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Canarii 9 - Historia Contemporánea

La diáspora palestina en Canarias

Palestinos: de emigrantes a exiliados

A Taher Muti in memoriam

A diferencia de la mayoría de las comunidades extranjeras asentadas en el Archipiélago Canario, la palestina ha mantenido unas pautas sociopolíticas más propias de un colectivo en el exilio que en la emigración. Sin embargo, el origen de su asentamiento en las Islas se debió a razones migratorias de orden socioeconómico y no a motivos políticos, como pudiera parecer en un primer momento. De hecho, su temprana presencia en Canarias no guarda una relación causa-efecto con el conflicto árabe-israelí. Por el contrario, remite a la emigración árabe (sirio-libanesa y palestina) hacia el continente americano a partir de entrada la segunda mitad del siglo XIX.

Conviene tener en cuenta este contexto para comprender la posterior evolución de la inmigración palestina en el Archipiélago: cómo fue evolucionando de su condición originaria de emigrante a la de exiliado. La diferencia básica entre ambas situaciones viene definida porque el primero puede retornar a su país, pero el segundo no. En esta frontera, no siempre tan nítida, quedaron atrapados los palestinos establecidos en las Islas al iniciarse el conflicto bélico árabe-israelí en 1948 tras la creación del Estado de Israel. Pero, sobre todo, fue con la ocupación israelí de Cisjordania y la franja de Gaza durante la guerra de junio de 1967 cuando dicha comunidad registró más significativamente el impacto del conflicto, dado que la mayoría de sus miembros procedía de las zonas rurales de Cisjordania (entre las que destacaron por su origen regional las ubicadas en los distritos de Ramallah, Nablus y Belén). De manera que estos ciudadanos de origen palestino (alrededor de 216 residían en Canarias un año antes de la guerra, en 1966) quedaron computados dentro de los 250.000 que, por diversas razones, se encontraban fuera de su tierra cuando se produjo la citada ocupación y vieron impedido su regreso por la nueva potencia ocupante, Israel.

Tan drásticos acontecimientos alteraron la condición jurídica de la isleña comunidad palestina, y dejaron una profunda huella emocional y política en su seno, que perdura hasta la fecha.

A su vez, el impacto político y emocional no se hizo esperar. Junto a la obvia preocupación por la familia dejada atrás durante el conflicto bélico y bajo el régimen de ocupación militar que le siguió, la colectividad palestina en las Islas pasó de la condición de emigrante a la de exiliada. El retorno definitivo a su país fue impedido. Pese a que se habilitó un régimen de visitas, en el que eran considerados extranjeros en su propia tierra, no todos los miembros de la comunidad se atrevieron a visitar a sus familiares por los consabidos problemas de seguridad de la inmediata posguerra tanto para los visitantes como para sus propias familias en los territorios ocupados, pues cualquier sombra de sospecha sobre los primeros se hacía pagar también a los segundos (multas, interrogatorios, arrestos, expropiaciones, deportaciones y demolición de casas, entre otros castigos). No obstante, salvo en épocas de incremento de la tensión y estallido de crisis bélicas en la región, este régimen de visitas se fue flexibilizando relativamente, al mismo tiempo que muchos palestinos fueron ganando confianza para visitar su tierra y familiares, acompañados en muchas ocasiones por sus descendientes isleños.

La singularidad de la cuestión palestina fue haciéndose eco en el seno de la comunidad árabe en el archipiélago. Pese a compartir con sus paisanos sirios y libaneses las mismas pautas migratorias, similares claves de integración socioeconómica en la sociedad isleña, además de semejantes preocupaciones e inquietudes por el conflicto en Oriente Próximo, la comunidad palestina comenzó a articular unas pautas de asociacionismo sociopolítico que rebasaba el marco habitual de reunión familiar, de ocio y recreo, de la colectividad árabe. Ejemplo de ello fue la celebración del primer congreso de la comunidad palestina en Canarias, a principios de los ochenta, que dio lugar a su constitución formal como asociación, con un elenco amplio de actividades: desde las de carácter interno o propiamente comunitarias hasta las externas, muy centradas en la divulgación de la entonces denominada causa palestina. En esta línea, y a mediados de la misma década, surgió la asociación cultural canario-palestina Sanaud (“Regresaremos”, en clara alusión al derecho de retorno de los palestinos en la diáspora), que agrupó a sus descendientes isleños y desarrolló una inestimable sensibilización social.

Semejante efervescencia asociativa y activismo social no tenían apenas precedentes en el seno de la comunidad árabe del Mashrek, más centrada en actividades intracomunitarias, familiares y recreativas, que en las sociopolíticas. Pero junto a la singularidad registrada por la comunidad palestina, que pasó de la condición de emigrante a la de exiliada, y se hizo eco de la situación global de su pueblo (de dispersión, exilio y ocupación), esta transformación comunitaria estuvo jalonada en las Islas por un contexto en el que destacaron tres procesos, de diferente magnitud y trascendencia histórica, pero de indudable influencia en el salto cualitativo experimentado por la citada comunidad.

Primero, el régimen de libertades inaugurado por la transición política a la democracia permitió que los miembros más militantes de la comunidad trascendieran las fronteras comunitarias de su activismo y, en consecuencia, lo proyectaran en la sociedad canaria, sobre todo entre sus fuerzas políticas y sociales, además de sus autoridades, en busca de su apoyo y solidaridad. Segundo, la salida forzada de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Beirut, en 1982, y la consiguiente crisis en la que entró el movimiento nacional palestino, llevaron a la dirección de la OLP a recabar apoyos incluso entre los palestinos establecidos en los países occidentales, animando así a la organización de sus comunidades en la diáspora, entre las que se incluyó la establecida en Canarias, pese a su modestia numérica (se estimaba entonces en torno a unas 2.000 personas con sus descendientes) en comparación con las residentes en otros países europeos, latinoamericanos, a las que se sumaban las de Estados Unidos y Canadá. Por último, en el seno de la isleña comunidad palestina se produjo un relevo generacional, en el que cobraron mayor protagonismo sus descendientes, con una mayor disposición de recursos cognitivos, organizativos, movilizadores y comunicativos que sus mayores o primera generación que, sin duda, y en interacción con lo anterior, facilitaron esa transformación.

Otros intentos asociativos y espacios de actividad (estudiantes, mujeres, casa palestina, asociación de amistad y de solidaridad, etcétera) no han logrado el éxito deseado y, por el contrario, se han visto frustrados por planteamientos voluntaristas e inviables o, simplemente, por carecer de apoyo material y respaldo social suficientes, e incluso por falta de legitimidad en algún caso. En sentido contrario, merece la pena destacar cómo el fracaso del proceso pacificador de Oslo (1993-2000), la siguiente reocupación militar israelí de las áreas palestinas autónomas, con el desmantelamiento de las infraestructuras de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), sirvió de catalizador para un nuevo ciclo de actividad comunitaria y, con el impulso de ésta, la creación de la ONG Al-Zaituna (El Olivo), en 2002, que centra su actividad principal en canalizar proyectos de cooperación y ayuda de emergencia desde las instituciones canarias hacia los territorios ocupados. Pero más allá de cualquier recuento de los altibajos propios e inherentes a toda experiencia comunitaria y asociativa, un hecho parece innegable: que cada nueva crisis en la zona de origen actúa como un revulsivo de las comunidades palestinas en la diáspora, dando lugar a nuevas expresiones asociativas y a un nuevo tipo y período de activismo.

Al igual que en América Latina, el grueso de la comunidad palestina en Canarias está formada por sus descendientes, con varias generaciones en su haber. Es muy previsible que mientras se prolongue su irresolución, la cuestión palestina seguirá teniendo un notable eco sociopolítico en el exilio, pero ya no sólo por la huella que, como en Canarias, haya podido dejar la primera generación de la diáspora, sino también por la creciente identidad de solidaridad transnacional enarbolada por numerosos actores no estatales e individuos en un mundo que se sabe interdependiente y globalizado.

José Abú Tarbush es profesor de Sociología en la Universidad de La Laguna

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Una condición jurídica cambiante

Los palestinos residentes en el archipiélago antes de 1948 (unos 67 en 1930) poseían pasaporte del Mandato británico, que dominó Palestina durante el periodo de entreguerras hasta su retirada en mayo de 1948. Con la creación del Estado israelí en ese mismo año, la cobertura jurídica británica desapareció. Salvo casos excepcionales, entre la primera guerra árabe-israelí de 1948-49 y la de 1967, la mayoría de los pasaportes que portaban los palestinos residentes en Canarias eran de nacionalidad jordana, dado que el grueso de los inmigrantes procedía de Cisjordania, anexionada por Jordania en 1950. Sin embargo, la ocupación israelí de Cisjordania no alteró del todo su estatuto jurídico, pues siguieron conservando la nacionalidad de conveniencia jordana. Sólo con el paso del tiempo, y su paulatina integración en la sociedad isleña, los pasaportes árabes serían relegados por la adquisición de la nacionalidad española, hecho éste que fue práctica muy común entre sus descendientes o segunda generación nacida ya en las Islas.

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