conocimientos de música. El hombre culto no es elitista, esta pegado al pueblo, es solidario. O como López Aguilar: no puede ser ministro de Justicia quien busca un hueco en las leyes para ampliar las condenas, aunque sea a etarras; eso deja totalmente desvalido al ciudadano. A pesar de la opinión que tengo de ellos, si el PP gana las elecciones nos devuelven a la España negra. Los políticos tiene que saber que la gente vota para que se defienda al Estado, algo que siempre hemos defendido los marxistas.

¿Cree que la sociedad actual reconoce el papel que jugaron los comunistas?

Hoy, yo y mucha gente no podemos evitar el desencanto por cómo se han desarrollado los acontecimientos, pero yo me enriquecí con mi paso por el PC. A principio de los 70 dejo la filiación, porque entro en contradicción con el partido justo en el momento en que dieron el carnet de comunista, que por tanto no tengo. Después de algunos intentos, ves que no hay nada que permita movilizarnos, desde que adquieres la conciencia de que la izquierda no sólo no cambió la historia; sino que fue la historia la que cambió a la izquierda. Pero ya le digo, no tengo rencor de nada, en absoluto.

Marta Cantero Lleó es periodista

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