Inicio > Revista Canarii > Canarii 8 (Enero de 2008) > Viudos y con sotana

Canarii 8 - Historia Moderna

Dos curas que ejercieron en la Vega llegaron a casar a sus hijas y bautizar a sus nietos

Viudos y con sotana

Fueron, sin duda, unas singulares excepciones hasta entonces impensables dentro de la ortodoxia católica: padres curas que oficiaban las bodas de sus hijos o abuelos que bautizaban a sus propios nietos. Pero el Archivo Parroquial de Santa Brígida esconde entre las entrañas de sus antiguos legajos varios casos insólitos: dos párrocos que siendo viudos accedieron al sacerdocio, convirtiéndose de algún modo en los primeros sacerdotes católicos que vivieron a ambos lados de la frontera del celibato en Canarias durante el Antiguo Régimen (siglos XVI-XVIII). Un tema espinoso dentro de la Iglesia católica que hoy, bajo la tutela del Papa Benedicto XVI, sigue subrayando la obligatoriedad de la soltería tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.

El primer cura que obtuvo en este municipio una dispensa para acceder al sacerdocio tras haber contraído matrimonio se llamaba don Matheo de Alarcón y Álvarez, que ejerció de párroco entre 1587 y 1594 en el “Lugar de la Vega”, que englobaba la jurisdicción de lo que hoy son los municipios de la Villa de Santa Brígida y la Vega de San Mateo. Un territorio amplio que bajo aquella genérica denominación incluía las vegas de Abajo, Enmedio y de Arriba, y tenía la cabecera parroquial en la iglesia de Santa Brígida, en cuyo pequeño núcleo urbano se habían establecidos las primeras familias de pobladores.

Matheo de Alarcón, natural de la ciudad de Las Palmas, era uno de los hijos del boticario Juan de Alarcón y de Elvira Álvarez Marchanty, una familia originaria de Tarragona que se asienta en Gran Canaria a raíz de la conquista. De hecho, don Matheo era nieto de un tal Luis de Tarragona. La feracidad y atractivo de La Vega, cercano a la ciudad, así como el agua que discurre por su término, sirven de polo de atracción a esta familia que adquiere terrenos en la Vega, como lugar de residencia, de negocio y de solaz, donde un pariente suyo, Gaspar de Alarcón, sería nombrado Alcalde Real de Santa Brígida, en 1558.

Con apenas veinte años, Mateo de Alarcón figura, en 1552, como mayoral de la Casa Hospital de San Lázaro , puesto que había ocupado su padre que pasó a ser mayordomo, y seis años más tarde decide comprar unas casas en la calle La Herrería de Las Palmas y todos los enseres de la botica de don Diego Lázaro, siguiendo los pasos de su boticario padre, que le sirve de avalista.

Con una buena dote para su casamiento, Mateo de Alarcón contrae matrimonio con doña Clara Colombo, hija de Pedro Colombo y de Úrsula Muñoz, una notable familia dedicada al comercio y natural de La Laguna (Tenerife). Precisamente, su ambición por el negocio intervino decididamente en el fatal destino de su suegro Pedro Colombo, a quien “mataron los negros” en el otoño de 1576 poco después de que llegase a Guinea en un navío que fletó cargado de mercancías para la venta y el trueque.

La pareja procrearía al menos seis hijos: Francisco, María, Francisca, Elvira (1557), Ambrosio (1559) y Matheo (1561) de Alarcón Colombo. Pero desgraciadamente la esposa Clara fallece años después de haber nacido su último hijo. El viudo, inconsolable, decide consagrar su vida al servicio de la Iglesia, compaginando su ser de cura de la recién creada parroquia de la Vega (1583), con el de padre de familia. Un oficio ya habitual en su familia, pues dos hermanos suyos abrazaron también la vida religiosa: Pedro Luis Alarcón, abogado y canónigo doctoral de Las Palmas y Fray Melchor Alarcón, monje de la orden de Santo Domingo.

Un año después de ejercer como párroco de la Vega sería partícipe de una curiosa paradoja al bautizar en su propio domicilio a uno de sus nietos, Johan, el primogénito de su hija, María de Alarcón, que había casado en Teror, en noviembre de 1586, con el capitán de aquella compañía don Baltasar de Arencibia. Un valeroso militar que en el verano de 1599 jugaría un papel importante en la defensa de Gran Canaria durante la ya histórica batalla del Batán contra la armada del almirante holandés Pieter Van der Does, la escuadra más poderosa que había surcado sus aguas. El miliciano resultó herido sin importancia en la refriega y pudo apoderarse de una de las banderas enemigas, que donaría a Nuestra Señora del Pino.

El párroco, saltándose el formulario de la época, en la partida de bautismo de fecha 13 de noviembre de 1588, dice, textualmente, que: "....fue bautizado por mí, Matheo de Alarcón, su abuelo legítimo, Cura de este lugar de la Vega el 22 de octubre que fue el día que nació y por necesidad y peligro lo bauticé en casa...".

De abuelo a canónigo

Gregorio Alberto de Medina Díaz, cura párroco de Santa Brígida entre 1802 y 1829, es otro ejemplo de acceso al sacerdocio tras haber enviudado. Nació el 12 de marzo de 1751 en Santa Brígida y recibió las aguas bautismales ocho días después. Sería el segundo varón de los cuatro hijos procreados por el matrimonio formado por Juan Antonio de Medina y Josefa Díaz, oriundos de Teror y de La Vega respectivamente. Una pareja que vio con pesar cómo sus dos primeras hijas, las gemelas Josefa y Lucía, fallecerían nada más nacer. Algo muy habitual en la época, pues la terrible mortandad infantil se encargaba de ello.

Desde temprana edad, Gregorio Alberto se vio muy vinculado con la parroquia de su pueblo natal. Allí ejerció primeramente el oficio de ayudante de sacristán y, más tarde, sacristán menor, encargándose del cuidado del templo, asistir al párroco en la celebración de las misas, la administración de los sacramentos, dentro y fuera de la iglesia, amén de lanzar las campanas al vuelo en las horas prefijadas para avisar a los vecinos a los distintos oficios divinos o para despedirlos en su último adiós.

Sus múltiples ocupaciones no le restaron tiempo para enamorarse. Y así fue como un año después, Gregorio Alberto de Medina contrae matrimonio el 25 de enero de 1773 en la parroquia de Santa Brígida con la joven vecina doña Ángela Cabrera de Quintana Heredia y del Toro, ambos de 22 años. También era de su misma condición social, pues era la hija de José Cabrera y de Isabel del Toro (ya difuntos), y hermana, a su vez, del párroco, don Francisco Antonio (1768-1812), todos oriundos de la villa de Teror y descendientes de una poderosa familia de la Casa de los Marqueses del Toro (Venezuela), y en la que figuran interesantes personajes de la historia de aquel país, como María Teresa del Toro y Loaiza, esposa del Libertador Simón Bolívar.

Durante su matrimonio, la pareja procrea tres hijos: María del Pino (1773), Isabel Ángela (1775) y Francisco Antonio de Medina y Cabrera (1777) que llena de alegría el hogar, situado cerca de la iglesia, de una familia que aparte de su labor espiritual sobrevive gracias a sus incipientes bienes, formando parte de la burguesía agraria y participando de las actividades productivas del pueblo a finales del siglo XVIII. No en vano, en 1778 don Gregorio Alberto aparece citado en unos autos de la Real Audiencia como síndico personero y propietario de unas tierras plantadas de viñas en el “Lomo de los Caballos”, en la Vega de Arriba.

Su vida matrimonial, sin embargo, fue poca fructífera. Sólo dura seis años. Una enfermedad acabó con la vida de su esposa Ángela, un cinco de junio de 1779, cuando sólo contaba con 28 años de edad. Su hermano el párroco se encargaría de administrarle la extremaunción, haciéndole, por cierto, un entierro por todo lo alto, con cera entera, y 75 misas rezadas que debían oficiar “los sacerdotes que se hallaren en este lugar”, así como una misa en cada uno de los conventos de la ciudad. Un gran número de mandas pías que además de estar en estrecha relación con su religiosidad, también lo estaba con su capacidad económica. No en vano era la esposa del sacristán y hermana del cura de la Vega. La infortunada esposa fue amortajada en un hábito franciscano y recibió sepultura bajo el suelo de la parroquia de Santa Brígida, junto a la capilla de Nuestra Señora del Rosario, de la que era muy devota.

Tras la muerte de su esposa, y con tres hijos que mantener –el mayor tenía seis años y el menor tan sólo dos- a don Gregorio Alberto le empezó a rondar la idea de entregarse a Dios en el sacerdocio. Probablemente su cuñado, que figuraba a esa altura de siglo como canónigo de la Catedral, debió influir mucho en él para sus estudios y preparación sacerdotal, pero no cabe duda que don Gregorio viera en su sacerdocio la culminación de una rica vida cristiana que fue el germen de su vocación religiosa. Un antiguo sacristán al que se le cruzó el amor de una mujer en su vida.

Y así fue como Gregorio Alberto, en un momento que no hemos podido determinar, fue ordenado sacerdote. En 1782 aparece administrando bautismos y firmando partidas como simple presbítero y sacristán mayor, con la debida autorización del párroco y cuñado. Contaba ya con 31 años de edad. Curiosamente, uno de los momentos más felices de su vida fue aquel 21 de mayo de 1796 cuando, oficia la ceremonia de la boda de su hija mayor María Rafaela del Pino de Medina y del Toro con el capitán de Milicias y Alcalde Real, don Esteban Monzón de Urquía Navarro, hijo de Juan Bautista y doña Catalina Munguía, en la partida correspondiente -que él mismo firma- dice textualmente, deduciéndose su orgullo paterno, : "......hija legítima de mí, el dicho Gregorio de Medina, cura de este lugar de la Vega y de doña Ángela del Toro y Quintana, mi legítima mujer, ya difunta....".

Un buen casorio el de su primogénita, como corresponde a su condición social, muy propio de la mentalidad de la época, que convertía el matrimonio en un vehículo de promoción económica y social de las familias. No obstante, sería la única boda que celebraría de sus hijos, pues sus otros dos descendientes no contrajeron matrimonio. Isabel quedó soltera y su otro hijo, Francisco Antonio Gregorio Alberto de Medina y Cabrera, ingresó en el verano de 1795 en el nuevo seminario conciliar de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de Las Palmas para seguir los pasos de su padre y cursar estudios eclesiásticos.

El presbítero, entretanto, seguía escalando puestos en la red eclesiástica de este curato y asumiendo nuevas responsabilidades. A mediados de 1797 era capellán de la ermita de la Vega de San Mateo, donde tiene que sacar de sí toda su capacidad negociadora para tratar de calmar los encendidos ánimos de los vecinos de San Mateo y El Madroñal que, en un número cercano al centenar, deciden retener las aguas de la fuente de la Higuera, origen de las aguas del heredamiento de Satautejo. Cuando suben los alcaldes de agua a quebrarlas se encuentran con un gran tumulto, en el que tuvo que intervenir el capellán de la ermita, Gregorio de Medina, trasladando la tensión sobre la acequia a los tribunales de justicia.

Y a finales de 1802 Gregorio Alberto de Medina toma posesión como párroco de Santa Brígida, al ser nombrado su cuñado canónigo de la Catedral. Antes debió hacer frente al pago de una deuda de 290 pesos que le reclamaba el vecino Sebastián Martín ante el Tribunal Eclesiástico, por la compra de un molino “que llaman de Zapata”. Un molino, situado en la Vega de Enmedio, que daba entonces una renta anual de 30 pesos, y cuya posesión logró tras realizar una permutado por unos terrenos de su propiedad anexos a la industria.

A partir de ese momento tendría por delante nuevos retos y dificultades en su labor parroquial, pues con el nuevo siglo se producen algunas guerras, epidemia de fiebre amarilla, calamidades por falta de agua, que hacen que esté al frente de algunas de las bajadas en procesión a la ciudad de Las Palmas de la patrona de la Vega, junto a la santa imagen de Nuestra Señora del Pino. La decisión de estas procesiones dependía del Cabildo catedral que, reunido tal vez de manera extraordinaria, lo determinaba. Por ejemplo, la primera de la que don Gregorio fue partícipe se hizo en diciembre de 1804, "por el buen éxito de la guerra". Y otra se repite, en 1808, en rogativa "por la guerra con los franceses, cuando José Bonaparte I quiso tirano como otro Nerón, suplantar la corona a nuestro consagrado Príncipe de Asturias don Fernando el séptimo...".

Menos mal que después de tanto trasiego bélico hubo momentos también para el sosiego y la familia. Casi treinta años han pasado de su vida sacerdotal en la parroquia de Santa Brígida, cuando una nueva y original circunstancia vuelve a alegrar su vida aquella mañana del 23 de marzo de 1809. Es el bautizo de su primer nieto, nacido cinco días antes, y él mismo le pone el agua bendita. Su gran nombre es José Juan de San Gabriel Esteban Francisco Antonio Gregorio María de los Dolores de Urquía y Medina, y en la partida se expresa, textualmente, de esta manera: "Es hijo legítimo del subteniente de Milicias don Esteban Monzón y Munguía y de doña María del Pino de Medina y del Toro, mi hija legítima... Son sus abuelos maternos: Yo, el venerable cura, don Gregorio Alberto de Medina y mi esposa, ya fallecida, doña Ángela del Toro....". Un niño que seguiría la vocación profesional de su padre y que llegaría con el tiempo a convertirse en capitán de las milicias provinciales y caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

Gregorio Alberto ejerce como párroco de la Vega hasta 1829, fecha en la que pasa a ser canónigo del Sagrario Catedral de Las Palmas, un nivel superior de la estructura eclesiástica como premio a su retiro. Este dato lo hace constar él mismo al margen de su partida de bautismo escrita con su mano ya temblorosa por la edad -cuenta con 78 años- y casi ilegible. En aquella iglesia de la ciudad se celebraría bodas su primer nieto, José Urquía, entonces subteniente de la compañía de granaderos de Santa María de Guía, quien casa con la joven doncella Ramona María del Pino Eugenia Micaela Antonia Verdugo y Machado, hija de Santiago Verdugo (1774-1842), abogado y regidor perpetuo de Gran Canaria. La ceremonia se celebró, con gran boato y solemnidad, el 26 de julio de 1832, cuando el canónigo disfrutaba de sus últimas emociones. A esa altura de la vida Gregorio Alberto ya tiene 82 años. De ese modo comprende que su fin está cercano tras una larga vida dedicada a la labor espiritual. En otras palabras: se impone hacer testamento de todos sus bienes repartidos por Santa Brígida, San Mateo y Teror, y que firmaría en la ciudad ante el escribano Jesús de Quesada.

Un testamento en el que destacan los numerosos bienes que fue adquiriendo durante su larga vida: cuatro casas en Santa Brígida, un molino de pan moler y un cercado donde dicen “Las Casillas”, unas cuevas con terreno en Pino Santo, en “Las Moreras”, así como una fuentecilla en “La Calavera” de Lomo Espino; otra vivienda en Teror, en “Madre del Agua”, con cinco fanegadas de tierra, amén de tres cuartas de agua del heredamiento de Satautejo. Muere al año siguiente, concretamente el 25 de marzo de 1833, en su casa de la ciudad, situada en la misma calle del convento de Santo Domingo, asistido de sus familiares, a excepción de su hijo menor, el sacerdote, que había emigrado a las Américas. Tenía 83 años.

Pedro Socorro Santana es periodista e investigador

Un cura viudo emprendedor

Tras el bautizo de su nieto, aún le quedaría a don Matheo de Alarcón cinco años más como párroco de este lugar para disfrutar de otro momento feliz, cual broche de oro a su vida dedicada a Dios, tras el casorio. Fue testigo de la terminación de las obras de la parroquia de Santa Brígida en 1592, que se había segregado de la iglesia del Sagrario Catedral de Las Palmas, celebrándose una fiesta dominical que coincide en el tiempo con el primer centenario del descubrimiento de América.

A lo largo de los años que restan de siglo XVI la parroquia sufrió distintas remodelaciones como el enladrillado de las capillas y las tres nuevas naves, así como la abertura de un pequeño osario en el interior para albergar a los difuntos. Obras que el párroco Alarcón comenzaría hasta convertirla en un bello templo, la segunda iglesia que se levantó sobre el mismo terreno rocoso que ocupaba la primera ermita que edificara en torno a 1520 la fundadora Isabel Guerra.

Recursos relacionados

Buscar artículos por

Fundación Canaria Archipiélago 2021